Mendoza,

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Jorge Sosa

Verano anticipado

No estamos preparados, aunque el calendario nos avise con suficiente antelación, no estamos preparados. Ha hecho un calor que yo calificaría de tremendo en los últimos días.

16/11/2017

El domingo fui a actuar junto con mi hermano que no es mi hermano, el Pocho Sosa, a la Cabalgata de los Claveles, allá en San Carlos. Es una fiesta hermosa donde todo el pueblo, y muchos que no son del pueblo, montan sus matungos, propios o prestados, y la emprenden por diez kilómetros hasta las Saquerías, un lugar soñado de nuestra provincia y poco conocido.

Allí llegamos a un lugar que se llama La Salada, donde estaba preparado el Gran Festejo Gran. Actuamos con mucho gusto rodeados de amigos pero tuvimos que soportar un calurón de aquellos, porque es zona sin árboles, con arbustos por donde se entremezclan los claveles del desierto que el centro de la celebración. Buscar claveles para regalarles a las buenas mozas, sean propias o ajenas. Buen propósito.

El sol parecía haber puesto más empeño en caer en el lugar y si bien nuestros marulos siempre portaron sombreros (de otra forma es inaguantable) sólo con la resolana quedamos más agotados que camiseta de Messi.

Es que, como dije al comienzo: no estamos preparados. Sabemos que llega noviembre y ya comienza a manifestarse la canícula estival aunque todavía no sea estío. Pero a pesar del aviso no estamos preparados. Venimos de una primavera benigna que nos hizo pasar días plácidos y deliciosos y pensamos que todo iba a seguir así.

Pero el Febo Asoma tiene su carácter y por ahí se larga a castigar despiadadamente y uno tiene el cuerpo acostumbrado a la placidez. Entonces se produce, en el colmo de la creatividad, la expresión más escuchada en estos días “¡Qué calor!”.

Y sí. “¡Qué calor!”. Porque hace calor. Me imagino que a los habitantes del Caribe, que todas sus vidas las vivieron en la antesala del infierno mucho no les debe importar que el mercurio llegue a los 34 grados; es más, debe de ser poco para ellos. Pero para nosotros, que tenemos inviernos decididos y veranos también, que nos ataque una temperatura de tal magnitud es realmente un castigo.

Entonces empezamos a quitarnos de encima ropas y sábanas de la cama y comienzan su funcionamiento de temporada los aires acondicionados para aquellos que tienen la suerte de tener aire acondicionado y guita como para bancarse la tarifa energética.

Consumimos más líquido, lo que está muy bien, nos duchamos frecuentemente, cosa que muchos tenían en el olvido, y procuramos caminar bajo la sombra como nos aconsejan los amigos.

Se mandó un anticipo un verano que, al parecer, viene con todas las ínfulas de encarar la torridez. Vamos a tener que acomodar el cuerpo y rogar que no aparezca zonda alguno en esta época. Ya sería demasiado castigo.

Así que, amigos míos, a meterle a los cubitos, el agua refrigerada y la pelopincho y atender lo que informan los medios de comunicación de cómo va a estar el día los próximos meses.

La palabra canícula deriva de canes, perros, y tiene un fundamento astronómico. Alude a la constelación del Can Mayor que se aprecia en Europa. La estrella Sirio es llamada, allá en el Norte, “La abrasadora”, porque su orto helíaco (no es lo que está pensando) coincide con el calor abrasivo. De ahí, del Can Mayor en su apogeo, coincidían los días más intensos en temperatura. Por eso el calificativo “Días de perros”.

Pues si es así, que a la canícula se la banquen los chocos.

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