El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Jorge Sosa sosajorgeluis@yahoo.com.ar Miercoles, 31 de Enero de 2018

La vuelta del veranador

La veranada es una práctica ancestral de los pueblos nativos. Los pueblos aledaños de la cordillera, en el verano (de ahí el nombre “veranada”) subían sus ganados hasta los altos valles de la montaña donde aparecían enormes prados de pastos buenos para la crianza.

Miercoles, 31 de Enero de 2018

Los puesteros de Malargüe, los crianceros, deciden allá por noviembre llevar sus piños, sus majaditas de cabras, sus vacas y sus caballos a pastar a los altos valles cordilleranos y allí se quedan por meses, cuatro, a veces cinco. La práctica atiende dos fundamentos: el primero el dicho: buscar los pastos tiernos de las altas cumbres.

El segundo tiene un sustento ecológico: dejar que los pastos de los valles de abajo revivan, se renueven, y entonces el ganado pueda nutrirse de ellos en los meses fríos. Los hombres de la familia en soledad, pasan largo tiempo en las alturas de la cordillera.

Allí construyen precarias viviendas, que ellos llaman “reales”, hechas con piedras, barro y ladrillos de pasto. En abril vuelven, bajan, se reencuentran con sus paisajes, sus puestos, sus familias, su amor. La vuelta del veranador es motivo de alegría para muchos, es digna de una fiesta. Los niños presienten el regreso de sus padres y entonces vale la poesía:

Te estoy esperando

Estoy buscando en la calle,

con mi mirada distancia,

tu rostro de sol y valle,

tu sonrisa de montaña.

Yo soy tu compadre hijo,

el de abajo que te extraña,

te está esperando mi abrazo

de casi veinte semanas.

 

Vuelven los hombres, regresan

de la altura enarbolada,

tienen hambre de familia

de vino, cueca y guitarra.

Pronto seremos la fiesta,

la alegría desbocada,

hay que abrir todo el otoño

y cerrar la veranada.

 

Te estoy esperando, padre,

abril se te hizo niño,

quiero sumarme, cabrito

al corazón de tu piño.

Te estoy esperando, cumbre,

para ser por un ratito

silencio junto a tu pecho

hasta quedarme dormido.

La escuela de Bardas Blancas se hace cargo de la bienvenida. Días de enorme actividad preceden a la llegada de los de arriba. Es una pequeña comunidad y sin embargo se arregla para que la fiesta sea realmente un enorme encuentro, un encuentro con mayúscula. ¿Cómo comenzó todo? Lo contó Walter, el maestro de la escuela en aquel entonces.

El 29 de marzo de 1990 un fuerte viento azotó Bardas Blancas, causó destrozos abajo, pero más iba a causar arriba, porque detrás del fuerte viento llego la nevada desusada para la época, una nevada que alcanzó los cuatro metros en algunos valles cordilleranos. Abajo la angustia se hizo tangible en los rostros, en las lágrimas, pero lamentablemente habría más lágrimas.

Algunos puesteros no volvieron, no hubo descenso para ellos. Fue Walter, como director de la escuela, el que tuvo que darles las noticias a sus hijitos. Al año siguiente Walter dijo: “Vamos a recordarlos, con lágrimas, con silencio, pero también con fiesta, ¡qué embromar! Eso es lo que hubieran querido ellos”. Y se organizó la primera fiesta.

Hoy es un acontecimiento muy importante en Malargüe, un modo de homenajear a aquellos que van a buscar la soledad, el sufrimiento, las privaciones, para poder darle sustento a su futuro. En el baile manda la cueca, pero es distinta a la del norte de Mendoza, se baila de a cuatro y su ritmo es muy parecido a la cueca chilena.

Hay otra Mendoza, comadre, hay otra Mendoza, compadre, y la estamos conociendo. Una Mendoza sin smog, sin celulares, sin televisión, pero más pura, más simple, y sin ninguna duda, más alta. “Tan alta que le podemos ver los pies a Dios”, me dijo un veranador, y debe ser cierto. Porque hace falta mucha fe, para aguantar tanta ausencia.

