Mendoza,

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Los Hombres de San Martin

Los negros de la banda, negros de la libertad

Una banda de 16 integrantes y un ejército de 2500 hombres. De todos ellos, que fueron Hombres de San Martín, cuenta su historia Jorge Sosa. Sólo volvieron 143 pero uno lloraba un himno que no era suyo pero que decía tres veces: “Libertad”.

22/1/2017

Por Jorge Sosa – Los Hombres de San Martín

Rafael Vargas era hacendado, tenía sus tierras, sus animales y sus sembradíos, y como era costumbre de la época, tenía esclavos, venidos de las soleadas sabanas de África, el África de los bantúes. Rafael Vargas amaba la música aun cuando en aquella Mendoza del 1810 no había oportunidad de escucharla, salvo alguna guitarra andariega y la voz de un cantor trashumante.

Los negros cantaban en los descansos. Era la única parte libre que tenían. Cantaban los cantos de su terruño, el moreno candombé. Draghi Lucero sostenía que los negros consideraban al zonda como un viento sagrado, asemejándolo al Simún que soplaba en sus tierras subsaharianas. Entonces, cuando el zonda llegaba, ellos elevaban sus plegarias en canto.

Puede que ese sea el origen del sereno, uno de los pocos ritmos cuyanos que admite percusión y que ha llegado a nuestros días. Al oírlos cantar Rafael Vargas se dio cuenta rápidamente quiénes sobresalían en el canto. Tuvo una idea. Eligió a 16 de sus esclavos y los mandó a Buenos Aires a estudiar música con Víctor del Prada, que entonces dirigía una afamada academia instrumental.

Mendoza iba a tener por fin una banda. Para hacer posible el intento Rafael le encargó a su apoderado que hiciera traer desde Bélgica instrumentos, sobre todo de viento, uniformes y partituras.

Cuatro años de estudios, fundamentalmente de instrumentos de viento, los preparó adecuadamente. Entonces se pudo escuchar en la Alameda a los morenos deleitando a una población que los aplaudía con fervor. Así comenzaron a escucharse las famosas retretas en la Alameda.

Sus piezas musicales eran sencillas, marchas, valses y pasodobles. En muchos saraos de la época la animación musical corrió por cuenta de los músicos de Rafael Vargas. Tal vez hayan estado aquella noche, cuando San Martín, detuvo el baile para pedirles a las mujeres presentes la colaboración de sus joyas.

Después de la batalla de Chacabuco entró a Santiago el ejército triunfante, desfilando al son de dos bandas. Una era la de Rafael. La de los negros. Por primera vez se escuchaba fuera de nuestro país la melodía y el canto del Himno Nacional Argentino.

El General Espejo cuenta en su libro “El paso de los Andes”: “Cuando en 1816 San Martín realizó la expropiación de los esclavos, el señor Vargas le obsequió la banda completa con su vestuario, instrumental y repertorio de música”.

Los negros del ejército

Aún no se ha hecho un reconocimiento formal, adecuado, generoso, para los negros que combatieron por la libertad de un continente que no era el suyo. No se recuerda cómo se debiera la bravura de aquellos hombres que con la promesa de su libertad individual fueron a buscar la libertad de todos. Según estimaciones fueron 2.500 los libertos argentinos que cruzaron los Andes hacia Chile en 1817. De todos ellos, solo volvieron a Mendoza 143.

Por Mendoza pasaba el camino que llevaba el negocio de la negritud a Chile. Era Mendoza un paso importante en el comercio de personas. A muchos negros San Martín les pidió que se enrolaran a cambio de la libertad. Incluso les ofreció tierras al regreso. Así se formaron los valerosos regimientos 7 y 8 de infantería, que tuvieron acciones decisivas en la guerra por la emancipación. Cuenta Mitre que después de la batalla de Chacabuco San Martín recorrió el terreno de la confrontación y de sus labios salió solo una frase: “¡Pobres negros!”.

Una anécdota, no confirmada, indica que antes de la batalla el general arengó a sus tropas y les habló particularmente a los negros. “Ustedes saben que los godos explotan la esclavitud de los negros y cuando los capturan los llevan al Caribe para cambiarlos por azúcar”. Estas palabras insuflaron valor en los negros, que cuando sableaban a algún enemigo gritaban ¡Tomá p’azúcar!

