Mendoza,

de
de

 

Los Hombres de San Martin

Fray Inalicán, el que unió a dos pueblos

En los Hombres de San Martín, Jorge Sosa resalta la figura y la importancia del Fray Francisco Inalicán, que era de sangre americana y que ayudó a San Martín a acordar con el pueblo pehuenche.

19/1/2017

Por Jorge Sosa – Los Hombres de San Martín

Septiembre de 1816. Los pehuenches llegaron con todos sus atributos de guerra, con los rostros pintados, pintados los caballos, con sus lanzas, con sus flechas, con sus boleadoras. Los ancianos, las mujeres y los niños detrás, ellos al frente haciendo camino, mostrando coraje, alardeando, asustando.

En el fuerte  de San Carlos los esperaba la comitiva que había preparado San Martín y varias mulas cargadas de regalos. Los pehuenches hicieron ostentación de sus habilidades con los caballos, pero también hicieron demostraciones los granaderos del escuadrón que acompañaba a San Martín, para el goce de los nativos.

Después vino la reunión. Fray Francisco Inalicán era de sangre americana, de los pueblos originarios, su padre cacique mapuche de la zona chilena de Chillán lo había cedido para que supiera más con los españoles, para que creciera entre aquellos que más de una vez habían sido sus enemigos. Inalicán se destacó en la Iglesia de San Francisco en Santiago de Chile y aprendió las bondades del Santo, sobre todo su vida de ayuda y de pobreza, su búsqueda incesante de la verdad.

Después la vida lo había hecho cruzar la cordillera y ahora estaba allí, en el mismo recinto en el que estaban sus hermanos de piel de sol, de ojos como puñales, esos que hablaban su misma lengua.

El parlamento comenzó, Fray Inalicán sabía que todo pasaba por sus palabras, palabras de dos idiomas, palabras de dos culturas. Presentó a su jefe, San Martín, habló de las buenas intenciones que tenía esa reunión, alabó el coraje y la valentía de los jefes que lo miraban fieramente.

El los conocía, ahí estaba el lonco mayor, Ñacuñán (Águila blanca)  ahí estaban sus capitanes.  Trató de recordar su mirada de sus tiempos niños, de cuando su padre le enseñaba el poder de los ojos y entonces él también miró con fiereza.

Los asuntos a tratar eran muy serios y requerían entonces seriedad suprema, esa que él había cultivado en tantos claustros del convento que lo acercó a otro Dios. De Ngnechén a Jesús. Francisco Inalicán habló, dijo lo concertado con San Martín, leyó parte del documento que fijaba los argumentos, pidió, prometió, ¿Qué pidió? Permiso para que pasara el ejército liberador por el territorio pehuenche, y que fuera apoyado, y ayudado en su empresa de terminar con los españoles que tanto se habían ensañado con los pueblos de la tierra, que tanta esclavitud habían desparramado.  Después le tradujo a San Martín que los jefes reunidos aceptaban la propuesta. El pacto estaba cerrado, era hora de comenzar la fiesta. 

Primera mentira

Cuando el pacto se había cerrado comenzó el festejo de los nativos. Una orgía de alcohol, sexo, de gritos, de bailes, de gritos, de peleas. Mezclaban el alcohol, de cualquier origen, en hoyos que habían hecho en la tierra, rellenados con cuero. De allí bebían. Muchos de ellos quedaron en el patio del fuerte tirados, hubo algunos muertos por alta dosis de excesos. Las peleas a falta de armas, porque las habían entregado a los hombres de San Martín como señal de amistad, eran a las trompadas, patadas, tirones de pelos y mordiscones.

San Martín miraba y aprendía, miraba y guardaba en su memoria abierta. Jamás había visto tamaño descalabro. Lo contaría años más tardes, en 1826 cuando residía en Bruselas al también militar Miller, quien realizó un trabajo de investigación sobre la vida y la campaña del general.

 Pero Fray Inalicán, tenía otra preocupación. Se le acercó en silencio. San Martín le adivinó el perfil a la luz de la luna.

