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Jorge Sosa sosajorgeluis45@gmail.com Jueves, 5 de Julio de 2018

La gran frustración

Es increíble cómo once personas pueden despertar tanta expectativa, tanta ansiedad, tanta emoción y tanta frustración. El fútbol es el deporte de las masas, el boxeo el de las tortitas. En algo ha evolucionado la humanidad. Porque en la época de los romanos se llenaban estadios, el Coliseo, por ejemplo, para ver muerte, en la actualidad se llenan estadios para ver cómo se maltrata a una pelota. Un cambio hay.

Jueves, 5 de Julio de 2018

La expectativa era enorme. Si bien el seleccionado había jugado tres partidos sin convencer y se había clasificado de chiripa por un gol que hizo un zurdo pegándole con la diestra, se mantenía la convicción de que algo grande podríamos esperar de este seleccionado. Por ejemplo se podía esperar que apareciera Messi e hiciera una jugada, aunque sea una sola, de esas que lo transformaron en uno de los mejores de todos los tiempos.
El horario era ideal, el partido comenzaba a las once, buena hora para poner la carne en la  parrilla y degustarlo entre festejos una vez que el referí tocara los tres pitazos finales. Todo euforia, la esperanza se había vestido de entusiasmo y cuando eso ocurre no hay cosa que la detenga.
Se hicieron las cábalas correspondientes, hubo algunos gritos anticipados como para incentivar el ánimo y... a ver el partido. Se sirvió vino en abundancia de tal forma que los brindis finales no nos agarraran sin la materia prima y a poner los ojos en la pantalla. Y vimos el partido. No me voy a detener en los detalles del encuentro porque la letra me va a salir media borrosa.
Y después. hubo un silencio monstruoso, un silencio descomunal, pocas veces visto (oído), porque se ve (o se escucha) pocas veces un país en silencio. Todo un país. No era un silencio de barrio ni un silencio de ciudad, era un silencio de república.
Entonces las lágrimas, los abrazos consoladores, las puteadas en distintos idiomas (¿cómo se putea en ruso?), los lamentos, los brazos caídos, un pedazo de asado que se masticaba al ritmo de la marcha fúnebre, el vino que se quedó esperando que los vasos chocaran, y una decepción enorme, descomunal, que no encontraba consuelo porque no había posibilidades de consuelo. El mundial, para nosotros, estaba terminado.
La atmósfera de pesimismo fue tan grande como las expectativas sobre nuestra economía. Buscamos en el futuro a ver qué nos decía y el futuro simplemente dijo: "¡Hasta Qatar, muchachos!". ¡Cuatro años más! Y nada nos aseguraba que dentro de cuatro años podamos contar con un equipo mejor.
Lo reitero, es increíble cómo once tipos (ponele catorce a lo máximo) pueden ser depositarios de tanta ilusión. Una ilusión compuesta por millones de ilusiones. ¿Se darán cuenta de todo lo que significan para el país? Ojalá que no, porque entonces tendrían que ir desde sus lugares de vivienda hasta Lourdes y de rodillas como para alcanzar un perdón que los reivindique.
No se comió todo el asado, no se bebió todo el vino (el vino estaba aguado de lágrimas), costaba que nacieran las palabras, y cuando nacían costaba que una palabra cambiara los ánimos. No hay palabra en diccionario alguno que pueda contrarrestar tanta frustración.
La Argentina se fue del Mundial, aún duele y dolerá por mucho tiempo. Al final, tanto decimos de Maradona y la última satisfacción que tuvimos, de dimensión planetaria, fue en aquel mundial de México cuando se le ocurrió hacer un gol con la mano y el otro con el pie de Dios. Entonces Dios atendía en Buenos Aires.
Al lado de la parrilla todavía brillaba una brasita. Pero se apagó enseguida.




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