Mendoza,

de
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Jorge Sosa

QUINO

Fue niño y adolescente entre nosotros, entre nosotros, todavía queda su semblanza esperanzada en las callecitas de Guaymallén. Esbozó sus primeros sueños y le dio forma a las primeras ideas.

2/2/2017

Acá estuvo el sacapuntas, que le sacó punta a aquel lápiz (tal vez Faber número dos), que le dio sustancia a esa mano derecha, que tal vez realizó los primeros bocetos de una niña con el pelo enorme como nido de algo, tal vez.

Aquí fue Joaquín,  con un apellido algo Lavado, después fue ese muchacho que tiene tanto ingenio en sus trabajos, ese que dice cosas más allá de los dibujos: después fue Quino, Quino de Buenos Aires, Quino de América, Quino del mundo, y si, como dicen Fabio Zerpa y Steven Spielberg, los ‘estraterrestres’ están desde hace años con nosotros, entonces seguramente también será Quino de otro planeta, otra galaxia, otro universo. Porque el tipo es universal.

¡Qué maravilla que el arte de uno de los nuestros se entienda en todos lados, se aprecie en todos lados, invente sonrisas en todos lados! No son muchos los humanos que pueden hacer ostentación de todos. El que siembra sonrisas debería ser declarado trabajador rural honorario de la esperanza.

Es enteramente hombre pero parió varios personajes irrepetibles, únicos: la encantadora bestialidad de Manolito, la ingenuidad de Felipe con olor a fracaso, la rebeldía constante de Libertad, el desparpajo de un Miguelito sorprendente, la insufrible Susanita, la picardía del Guille con su estirpe de Hermano Menor y dos padres de una clase media argentina sufrida pero insistente como lo es la clase media argentina.

Quino es un visionario, un vidente, nos dibujó al Cleto Cobos mucho antes de que pensara en ser gobernador. El padre de Mafalda es igual al Cleto Cobos. Los personajes de Quino. Ellos, sus hijos, los que ya forman parte de la memoria colectiva de cientos de idiomas, los que forman parte de la familia de muchos inclusive de mucho que todavía no nacieron.

Claro que no solamente ellos, porque el humor de Quino se metió con todos los temas todos, con todos los poderes todos, desde las páginas de diarios y revistas del mundo y sigue reiterando su obra, sigue reproduciéndose como los hongos después de la lluvia. No importa sólo aquellos (yo entre ellos) a los que Quino hizo feliz, importan todos los que serán felices leyéndolo en el futuro.

Tal vez no nos demos cuenta, tal vez no lo dimensionemos en su totalidad, tal vez no caigamos, tal vez no apreciemos que uno de los nuestros, un menduco, haya escalado tanto, pero tanto, que puede mirar al globo terráqueo como lo miraba su Mafalda, con mucho de ironía, pero mucho de esperanza.

Valorémoslo y sintámonos orgullosos que su origen sea el nuestro, él vuelve siempre, en su recuerdo, a la tierra que lo vio crecer, su obra está colgada en nuestras paredes, pero también está  de cuerpo entero en cada uno de nosotros. Puede haber algunos mendocinos de los que se tenga noticias en algún lugar del mundo, pero ninguno, que sea noticia en casi todo el mundo.

Mientras él regresa a su nostalgia pensemos que lo está leyendo, que lo está mirando, una geisha en Japón, un niño en la India, un maestro en Italia, un campesino en España, un minero de Bolivia, un obrero de Bangladesh, un pescador del Amazonas. Pensemos, para dimensionar todo lo que logró uno de los nuestros. Y después…no le mezquine el aplauso (aplausos colectivos) ¡Bravo Quino! ¡Otra! ¡Otra!

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