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Jorge Sosa sosajorgeluis@yahoo.com.ar Jueves, 25 de Enero de 2018

Desganado

Suena el despertador y el tipo, ya acostumbrado a su sonido desagradable, se levanta, pero no tiene la menor de las ganas de levantarse. Se para y va a cumplir los menesteres correspondientes a cada levantada: hacer pichí, ducharse, lavarse los dientes, volver a hacer pichí porque algo le quedó, y lentamente comenzar a vestirse.

Jueves, 25 de Enero de 2018

Todo esto con los ojos cerrados, lo que lo lleva a atropellarse con la mesita de luz, el marco de la puerta del dormitorio y el lavabo. Porque las ganas de no tener ganas no se le pasaron.

Es como si lo hubiera agarrado una longevidad de cansancio que viene desde que dijo por primera vez mamá (cosa que implica todo un esfuerzo), como si se le hubiera escapado del cuerpo todo signo de fervor, de ánimo. Mira la cama otra vez y aunque ya se ha puesto la corbata con el nudo mal hecho tiene unas ganas terribles de volver a ese lugar que lo albergó durante toda una noche de sueño.

El tipo se levantó desganado, pero con un desgano tan grande que no tiene ganas de hacer nada, ni de afeitarse, ni de ponerse los zapatos, ni de prepararse un cafecito, el tipo está entregado a la más completa abulia. Es una ameba funcionando a control remoto.

Pero está adoctrinado por la sociedad y por los consejos que indican que al trabajo nunca se falta, que hay que cumplir con las obligaciones, que la responsabilidad lo llama con una voz aflautada pero lo llama.

Entonces sale y en la calle parece un zombi de cualquiera de las películas de zombies (la mayoría son iguales), no camina por la ciudad, va reptando, sus pasos se arrastran por la vereda como si quisiera quitar los chiclets que toda vereda tiene pegados. Accede a su auto con dos dedos abriéndole un ojo, para ver aunque sea parte de la realidad, se manda cinco infracciones de tránsito en media cuadra y, como sigue sin ganas, se pierde tres oportunidades de estacionar en el centro. Tres oportunidades de estacionar en el centro son como un regalo de cada Rey Mago.

Llega al laburo, mira los expedientes acumulados y siente que el desgano se transforma en molestia, en antipatía. ¿Él tiene que hacerse cargo de resolver decenas de papeles sin tener la más mínima intención, ni el más liliputiense de los deseos? Tiene por delante un día complicado. Y cuando llega de regreso a su hogar, ya en el umbral de la noche, entra como un flan sin dulce de leche, blandito, fofo, totalmente entregado a la buena ventura del día.

Nos suele ocurrir. Uno no tiene  las ganas compradas y es muy probable que en algún momento, las ganas, llevadas por sus propias ganas, nos abandonen. Es un día que cuesta. Si en esta situación el tipo no rinde, no produce, no construye nada, ¿no sería mejor que se quedara en casa hasta que encuentre el camino de la acción?

La primera responsabilidad del tipo es con su salud y si su cuerpo le dice: “Negro, hoy no hagás nada”. Lógico sería que le dé bolilla sin poner en riesgo su presentismo. Bastaría con un “Ayer no vine porque no tenía ganas”. Tal vez, de esta forma encontraríamos muchas menos caras de poto en la administración pública.

 A mí me pasa de vez en cuando, por ejemplo hoy no tengo ganas de escribir esta nota, así que no la voy a escribir.