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Jorge Sosa sosajorgeluis45@gmail.com Jueves, 26 de Julio de 2018

Sorprendidos

Estábamos distraídos con el otoño y el invierno aprovechó y se adelantó. Vivíamos días plácidos con temperaturas agradables, confortables, dignas de ser aprovechadas de cuerpo entero. El sol cuyano nos mandaba mensajes cálidos y apenas algunas camperitas superficiales acariciaban nuestros cuerpos y de pronto ¡Pafff!, una cachetada de invierno.

Nos vimos sorprendidos. No son tan graves las temperaturas que hemos soportado. Comparadas con el verano medio de Alaska con temperaturas del verano de allá. Lo que más nos afectó es que llegaron de golpe, sin previo aviso, de sopetón diría mi abuela, y se quedaron a hacer uso de su poder debajo de un cielo nublado casi con permanencia, cosa poco habitual en la Tierra del sol y del buen vino.

Hasta a los vendedores de ropa de invierno los sorprendió, ellos tenían un stock como para ser aumentado a medida que pasaban los días, pero vino el golpe polar y el stock se congeló, cosa que es coherente.
Entonces el tipo común entró a echarse encima cuanto elemento de abrigo encontró en su placard, pulóveres, camperas, bufanda, camisetas de frisa, medias pulsudas, calzado más pulsudo que las medias y en algunos casos calzoncillos largos de esos que usaban nuestros abuelos y los vaqueros del lejano oeste.
El asunto implica un inconveniente más, porque con todo lo que uno se echa encima pesa mucho más de lo que pesa y no es fácil llevar puestos tantos kilos que hasta dificultan el caminar. Uno debería caminar más rápido en invierno para calentarse, pero pesamos tanto que los pasos se nos hacen dificultosos.
El frío nos obligó a cambios en nuestras costumbres. Ya nada de cafecito tomado en la vereda de las confiterías. Todo ocurre adentro porque por lo menos adentro no se ven pasar pingüinos por las calles. En el canal Cacique Guaymallén se vieron pasar varios icebergs de gran porte con la ventaja de que por ese canal no pasa ningún Titanic.
La cuestión es estar más tiempo en casa pero eso implica un peligro porque si uno está adentro, para estar confortable, debe encender la estufa (las estufas en algunos casos) y eso es ya jugarse el futuro, porque días hacia adelante le puede llegar un boletón por el gas que no va a poder pagar ni aunque venda las estufas.
Los que están jodidos son los fumadores, porque como es sabido, no pueden fumar adentro de lado alguno, ni aún en su hogar porque sus mujeres no admiten tal transgresión y entonces tienen que salir a pitar a la vereda y se chupan un frío escandaloso para darle una cabidita a ese vicio que encima le hace mal. No es negocio.
El frío llegó a Mendoza días antes de que comenzara el invierno. Ahora estamos de lleno metidos en él. No nos queda más posibilidad que vivirlo con toda entereza y con los dientes en pleno castañeteo.  Abrigarnos las vías respiratorias porque es uno de los caminos que encuentra el frío para hacerse interior. El frío también tiene frío y busca abrigo adentro nuestro.
“No es lo mismo el otoño en Mendoza” dice una canción que alguna vez escribimos con el maestro Damián Sánchez. Y debe ser cierto, por lo agradable de la forma en que comienza, bien por eso, pero también por la tunda de frío que nos envuelve antes de terminar. En fin, nadie es perfecto.


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