Mendoza,

de
de

 

Los Hombres de San Martin

Justo Estay, traductor de paisajes

Fue el baqueano de San Martín, el que conocía mil atajos pero como él decía “no venía de ningún lado”. Fue un Hombre de San Martín, que además colaboró en la guerra de zapa, de importancia para el General.

20/1/2017

Por Jorge Sosa – Los Hombres de San Martín

“Ningún movimiento ni avance sin el baqueano”, había advertido San Martín a sus oficiales. El baqueano era el que sabía de los caminos, de los obstáculos, del clima y sus sorpresas, de los peligros, de esos atajos largos y sinuosos que a veces son más rápidos y convenientes que la línea recta.

Era chileno de nacimiento. Había cruzado muchas veces la cordillera en arreos de ganados o en encargues de los señores de ambos lados. Su padre fue su primer maestro, después tuvo de consejeros al Ande, el sacrificio, el dolor, y hasta el desconcierto. Llegó una vez más a Mendoza con los que huían del desastre de Rancagua. San Martín supo de su valía y lo tuvo cerquita.

Después, tomando atajos que tal vez sólo él conocía fue a contarle al General los datos que le fueron utilísimos en la batalla que se avecinaba. San Martín diría después que había que agradecerle a Justo Estay gran parte del triunfo de Chacabuco.

Muchas veces le hizo preguntas que tenían que ver con su estrategia. Siempre obtuvo respuestas, breves, certeras. Lo usó también para la guerra de zapa, llevando y trayendo mensajes, cartas e informes engañosos.

En Cuyo Justo Estay era muy importante, del otro lado podía pasar como un paisano más, y entonces podía abrir bien los ojos y los oídos y enterarse de lo que ocurría para después, de este lado, contar.

El baqueano no era hombre de muchas palabras. Las necesarias, las justas. Cuando las tropas del cruce ya estaban del otro lado de los Andes y la batalla primera se acercaba. Estay estuvo en Santiago, observando como un aldeano más. Vio salir las tropas españolas, vio sus armas, su artillería, sus pertrechos, pudo calcular la cantidad de hombres, de caballos, se fijó hasta en el ánimo de los que pasaban a su lado.

Después, tomando atajos que tal vez sólo él conocía fue a contarle al General los datos que le fueron utilísimos en la batalla que se avecinaba. San Martín diría después que había que agradecerle a Justo Estay gran parte del triunfo de Chacabuco.

 

Nota

Nuestro recuerdo y homenaje para Juan Antonio Cruz, baqueano y compañero de Estay, que también tuvo importancia en el cruce y en la posterior batalla de Chacabuco.

 

Relato de Sarmiento sobre el baqueano – Civilización y barbarie.

“En lo más oscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanuras sin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta en círculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se desmonta, se inclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la altura en que se halla; monta enseguida, y les dice para asegurarlos: "Estamos en de reseras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el camino ha de ir al Sur", y se dirige hacia el rumbo que señala, tranquilo, sin prisa de encontrarlo, y sin responder a las objeciones que el temor o la fascinación sugiere a los otros.

Si aún esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la oscuridad es impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raíz y la tierra, los masca, y después de repetir este procedimiento varias veces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo salado; o de agua dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente”.

A caballo y sin camino

Luna grande la luna del 12 de agosto de 1817. Cerca de los llanos de Chacabuco, el ejército de San Martín acampaba tenso, a la espera. Seguramente con la luz se armaría ese horror de fuego, gritos, disparos, caballos enloquecidos y sangre que se paga con sangre.

Casi ningún fuego, aun un pequeño fogón podía advertir a los espías enemigos. El silencio de la noche fue cortado de a cuatro por las patas de un caballo que se acercaba. Los centinelas dieron la contraseña y encontraron buena respuesta. El caballo se dirigió derecho a la carpa del General.

¡Justo Estay! Mi amigo, pensé que nos había olvidado.

– Eso nunca General.

Caballo y hombre respiraban buscando el aire del que habían abusado a galope tendido.

– ¿Me tiene algún dato?

– Estuve bichando por Santiago, General.

– Venga, hombre, venga. Vamos a tomar algo fuerte que se lo merece. Venga y me cuenta.

Se sentaron en la humilde mesa de campaña, un vino mendocino fue servido sin miramientos. Los dos estaban ansiosos, sabían que en unas horas se jugaba la suerte de Chile y de Argentina también.

– ¿Cuántos hombres?

– Yo calculo que unos mil quinientos, pero escuché que se les iban a unir batallones del sur. Unos quinientos más.

– ¿Artillería?

– Conté seis cañones de mediano alcance. Pero seguramente sumarán otros tantos en la marcha.

¿Las armas?

– Algunas carabinas nuevas, pero la mayoría viejitas, de uso generoso. Buenas lanzas y buenos sables. La caballada que vi parecía bien cuidada, pero aún le faltaba el camino por andar. No van a estar enteros mañana.

San Martín sonrió, los datos de Justo Estay le confirmaban los que él tenía, eran los definitivos. Hubo un silencio de tres tragos y después la duda del general.

– ¿En cuánto llegarán a los llanos?

– Vienen por el camino ancho, creo que en seis horas más.

– Pero pueden llegar antes y eso nos complicaría.

– ¿Y cómo harían eso, General?

– Tomando por el mismo camino que usted tomó para llegar rápido.

Estay sonrió, casi una mueca morena, una pequeña blancura de su rostro moreno.

– Imposible, General. Si yo no vine de ningún lado.

Después sonrió, su carcajada, fue como un grillo del oscuro campamento.

 

Canción

Por el ruido me doy cuenta

que viene el río crecido,

por los pastos me doy cuenta

si estoy muy lejos del río

Cada piedra una señal

y cada huella un destino,

en cada nube un mensaje

en cada vuelo un aviso.

 

Yo soy el que sabe donde

tiene hambre el precipicio,

donde el sol incendia piel

y donde castiga el frío.

He cruzado tantas veces

la montaña y sus caminos

que me la sé de memoria

y de memoria la digo.

 

Soy Justo Estay, baqueano,

amigo de don José,

porque yo se lo he contado

Él sabe lo que yo sé.

La tropa me va siguiendo

confiada en que llegará,

soy yo quien debe mostrarles

senderos de libertad.

 

Conozco la cordillera,

tantas veces hice el viaje

que apenas cierro los ojos

veo todos los paisajes.

En Chile paso por huaso

y nadie se fija en mí,

pero yo me fijo en todo

y lo cuento a San Martín.

 

Ahora estoy adelante

de los miles de soldados,

ellos no quieren morir

si el clarín aún no ha sonado

Tengo que cruzar a todos

habrá de tener cuidado

que detrás de mí caminan

los que van a liberarnos

 

Soy justo Estay, el baqueano

chileno pero argentino

por andar y andar la tierra

soy catador de caminos.

Confíe en mí don José

conozco piedras y muros

conmigo van a cruzar

por los caminos seguros.

 

 

 

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