_ Buena tarea, padre. Hemos logrado el objetivo. Lo felicito.

_ Yo dije lo que usted quería, señor.

_ Así es Francisco, y muy agradecido estoy. Creo que jamás valoraremos en toda su dimensión lo que hemos logrado en este encuentro

_ Pero sólo usted conoce la veracidad de lo dicho. ¿Puedo preguntarle algo, señor?

 _ Lo que quiera, Francisco.

Entonces afloró en palabras su preocupación de religioso.

_ ¿Hoy mentí, señor? ¿Mentí a través de sus palabras?

 San Martín sonrió, luego dijo, como en una plegaria, “cuando se le miente a los malos, se está defendiendo a los buenos. Y usted es de los buenos, Padre”

Esa noche, Inalicán bailó un lonco meo con cascabeles en la cabeza. Después durmió con extensión, con placidez. En su sueño, encontró abrazados a dos pueblos.

 

NOTA

  • Dos mil entre hombres, mujeres, niños y ancianos llevaron los pehuenches a la reunión.
  • El parlamento duró tres días.
  • Pehuenche significa en castellano “gente de los pinos”.
  • San Martín llevó de regalo a los Pehuenches 120 barriles de aguardiente, 300 de vino, gran número de frenos, espuelas, vestidos antiguos bordados y galoneados, sombreros y pañuelos, cuentas de vidrio y otros enseres.
  • Cada cacique entregó a San Martín mantas y  ponchos tejido por sus mujeres.
  • Loncomeo, de lonco, cabeza y meo, movimiento. Un baile tradicional del pueblo mapuche.

 

Ficha de vida

Nació en Chillán, Chile, de raza mapuche. Su nombre en mapudungun significa “el que está cerca de la piedra solar”

Estudió en un colegio franciscano de indígenas de la tercera orden. Fue un alumno muy inteligente y se destacó por su capacidad para hablar castellano y mapundungun. Fue maestro de gramática en el convento de San Francisco  de Mendoza en 1804 donde ganó respeto.  Hablaba con facilidad las lenguas, Pehuenches, Puelches, Ranquelche, por lo que el Virrey del Río de la plata Marqués de Sobremonte, lo designó capellán de las fuerzas expedicionarias y cura párroco en la capilla a erigirse en el nuevo fuerte de San Rafael. Intervino en varias conferencias con los pueblos mapuches. Su obra evangélica se repartió en Chile y el sur de Mendoza. Murió en el fuerte de San Rafael. Sus restos nunca se encontraron.

Canción

Yo soy de ustedes

Yo soy de ustedes señores

aunque vista de algodón,

soy mapuche y no me olvido

de mi tierra y de mi Dios. 

Ahora estoy trabajando

con la sombra y con la luz

para un señor que por todos

supo morir en su cruz

 

Tengo dos luces del cielo

 a Ngenechén y Jesús

los dos me dicen que es tiempo

de que el cielo sea azul

y blanco como bandera

Los dos dicen, levantad

el cielo hasta la frontera

y que sea libertad.

 

Hablo la lengua pehuenche

y hablo la lengua cristiana

pero sé leer los ojos

de esos que llaman indiada

He de hablar conmigo mismo

lo mismo con dos palabras

dos miradas y dos lenguas

para una sola patria.

 

Mi nombre es Inalicán

soy el que está más cerca

de las piedras de los dioses

Mi nombre nace en las piedras

Tierra es igual que mapú,

trüm es igual que igualdad,

para mi decir  meñaln

es decir la libertad

 

 

Soy boca que anda dos lenguas

pero es la misma idea

defender lo que es tan nuestro

como la nube y la arena,

como el viento, como el río,

como la herida y la pena.

Como ese cielo wenu

que se sube a la bandera.

 

Inalicán por Mapuche

y Francisco por Asís

Soy el que dice y lo entienden

los de allá y los de aquí.

Hay dos patrias repartidas,

hay dos dioses en mi dios,

hay dos pueblos separados

y el que los une soy yo.

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Los Hombres de San Martin