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Jorge Sosa sosajorgeluis@yahoo.com.ar Jueves, 14 de Diciembre de 2017

Entelequia

Hay muchos aforismos que hablan de la pobreza, algunos con seriedad y otros con sorna. Damos algunos: “El día en que la caca tenga valor, los pobres nacerán sin poto”; “No es pobre el que tiene poco sino el que mucho desea”; “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor escapa por la ventana”; “El problema de ser pobre es que te ocupa todo el tiempo”; “Erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia”.

La pobreza existió siempre, es más, me atrevería a decir, sin temor a equivocarme que siempre ha habido más pobres que los que no son. Es cierto que algunos países son pobres del verbo pobre, no tienen recursos ni forma de paliar sus necesidades. Haití en América, por poner un ejemplo; Etiopia en África por agregar otro, sin dudas Afganistán. Pero hay otros varios que se agregarían a la lista con soltura.

Hace días atrás vì un mapa de la pobreza en Estados Unidos. Estamos hablando de la potencia más grande del mundo, el país que es considerado un ejemplo, y que vende con orgullo el llamado “Modelo de vida Americano”. Y sin embargo tiene millones de pobres, millones.  Lo mismo pasa por Alemania, por Gran Bretaña y otros monstruos mundiales donde uno se piensa que todos tienen para pagarse al menos dos birras por día, dos hamburguesas y algún que otro litro de nafta. Pues en ellos también hay pobreza.

En algunos lugares es tan lamentable la situación que bien le cabrían los versos del inigualable Atahualpa Yupanqui, cuando en su célebre obra “El payador perseguido” dijo: “Tal vez alguno haya rodao, tanto como rodé yo, pero le juro, créanmelo, que he visto tanta pobreza, que yo pensé con tristeza, Dios por aquí no pasó”

Una de las acepciones de la palabra entelequia es “Cosa, persona o situación perfecta e ideal que solo existe en la imaginación”. En esto bien podría asemejarse a la palabra “Quimera” o a la otra más reciente y menos mitológica “Utopía”. Es decir algo que se piensa pero que es imposible de realizarse.

Pues es una entelequia que nuestro presidente haya dicho y repita como objetivo a lograr por este país “Pobreza cero”. Es una loable intención que no tiene ni la más mínima posibilidad de lograrse. Veamos como está la cosa. Los pobres en la argentina son un tercio de la población y los indigentes casi un diez por ciento. Un indigente es un pobre de la pobreza; la categoría más baja del desamparo.

Y estamos hablando de un país que tiene enormes recursos naturales como para hacerle frente a cualquier colapso alimenticio mundial. Sin embargo, en este emporio de materias primas, hay hambre y mucho. En nuestra provincia lo hay. Tenemos un cinturón de las llamadas villas miserias que molestan a los estetas porque afean el paisaje.

En el centro mismo uno encuentra todos los días signos de eso que tanto duele: niños que piden, jóvenes que  duermen  en un banco de plaza, madres que andan con sus hijitos a cuesta pidiendo la piedad de algunas monedas, ancianos que te miran con ojos de “por favor, ayúdame”.

El gobierno se dice empeñado en bajar las cifras de la infamia pero las cifras de la infamia se mantienen o crecen. Cuando la casa se incendia solo se puede prometer cenizas. La pobreza golpea la puerta de la solidaridad y a veces, muchas veces, infinitas veces, no hay nadie que se la abra.

Se gobierna con realidades no con entelequias.

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