Cuenta la memoria popular que una noche del año 1817 en la taberna de Montalván, oficial del ejército de los Andes, su asistente, un negro apodado Cotorrita, tuvo un enfrentamiento con Cañifla, sórdido personaje ligado al Padre Aldao, entonces capellán del ejército.

La disputa se dirimió en canto y Cotorrita cantó: Yo soy el dulce lucero / que ilumina las praderas / las montañas, las laderas / de este suelo mendocino/ Yo soy el viejo guerrero / siempre dispuesto a luchar / por la patria he de pelear / ¡Soy el gauchito argentino! Algunos creen ver en el final de los versos el nacimiento de “El gauchito” canto folklórico de la época.

Algunos historiadores afirman que entre las piezas musicales que ejecutó la banda de los negros en su entrada a Santiago figuraba una sajuriana, danza popular argentina descendiente del minué.

En la glorieta de la Alameda la gente se amontonaba interesada en el asunto que ocurría. La banda del ejército de los Andes estaba dando su acostumbrada retreta y era la única música grande que se podía escuchar en el lugar. Las demás eran pianos de familias pudientes y guitarras de gauchos pobres. La banda, de uniforme aplicadísimo, era toda de negros.

Dieciséis negros desenvolviendo partituras de Sajuriana, Cuando, Minué, marchas y pasodobles. Al principio, la gente de alcurnia no concurrió a las funciones. Eran negros los que tocaban y los negros solo hacían “cosas de negros”.

San Martín y Remedios no faltaron a una sola, entonces la voz se corrió y los pitucos cambiaron de idea. Si el gobernador va nosotros también tenemos que ir. Por lo tanto, aquella tarde, la gente era la gente de Mendoza, los ricos adelante, cerca del hombre del que todos hablaban, los pobres atrás, mirando sobre los hombros de los ricos.

La función terminaba siempre con las estrofas del himno que Parera y Vicente López y Planes habían tramado seis años atrás. San Martín observó que el negro del clarinete lloraba. Sus lágrimas se le metían en la boca y mezclaba su sal de emoción con el dulzor de la melodía. Era su llanto notorio y sin tapujos. Al terminar la función, San Martín, conmovido, se acercó a la orquesta, más precisamente a ese negro que lloraba.

–Lo vi llorar, soldado, y su llanto era conmovedor. ¿Por qué causa lloraba, si es que puedo saber?

El negro contestó enjugándose los ojos.

–Es que el himno me hacer recordar la tierra mía, de la que alguna vez me sacaron los pies para siempre.

San Martín se conmovió. Pero tuvo una pregunta más:

–¿Es que acaso la melodía del himno es parecida a la música de su pueblo?

–No, general. No es la música. Es la letra. Es que la letra dice tres veces Libertad.

(Lo vi llorar. Tiene que hacer mucha fuerza para hacer sonar el instrumento)

(No, General. Lloraba por el himno)

(Encuentra muy triste a nuestro himno)

(No, no es eso. Es que dice tres veces libertad)

 

Canción

He de darle general

Esta vida que aún mantengo

Es todo lo que yo tengo

Y es todo lo que he de dar

Usted pretende lograr

Libertad amanecida

Yo le doy toda mi vida

Pero digo mi verdad

A más de su libertad

He de luchar por la mía.

 

No sé por dónde andaremos

ni conozco esos caminos

pero me siento argentino

y vendo caro mi cuero

ya gasté todo mi miedo

y no me asustan las fieras

he de cuidar la bandera

he de jugarme la vida

Y si nos llama una herida

Mi sangre ha de ir primera

 

¡Toma pa’ azúcar, tomá!

Vos que me hiciste un esclavo

Con mis sable te lo pago

Y con mi negro cantar

¡Tomá pa’ azúcar, tomá!

Yo lo sigo mi señor

Por las tremendas alturas

Por las noches más oscuras

Por el más grande dolor

Pero sepa mi señor

Que no es tan manso el cordero

Le quiero ser bien sincero

Pa’ que sepa con quien anda

Yo voy porque usted me manda

Pero también porque quiero.

 

Y cuando hayamos logrado

Su libertad y la mía

Cuando llegue la alegría

A tanto dolor gastado

Cuando no sea un soldado

Sino un hombre que se manda

Lo invitaré a una farranda

Pa tomar vino cuyano

Y para cantar curados

Con la banda de los negros.

 

Décima De los negros de la poesía de los negros.

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