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Jorge Sosa sosajorgeluis45@gmail.com Jueves, 22 de Marzo de 2018

La mochila

Hablamos poco del valor de la espalda. La espalda siempre ha estado asociada con la carga, cuando alguien está soportando un mal momento es común que se diga “tiene un peso sobre las espaldas que no lo desearía para mí”.

La espalda es la parte lisa más grande del cuerpo. Es muy importante para lo que sirven las espaldas: para descansar, para recostarse sobre un sillón y para irnos, las espaldas son indispensables para irnos. Uno no puede irse sin sus espaldas. No sé por qué muchas veces se la menciona en plural: “Las espaldas”, si la espalda es sólo una.

Tienen una zona vedada para las manos, una zona central que cuando te pica es muy difícil llegar con las manos para rascarse y cuando uno se baña seguramente esa zona quedará exenta de jabón salvo que uno tenga algún adminículo que le dé de lleno.

Durante mucho tiempo la espalda la usaron los especialistas en carga como los estibadores del puerto o los obreros de la construcción que siempre tenían como encargo alguna bolsa para ser trasladada, pero el tipo común no le dio la importancia que tenía para cargar algo.

Por ejemplo, el ciudadano de las oficinas, ese que está todo el día mezclado con papeles, usó durante mucho tiempo el portafolios. Todavía se sigue usando en ciertas profesiones, como la de los visitadores médicos o los abogados, por ejemplo. Pero el resto de la comunidad no le dio a la espalda la utilidad que podía servirle hasta que descubrió la mochila.

Ahora se ven hasta políticos con mochilas, lo que ya es mucho decir porque la mochila tiene una significación cercana al pueblo y los políticos no.

Ahora la mayoría de las personas de ambos sexos que deben recorrer una distancia considerable usa mochila.

Hay algunos sectores de la sociedad que la usan a destajo, como los estudiantes. Ahora ver a un estudiante sin mochila es como ver a alguien que le faltara algo. Hasta los más chiquitos, los que van a la salita de cuatro, ya comienzan con esta práctica espaldística.

Yo siempre pensé que un bolso inigualable en su capacidad era la cartera de las mujeres. Adentro de una cartera de mujer uno puede encontrar cosas insólitas: elastiquines, alambres, destornilladores, cuchillos tramontina con serrucho, botellas de algo, perfumes, papel higiénico, la gotita, chinelas usadas, ropa interior femenina y aun masculina, teléfonos celulares que ya no funcionan, pañuelos de mano, pañuelos para cueca, sandwiches a medio morder, una sartén con mango, documentos de identidad, llaves de distintas características, la mayoría no identificada por la poseedora de las llaves. Es increíble la cantidad de cosas que pueden caber en una cartera de mujer.

Pues en la mochila cabe más. En la mochila uno puede llevar una familia entera sin que los demás se den cuenta. Se han hecho indispensables en el andar cotidiano. Si uno anda por el centro podrá ver centenas de espaldas sosteniendo una mochila. El asunto es peligroso sin uno las carga mucho, porque las espaldas, por más útiles que sean tienen un límite de peso y después la columna vertebral se dobla como un bandoneón. Pero son muy útiles, está demostrado.

Las hay de distintas formas y colores y dibujos, algunos muy ingeniosos y otros modestos como si quisieran pasar inadvertidos. Todas consisten en dos tiras que hay que enhebrar con los brazos y se quedan fijas. Forman parte del paisaje de todos los días de nuestra ciudad. Sirven para sostener, sobrellevar, sopesar, y son fácilmente portables. El problema sería que la conciencia del ser humano quedara en la espalda, entonces sí sería muy difícil de sostener.

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