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Jorge Sosa sosajorgeluis45@gmail.com Jueves, 23 de Agosto de 2018

¡Arriba, arriba!

Hay momentos difíciles en la vida del ser humano, en su andar cotidiano. Por ejemplo cuando debe ducharse en pleno invierno y el agua está tibia, no digo fría porque eso sería imitar las modalidades de esos rusos que hacen un agujero en los lagos helados para bañarse.

También cuando debe cruzar una de las calles amplias de la ciudad, por ejemplo la calle Colón, y si bien uno cruza por la senda peatonal y el semáforo lo favorece,  los autos hacen sonar sus motores como diciendo, cuando se ponga verde para nosotros yo arranco estés o no estés en mi camino.

Por ejemplo cuando tiene que hacer un trámite y no sabe muy bien cómo se hace, y se la pasa rebotando entre varias oficinas sin lograr que su propósito se concrete, o cuando el trámite hay que realizarlo en el piso siete de un edificio muy oficial y el guardia de seguridad de la planta baja le advierte que, momentáneamente, los ascensores están fuera de servicio.
Son normalidades que  nos ocurren por transitar esta época tan cargada de enfrentamientos y situaciones conflictivas.
Pero uno de los momentos más difíciles es cuando debemos despertarnos a ligeras horas de la mañana, porque el despertador ha sonado con esa voz hiriente, abusadora, lacerante, diciéndonos que si no logramos incorporarnos vamos a llegar tarde al trabajo y eso es otro inconveniente. Si sabrán las madres lo que es poner en circulación a los culillos cuando afuera todavía es de noche.
Levantarse temprano en los días fríos del invierno agrava la cosa. Porque uno está tupidamente abrigado con cuantas frazadas quiera en un lecho que permanece calentito por su propia acción y debe darle una patada a todo aquello que lo cubre para entrar en otra realidad.
Es otra realidad, uno está en el país del dormir, soñando con güevadas que se nos ocurren en los sueños y tiene que pasar en un minuto a la realidad que nos llama con una sonrisa irónica en sus labios. Nos cuesta mucho. Es abandonar la placidez para meternos de lleno en el mundo de la rutina que suele ser implacable. Es dejar de lado el confort para meternos de cuerpo entero en un mundo que suele ser inconfortable.
Muchos merodean el sitio donde está descansando con la ilusión que  el llamado no sea una realidad, da algunas vueltas, mientras el despertador sigue sonando y al final tiene que rendirse ante la evidencia. Pero no lo logra del todo, durante un buen tiempo, permanece en calidad de zombi tratando de entender qué le está pasando.
La situación se agrava si la persona afectada tiene la costumbre de bañarse apenas se ha levantado. Entonces sí entra en situación. Porque las destemplanzas de tamaña tarea le hacen abrir los ojos bien abiertos y poner el cuerpo en estado de circulación. Es entrar a la realidad de golpe.
Es un momento muy difícil el de levantarse, un espacio en donde confronta la comodidad con la responsabilidad y siempre gana esta última. El empate no es una opción. Deberían los psicólogos analizar cuánta influencia tiene, en los traumas del tipo, este tipo de acción levantatoria, seguramente encontrarían el origen de muchos de nuestros males.
Levantarse, ponerse de pie, dejar estado de levitación colchonística para incorporarse y darle el presente a la vida es uno de los momentos del día en que la vida nos da una cachetada de realidad y no tenemos más que aceptar el golpe.
Uno debería ir al trabajo en cama. Así se ahorraría un montón de guita en micros y además podría echarse una siestita de vez en cuando.
En fin, ¿Por qué la vida arranca tan temprano, ah? ¿Por qué?


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