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Política rsuarez@jornadaonline.com.ar Miercoles, 16 de Mayo de 2018

Por Fin

La crisis financiera obligó a revisar el método con el que se venía manejando el gobierno y se recurre a la política como tendría que haber sido siempre, es positivo el regreso a la mesa de decisiones de Monzó, Sanz y Frigerio.

Miercoles, 16 de Mayo de 2018

Por Roberto Suarez (rsuarez@jornadaonline.com.ar)
Pero además es fundamental el anuncio del presidente quien en medio de un día clave para el Gobierno por el vencimiento de las Lebacs y las expectativas por la reacción del mercado ante el dólar, ratificó a todos sus ministros y secretarios que el rumbo del gradualismo se va a mantener y que el proyecto de presupuesto 2019 habrá que gestarlo bajo un amplio consenso y "un gran acuerdo nacional" con la oposición y los gobernadores.
Hace tiempo que en estas columnas venimos afirmando que el país necesita de un debate entre todos.
En una sociedad con creciente complejidad, donde chocan múltiples intereses y en la que han caducado los mecanismos corporativos de relación social, es preciso imaginar y construir un sistema de equidad social en la organización democrática de la sociedad y de igualdad en la búsqueda de la realización personal.
Es aquí donde hay que acudir a la idea del pacto democrático, esto es, de un acuerdo que, al tiempo que salvaguarde la autonomía de los sujetos sociales, defina un marco compartido en el interior del cual los conflictos puedan procesarse y resolverse y las diferencias coexistan en un plano de tolerancia mutua. La concepción del pacto democrático aparece hoy como la mejor alternativa para permitir la coexistencia entre una pluralidad de actores con intereses diferentes y un orden que regule los enfrentamientos y haga posible comportamientos cooperativos.
Ante la realidad de lo que está pasando debemos reflexionar para saber cómo seguimos para que la argentina no caiga en los dramas del pasado, para que no volvamos al círculo infernal de fracasos. Siempre hemos resaltado en esta columna esa honda crisis moral en la que entró varias veces el país y que nos alcanzó a todos, viviendo una larga secuencia de desaciertos, proyectos truncos y esperanzas rotas. Por no saber dar respuestas en esos momentos del pasado fuimos embarcados en experiencias de odio y terror que llevaron la agresión y la violencia hasta el paroxismo.
Hoy gobierno, oposición y la sociedad en su conjunto debemos acometer una empresa colectiva, que por supuesto no es tarea simple. Implica una movilización de energías que abarca no sólo la dirección política y al sistema político sino también a los grupos y a los individuos para que, sin renunciar a la defensa de sus intereses legítimos, sean capaces de articularlos en una fórmula de solidaridad.
Una sociedad democrática se distingue por el papel definitorio que le otorga al pluralismo, entendido no sólo como un procedimiento para la toma de decisiones, sino también como su valor fundante. En estos términos, el pluralismo es la base sobre la que se erige la democracia y significa reconocimiento del otro, capacidad para aceptar las diversidades y discrepancias como condición para la existencia de una sociedad libre. La Democracia rechaza un mundo de semejanzas y uniformidades que, en cambio, forma la trama íntima de los totalitarismos. Pero este rechazo de la uniformidad, de la unanimidad, de ninguna manera supone la exaltación del individualismo egoísta, de la incapacidad para la construcción de empresas colectivas. La Democracia que concebimos sólo puede constituirse a partir de una ética de la solidaridad, capaz de vertebrar procesos de cooperación que concurran al bien común. No hay sociedad democrática sin disenso; tampoco la hay sin reglas de juego compartidas; ni la hay sin participación. Pero no hay además ni disenso, ni reglas de juego, ni participación democrática sin sujetos democráticos.
Ello implica cambiar la vieja política de puertas cerradas por la nueva política en contacto directo con las demandas y propuestas del pueblo. La política debe quebrar la barrera de la frialdad, la lejanía y la desconfianza, con la cual la observan todavía muchos argentinos.
La construcción de una sociedad requiere escapar de las pujas salvajes y de la lucha de todos contra todos, a través de un pacto social entre los actores. Pero ese pacto sólo puede lograrse de verdad cuando un gran objetivo nacional lo exige y legitima.