El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Jorge Sosa sosajorgeluis45@gmail.com Jueves, 15 de Marzo de 2018

Oro

El hombre subió pidiendo oro, oro. Repetía la palabra para darse ánimo y porque en definitiva todo lo que estaba haciendo era para encontrar el oro. En su rostro se reflejaba la ambición, la ambición suele tener una sonrisa muy particular, muy suya, muy interesada. La ambición no se va con una friega de humildad, en aquel que la contrae se transforma en una enfermedad incurable.

Jueves, 15 de Marzo de 2018

El hombre subía dificultosamente la montaña que lo agredía con rocas puntiagudas, con piedras flojas y con el aire que cada vez se hacía menos aire. A medida que subía la altura se hacía sentir de cuerpo entero. Sin embargo insistía: ¡Oro, Oro!, clamaba como en un ruego, como una forma de darse aliento en medio del desasosiego de la ascensión.

Sentía que sus fuerzas empequeñecían que todo el cuerpo daba una respuesta negativa a su tozudez de subir y subir.  De vez en cuando tomaba unos tragos de agua de su cantimplora polvorienta y continuaba con su propósito: ¡Oro, oro!

Le habían dicho las lenguas del pasado que esa montaña guardaba oro para aquellos que se aventuraran y la desafiaran, para los que tuvieran el coraje de vencer su obstinación de montaña. Pero el desafío era muy grande, muy grande. Sus piernas le pesaban y le dolían, cada paso era un enorme sacrificio, casi una tortura. Sabía que sus pies estaban ampollados y que mucho más no podría caminar.

¡Oro, oro!... Su voz, único sonido de aquellos lugares, le volvía para darle impulso, se impulsaba con su propia voz. Con mayor frecuencia volvía al consuelo de su cantimplora, el agua le daba reparo, lo reconstituía. Subía laboriosamente, penosamente, ni siquiera tenía tiempo de observar el magnífico paisaje que lo rodeaba, no tenía tiempo ni ganas de eso, sólo quería llegar a saciar su deseo, su desesperado deseo.

¡Oro, oro!, repetía mientras reptaba cada vez más cerca de la cumbre. Temía que se terminara la montaña y él no encontrara eso que a tal punto del sacrificio lo había llevado. ¡Oro, oro! se decía y subía un trocito más, un poquito más.

De pronto vio un brillo adelante, a pocos metros, a la distancia de un manotón,  pero sus fuerzas ya eran flequitos de fuerzas, no daba más, estaba agotado. Se arrastró entonces, entonces se apoyó en todo su  cuerpo, maltratándose en cada metro que avanzaba,  fue reptando hacia lo brillante sin deja de decir: ¡Oro, Oro! Por fin llegó, manoteó el brillo y se dio cuenta de que no estaba equivocado, era oro. Entonces lo dijo con las escasas ganas que le quedaban: ¡Oro, Oro! Y volvió a volcar en su boca el pico de la cantimplora, la sed lo abrasaba, la sed lo cercaba por dentro.

Lo encontraron unos andinistas a los pocos días, muerto al lado de su codicia, el oro, muerto al lado de su cantimplora, sin agua. El oro no es necesario para la vida. El agua es indispensable. El mundo no es una joyería, el mundo es naturaleza. No a la minería contaminante. Que los codiciosos mueran empachados de metales nobles. Nosotros, amantes de la vida, sólo queremos vivir, y que vivan nuestros nietos, y los nietos de nuestros nietos.  Sigan buscando el oro, señores miopes de futuro, pero que la vida les pase la factura cuando les llegue la hora de saciar la sed, cuando nada suene adentro de vuestra cantimplora.