Mendoza,

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Jorge Sosa

El baño

Una de las enseñanzas que hemos recibido en la vida, cuando éramos miniculillitos, es que bañarse es una cosa buena y hay que hacerlo habitualmente. Hay gente que se fanatiza y se baña varias veces por día y hay otros que se quedan muy satisfechos tomando su baño semestral.

3/8/2017

El baño se puede hacer por inmersión o por lluvia. El baño por inmersión tiene variantes muy chetas y bienhechoras, que suelen usar los guitudos, como agua que se mueve y provoca remolinos, jacuzzis y otras variantes tan numerosas y extrañas que hasta deben tomar un curso para poder bañarse con cierta efectividad.

Para el resto de los mortales, no todos porque hay quien no tiene agua en su casa ni para lavar los platos, el baño depende de una ducha, que es un caño que sale de la pared a una altura generosa y se ensancha en la punta. También es llamado flor, tal vez por su semejanza a una flor de girasol, aunque ésta en vez de escupir  agua escupe semillas.

El baño es hartamente frecuentado en verano y muchas veces sin calefón, porque las temperaturas son tan altas que el agua, llamada corriente, sale tibia, entonces el tipo se somete con placer a lo que natura le da.

El problema del baño ocurre en invierno. Hace tanto frío que ya se nos pone la piel de gallina de sólo pensar que tenemos que bañarnos. Es que desnudarse en invierno es una actitud medianamente desagradable salvo para…, buá, no es tema de esta nota. El tipo va modelando su forma de pensar mientras regresa a su hogar pensando que tiene que hacerlo porque su desodorante lo abandonó cuando comenzaba el otoño. Entonces piensa en formas para adecentar la tarea. Pero de todos modos, cualquiera sea la forma, tiene la tarea ribetes desagradables.

Uno puede ser los chorros que salen de la flor y que desparraman agua por todos lados menos por el lugar donde uno se va a poner para recibir el chubasco, otro puede ser un chorro lánguido, casi un chorrito, porque más no sale de las alturas y entonces uno debe tratar de acomodarse dentro de la precariedad acuosa como para que no le queden partes afuera y no es fácil lograrlo.

Otro inconveniente es cuando el chorro gélido, helado, no sé por qué causa se cuela entre los calientes y por segundo lo que era caliente es frío del verbo frialdad. Es como un cachetón de agua, una forma de tortura que no merecemos porque habremos metido la pata durante el día, pero no tanto.

Si la cosa funciona bien es realmente un placer sentir esa caricia tórrida por todo el cuerpo y uno estira el baño sin darse cuenta que está gastando tanta agua que el dique Potrerillos ya anda por la mitad de su caudal. Se deja estar, el vago, y le entra una alegría súbita, entonces canta, por ejemplo, lo que no contribuye de ninguna manera a enriquecer el cancionero local, pero es una válvula de escape a esa emoción que procura el calor en medio del invierno.

Claro que la cosa se termina en algún momento. En algún momento hay que cerrar las canillas y someterse al refugio de la toalla. Pero entre apagón de chorreada y manta secadora transcurren unos segundos en donde uno vuelve a  sentir el frío, pero mucho más frío del que existe en el exterior. Hasta que uno logra revestirse ha de mantener esta situación que hasta lo lleva a que tiriten los dientes.

Pero el baño ha de ocurrir, seguirá ocurriendo, a usted le va a tocar hoy, seguramente. Yo le aconsejo que empapele su baño con póster de alguna playa del Caribe, que la cortina protectora de la ducha tenga sombrillas en la arena, poner de fondo musical la canción: “Cuando calienta el sol aquí en la playa” y armarse de valentía. No busque la valentía en los bolsillos, no se olvide de que está desnudo.

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