Mendoza,

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Jorge Sosa

La muerte de un congresal

Dicen que de la madera del chacay se produce un jarabe muy eficaz contra la fiebre.

17/8/2017

Ya quedaban pocos vestigios del otoño en el sur, un sur a veces demasiado sur, demasiado lejos. Iban hacia el lugar más frío del mes de junio. Habían andado mucho para encontrarse con sus aliados: los Pincheira, los todavía realistas, la gente de José Antonio que había hecho buenas migas con los pehuenches de la zona. Coleto y Mulato eran los “loncos” que los mandaban. El entonces gobernador Corvalán, federal hasta la escarapela, había pactado. El pacto se había sellado meses atrás, cuando los punzó mandaban la provincia; Corvalán y Pincheira habían decidido protegerse mutuamente y había llegado la hora de concretar esa intención.

La derrota de Quiroga en Oncativo a manos del general Paz había cambiado la geografía política de la región. Corvalán sabía que el unitario Videla Castillo se dirigía a Mendoza para derrocarlo. Debía buscar refugio y esperanza en sus “aliados del sur”. A eso iban, a recuperar el poder con el poder de las armas. La invasión sureña debía ser durante la luna de mayo, había que preparar todo.

Cerca del Fortín de Malargüe armaron el campamento. En él se refugiaban José María Lima, Gabino García, José Llarnes, los coroneles José Aldao y Gregorio Rosas, los oficiales Felipe Videla, José Gregorio Sotomayor, Juan Francisco Gutiérrez, y  unos treinta soldados tan macilentos como los caballos. José Agustín se miraba al mirarlos.

“No sé si fue buena esta idea. El norte nos es hostil, no podemos volver. Pero los Pincheira no son de fiar, son cuatreros, son bandidos. No sé si vale la pena el intento de recuperar el poder. ¿Por cuánto tiempo lo recuperaríamos si el general Paz está al acecho en Córdoba? A veces, la ambición de poder nos hace creer que es posible lo imposible”.

Indios maloqueros de Coleto les habían robado parte de la caballada y del ganado. Era una afrenta. El miedo comenzó a poblar los sueños de los viajeros del norte.

“¿Qué hago yo aquí? ¿Vine o me vinieron? Me vinieron mi posición política, y las derrotas en Córdoba, y el miedo que se vestía de unitario. Pienso en aquel Tucumán del 16. Entonces los enemigos eran los españoles, ahora los enemigos somos nosotros mismos. ¿Cómo pudo desmadrarse todo? Fui uno de los que proclamaron la independencia de España y ahora soy un aliado de los realistas Pincheira. Esto es muy parecido a la locura”.

Un chasqui pehuenche trajo el mensaje: el cacique Coleto lamenta lo hecho por algunos de sus hombres. Los invita a su aduar para pedirles sanas disculpas y devolverles lo robado.

“Se ven bravos los guerreros y bien formados. Corvalán tendrá que contarlos. Sabrá así cuántos van a intervenir para recuperar la provincia. Allá va con Coleto. Pero ¿qué está pasando? De golpe aparece la fiereza. Los indios del fondo comienzan a formar un círculo. ¿Para qué? ¡Ya sé para qué! Nos están rodeando. ¡Por Dios! Esto es una emboscada. ¡La puta madre! Quiero volver a los tiempos en que éramos hermanos. ¡Se nos vienen! ¡Se nos vienen!”.

Ni uno vivo quedo, ni uno. Después Mendoza y el país hablaron de la Tragedia de Chacay. Allí quedó, de cara al cielo, sin alientos, sin sueños, ya sin temor, uno de los hombres de Tucumán, uno de los dos en los que se apoyó San Martín para poder concretar su historia grande: Juan Agustín Maza.

Dicen que de la madera del chachay se produce un jarabe que combate la fiebre. Pero no puede con la muerte.

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