La vuelta del veranador

La veranada es una práctica ancestral de los pueblos nativos. Los pueblos aledaños de la cordillera, en el verano (de ahí el nombre “veranada”) subían sus ganados hasta los altos valles de la montaña donde aparecían enormes prados de pastos buenos para la crianza. Los puesteros de Malargüe, los crianceros, deciden allá por noviembre llevar sus piños, sus majaditas de cabras, sus vacas y sus caballos a pastar a los altos valles cordilleranos y allí se quedan por meses, cuatro, a veces cinco. La práctica atiende dos fundamentos: el primero el dicho: buscar los pastos tiernos de las altas cumbres. El segundo tiene un sustento ecológico: dejar que los pastos de los valles de abajo revivan, se renueven, y entonces el ganado pueda nutrirse de ellos en los meses fríos. Los hombres de la familia en soledad, pasan largo tiempo en las alturas de la cordillera. Allí construyen precarias viviendas, que ellos llaman “reales”, hechas con piedras, barro y ladrillos de pasto. En abril vuelven, bajan, se reencuentran con sus paisajes, sus puestos, sus familias, su amor. La vuelta del veranador es motivo de alegría para muchos, es digna de una fiesta. Los niños presienten el regreso de sus padres y entonces vale la poesía:

 

Te estoy esperando

Estoy buscando en la calle,

con mi mirada distancia,

tu rostro de sol y valle,

tu sonrisa de montaña.

Yo soy tu compadre hijo,

el de abajo que te extraña,

te está esperando mi abrazo

de casi veinte semanas.

 

Vuelven los hombres, regresan

de la altura enarbolada,

tienen hambre de familia

de vino, cueca y guitarra.

Pronto seremos la fiesta,

la alegría desbocada,

hay que abrir todo el otoño

y cerrar la veranada.

 

Te estoy esperando, padre,

abril se te hizo niño,

quiero sumarme, cabrito

al corazón de tu piño.

Te estoy esperando, cumbre,

para ser por un ratito

silencio junto a tu pecho

hasta quedarme dormido.

 

La escuela de Bardas Blancas se hace cargo de la bienvenida. Días de enorme actividad preceden a la llegada de los de arriba. Es una pequeña comunidad y sin embargo se arregla para que la fiesta sea realmente un enorme encuentro, un encuentro con mayúscula. ¿Cómo comenzó todo? Lo contó Walter, el maestro de la escuela en aquel entonces. El 29 de marzo de 1990 un fuerte viento azotó Bardas Blancas, causó destrozos abajo, pero más iba a causar arriba, porque detrás del fuerte viento llego la nevada desusada para la época, una nevada que alcanzó los cuatro metros en algunos valles cordilleranos. Abajo la angustia se hizo tangible en los rostros, en las lágrimas, pero lamentablemente habría más lágrimas. Algunos puesteros no volvieron, no hubo descenso para ellos. Fue Walter, como director de la escuela, el que tuvo que darle las noticias a sus hijitos. Al año siguiente Walter dijo: “Vamos a recordarlos, con lágrimas, con silencio, pero también con fiesta, ¡qué embromar! Eso es lo que hubieran querido ellos”. Y se organizó la primera fiesta.

 

Hoy es un acontecimiento muy importante en Malargüe, un modo de homenajear a aquellos que van a buscar la soledad, el sufrimiento, las privaciones, para poder darle sustento a su futuro. En el baile manda la cueca, pero es distinta a la del norte de Mendoza, se baila de a cuatro y su ritmo es muy parecido a la cueca chilena. Hay otra Mendoza, comadre, hay otra Mendoza, compadre, y la estamos conociendo. Una Mendoza sin smog, sin celulares, sin televisión, pero más pura, más simple, y sin ninguna duda, más alta. “Tan alta que le podemos ver los pies a Dios”, me dijo un veranador, y debe ser cierto. Porque hace falta mucha fe, para aguantar tanta ausencia.