Mendoza,

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Los Hombres de San Martin

Ñacuñán, la mirada pehuenche para la libertad

El “lonco” de los pehuenches jugó un papel muy importante en la Guerra de la Independencia. No sólo por el acuerdo con San Martín, sino por su participación en la guerra de “zapa”. Lo cuenta Jorge Sosa.

19/1/2017

Por Jorge Sosa – Los Hombres de San Martín

Pelo blanco, piel de sol. Ñacuñán escuchaba lo que Fray Inalicán decía en un correcto mapundungun,  pero sus ojos estaban clavados en ese hombre de uniforme azul del cual hablaba toda la tribu. “Huinca Señor”, lo había nombrado y eso era como un título de honor entre los pehuenches. Los capitanejos, los jefes guerreros, sentados a su alrededor, también escuchaban sin hacer un gesto.

Inalicán, en el nombre del “Huinca Señor”, prometía y pedía. Prometía ayudarlos a defender sus tierras, prometía alimento, prometía ganado, prometía remedios para la viruela. Pedía que se hiciera un acuerdo de amigos y que los pehuenches ayudaran a ese ejército que se estaba preparando para luchar contra aquéllos que los habían tratado tan mal: los españoles.

Pedía Inalicán que dejaran pasar las tropas por sus dominios sin hostilidades y, si podían, que se unieran a ellos en la lucha que iba a darse detrás de las montañas grandes. Ñacuñán, el anciano sabio, conocía bien a los huincas.

Les conocía sus mañas, sus mentiras y sus traiciones. Incluso sabía que el “Huinca Señor”, a través de su intérprete, en ese mismo momento,  le estaba mintiendo. Inalicán terminó su discurso. Hubo un silencio largo. Habló el anciano brevemente y después hablaron todos sus hombres. Todos escuchaban a todos, nadie fue interrumpido en su decir. San Martín también escuchaba con cierta ansiedad en sus ojos.

Era muy importante contar con los pehuenches, la guerra de las armas los necesitaría dentro de un tiempo, pero la guerra de zapa los necesitaba ya. Cuando el último de los jefes habló, otra vez el silencio se apoderó del recinto.

Ñacuñán levantó su mano pidiendo atención. El gran cacique iba a hablar. Y habló. Dijo que aceptaban la amistad y los regalos. Dijo que haría todo para que los huincas de Chile tuvieran su merecido. Dijo, también, que no todos estaban de acuerdo, que tres de sus jefes se oponían, y eso era respetado entre los pehuenches.

Dijo también que él podía controlar a los disidentes. San Martín sonrió, hubo un abrazo de Jefe a Jefe y Ñäcuñán ordenó que sus hombres entregaran en custodia a los soldados, sus armas y sus caballos. El gesto era definitivo, nunca un pehuenche haría eso de no sentirse entre amigos. Después se desató una fiesta de alcohol y gritos, de bailes y cantos, de placer y lujuria hasta que todos quedaron desparramados por el patio del fuerte.

Pehuenches

Pehuenche: gente de los pinos. “Pehuén”, pino; “che”, gente.  Habitaban al sur del Río Diamante, su territorio abarcaba gran parte de la actual Neuquén. La araucaria era su árbol de vida. Con los frutos de ella producían buena harina para sus panes de supervivencia y alcohol, fuerte para sus dolores y diversiones. Los toldos eran construidos con pieles de guanaco, de venado o de caballo. El “lonco” (cabeza, cacique) vivía en el centro de las tolderías, cerca de todos, protegido por todos.

Nota

El parlamento entre la gente de San Martín y los pehuenches se realizó en setiembre de 1816 en el Fuerte de San Carlos. La intención de San Martín era contar con los pehuenches de su lado, pero fundamentalmente, como parte de la guerra de zapa, que los pehuenches llevaran la noticia a Chile de que el Ejército Libertador cruzaría la frontera por los pasos mendocinos del sur. Esto obligaría a los españoles a distraer fuerzas en esa zona. San Martín nunca pensó atacar por el sur.

El secreto de una mirada

Ñacuñán conocía a los blancos. Él era un blanco también, porque Ñacuñán significa “águila blanca”. El nombre le caía bien, tal vez por su poder de lonco o tal vez por esos ojos avizores que le permitían conocer a las personas de solo mirarlas. Lo había mirado a San Martín en la profundidad de sus ojos negros y esa mirada lo hizo confiar. “No es bueno confiar en un huinca”, había dicho muchas veces Ñacuñán, pero él confió de entrada en ese que se decía indio, como ellos.

Ñacuñán se sorprendió de que San Martín no hubiera puesto objeciones cuando él dijo que tres de sus capitanejos no aceptaban el trato. La situación daba para pedir fidelidad total, pero el Huinca Señor no la pidió, hasta pareció quedar satisfecho al enterarse de que había pehuenches que no lo apoyarían. Pensó Ñacuñán: “Este hombre quiere algo más de nosotros, algo más que permiso y abastecimiento”. Pero, ¿qué quería? Los ojos negros de San Martín miraban desde un secreto.

Dos semanas después del encuentro en San Carlos, en las tolderías de los pehuenches, un joven guerrero se acercó al galope hasta el toldo del anciano. Le dijo que dos de los que se oponían al acuerdo habían cruzado hacia Chile. Preguntó si los perseguían. Ñacuñán sonrió y le hizo un gesto tranquilizándolo. No habría persecución. Los fugados llevarían a Chile la noticia de que el Huinca Señor cruzaría la cordillera por el sur, como el mismo quería.

Se dijo Ñacuñán: “San Martín mucho toro”. Ya había aprendido a nombrarlo… y a conocerlo.

La misma luz

 

Un alarido piedra

sobre las piedras

de los pehuenches

que llegue al otro lado

así se enteran

de lo que viene.

 

Mi amigo es gran señor

que mira fiero

como yo miro.

La sangre que lo llena

tal vez sea hermana

de mis latidos.

 

 

Huinca Señor, hermano soy,

voy a pelear por su país

voy a hacerme küref de los Andes,

voy a escuchar,

voy a decir.

 

Soy águila que anda

en la araucaria

que Dios venera,

voy volando en mi potro

por esos cielos

de su bandera.

 

Doy todo lo que tengo

mi gente brava,

mis alimentos,

un alarido en punta

para que sea

filoso el viento.

 

Huinca Señor

hermano soy

puede cruzar

por mi mapú.

Tal vez tengan

su estrella y mi estrella

la misma luz.

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