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Jorge Sosa sosajorgeluis45@gmail.com Jueves, 11 de Octubre de 2018

La modernidad

La  tecnología nos está haciendo varias en usos y costumbres. Son varios los elementos aportados por la tecnología en los últimos tiempos que nos han obligado a adaptarnos nosotros a ellos y no ellos a nosotros.

Antes, las comidas se calentaba exclusivamente sobre las hornallas de la cocina que bien podía funcionar con querosén, con leña y posteriormente con gas, ahora se usa el horno de microondas.  Es casi indispensable en una casa moderna, porque ahorra tiempo, porque es fácil de usar y porque no hay que quemarse las manos con llama alguna.

El auto, adminículo imprescindible para el hombre moderno, nos proporciona satisfacciones mayúsculas pero también nos hace tender al sedentarismo. Caminamos cada vez menos y eso tiene que ver con cierto desequilibrio de nuestra anatomía, que está hecha, precisamente, para caminar. Vamos al quiosco de la esquina en auto y esto agrava otras situaciones como la contaminación atmosférica por ejemplo.
Hay movimientos de envergadura que se oponen terminantemente a la contaminación provocada por  la extracción del petróleo. Están ahora involucrados en combatir el fracking, y se juntan a gritar en contra de eso. Pero no tienen en cuenta la contaminación que ya está provocando la extracción del oil de modo convencional. Todo pozo de petróleo, sea fracking o no, contamina. Y si no me cree pregúnteles a los campesinos de Mendoza que están cerca de un yacimiento en el estado lamentable que quedan gran parte de sus parcelas por los efluvios derramados.
A veces somos contradictorios. Nos oponemos terminantemente a la contaminación con declaraciones ampulosas, pancartas significativas y cantos alegóricos, pero no dudamos en cargar nafta en nuestros autos en la estación de servicio que se ponga a tiro. Ese combustible que cargamos viene de una contaminación provocada. No nos damos cuenta o no nos queremos dar cuenta. Es como aquel que lucha en contra de la minería contaminante pero no duda en usar colgajos y anillos de oro. El oro de esas preciosuras también provocó contaminación. No somos coherentes con lo que declamamos.
La influencia de los teléfonos celulares, con todas sus variantes de ofertas, en los niños es inédita, abultada y creciente. Es muy raro encontrar en esta época un niño sin teléfono celular. Los padres permiten, es más, alientan, y los maestros se cansan de lidiar con algo tan atractivo y bajan los brazos en señal de derrota. Entonces los niños viven, en gran parte, sumidos en una realidad virtual y conocen cada vez menos de la realidad verdadera, de la vida, por decirlo de otra manera.
Ya son pocos los pibes que juegan en la vereda de sus barrios con pibes de su misma factura, están ensimismados por el rectángulo que habla y escucha. Cada vez son menos los pibes que se juntan en los picados barriales que tanta historia han hecho en la semblanza del deporte. Así nos fue en el Mundial.
El celular nos tiene preocupados a cada momento del día. Uno puede perder muchas cosas, un abrigo, un paraguas, una bufanda, pero perder el teléfono celular es una de las grandes catástrofes que le puede ocurrir al tipo. Porque en él tiene todo, los contactos, los mensajes, los juegos. Hay gente que puede llegar al borde del suicidio por semejante pérdida.
La modernidad nos está acosando y nos está llevando hacia lugares que  eran impensados cincuenta años atrás, a tal punto que no sabemos distinguir en dónde estamos y qué estamos haciendo. Es la realidad la que muestran los diarios todos los días o es la que nos hacen y nos hacemos con el wasap.
Somos productos de lo que nosotros mismos inventamos. ¿Qué producto seremos en el futuro? Es algo que uno no puede imaginar, pero tal vez seamos, cada vez más solos, cada vez más aislados, comunicados a la distancia pero sin vernos a la cara. Seguramente ha de ser una humanidad menos solidaria. El futuro nos acecha y nosotros, traiga lo que traiga, le estamos diciendo que sí al futuro.


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