Mendoza,

de
de

 

Jorge Sosa

Mendocita

No sé por qué tenemos una marcada inclinación hacia la pequeñez, por qué mentalidad liliputiense tendemos a achicar las cosas.


Cuando tenemos un culillo en casa, vaya y pase. Se acepta que se le diga: - ¿Hizo caquita? ¿Le duele la pancita? Cómase toda la sopita, corazoncito, que después le doy una bananita pisadita o una asquerosita gelatinita? Pero también lo hacemos de grandes, por ejemplo en la primera época del amor, en la época del camote. Entonces le decimos a la versus cosas como:- ¿Qué bonita esa boquita, y esa naricita y esas orejitas? ¿Me da un besito debajito del bigotito? ¿Quiere que demos una vueltita tomaditos de la manito, cielito? ¿Está enojadita, bichito, está enculadita con su machacantito?

Gente grande, caramba, con DNI apenas por arriba de los diez millones y haciéndose los nenitos. Esta tendencia la tenemos también cuando queremos minimizar las cosas. Le decimos chiquiteces al que nos vende algo, al mozo del bar, por ejemplo, al terminarse el café y la charla: - ¿Me trae la cuentita? – Como si el diminutivo fuese a achicar lo que tenemos que garpar. A su vez el mozo, contagiado de pequeñez, nos contesta: _ Son cuatrocientos pesitos – como si diciendo “pesitos” a nosotros nos doliera menos desprendernos de cuatrocientos pesos. ¿Por qué pesitos? ¿Qué pasa? ¿En los billetes de cien aparece Roca tomando la comunión? ¿Los de quinientos muestran a un yaguareté culillito? ¿Por qué pesitos?

En el medio de la tonada, cuando la guitarra asume el rol de protagonista, el que ejerce el canto, el ejecutor de la canción, pide al público:- ¡A ver ese gritito cuyano! - ¿Gritito? El que grita, grita con mayúscula, la garganta desesperada,  el vino sublevado, y algunos vestigios elevados de sus genitales.

Hasta en el hablar cotidiano usamos la brevedez, acortamos, achicamos, apocopamos. Si Pedro nos está explicando algo y no lo entendemos, no le decimos “Pedro, discúlpame pero de todo lo que me dijiste no entendí nada”, que es toda una frases elaborada con personalidad propia y perfectamente encuadrada en el diccionario de la Real Academia del Idioma. No. Reducimos la expresión a un simple “¿Ah?” que son apenas dos letras y para colmo una muda. Y cuando le hemos entendido a Pedro lo que nos está diciendo, no expresamos: “Ahora sí, Pedrito, he captado todo lo que me has dicho”. No, volvemos a reducir y lanzamos un: “!Aaaaahhh!”, que es un poco más largo que el “Ah” ignorante pero no deja de ser una fugacidad del idioma.

Parece que esta tendencia a la pequeñez a los menducos nos viene de antes, porque muchos de los topónimos, quiero decir los nombres que tienen algunos lugares en nuestra Mendoza, son diminutivos. Creo que debemos invertir la cuestión y tender a los aumentativos. En vez de la Cañadita Alegre, Cañadón Alegre; en vez de La Puntilla, El Puntazo; en vez de la Crucesita, la Crucesota; en vez de Potrerillos, Potrerón; en vez de Tambillos, Tambón; en vez de Pareditas, Paredón; en vez de Chilesito, Chilesón, en vez de Coquimbito, Coquimbón; en vez de Corralitos, Corralón, en vez de El Plumerillo, El Plumerón. Si modificamos hacia lo grande esta actitud de empequeñecernos tal vez podamos crecer holgadamente, tal vez dejemos de ser una provincita para ser un Provinción. Chaucito.

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