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Jorge Bossio Jorge Bossio - jbossio@gmail.com Lunes, 3 de Diciembre de 2018

El ego


Hay quienes sostienen que es una herramienta para triunfar, un necesario camino para el éxito. Que sin él, uno no desarrolla la autoestima justa y posible para trepar la montaña de la superación. Pero también, el ego es peligroso, porque saca de nosotros lo peor, lo miserable. Cómo hacer para librarse o hacerlo menos nocivo.

Lo dejaron solo frente a esa puerta. La mujer (su futura secretaria) se la señaló y volvió a su lugar. Lo primero que vio fue su nombre y cargo. Dudó qué debía ir más grande, si uno u otro. Dejó por el momento de lado esa decisión y abrió la puerta. Lo que encontró fue lo esperado y aún más. Era más de lo que había soñado para un despacho: más amplio, con más luz, el escritorio moderno y ese sillón que sólo había visto en películas. Se sentó y de pronto fue otro, no él.

Esto le puede habernos pasado a cualquiera, o no, pero seguro que a muchos les sucedió en algún momento. Porque puede ser un factor interno o externo el que despierta nuestro ego, pero siempre hay más causas que lo alimentan y lo hacen crecer a niveles que pueden comprometernos y hacernos perder más cosas de las que ganamos.

Tomemos como ejemplo el caso que inicia esta columna: el hombre solitario en su mundo de poder, en un lugar en donde recibirá a las personas que quiere, que no siempre son los que dejarán algún sentimiento sino cosas materiales. El ego da y come poder. Parafraseando a León Gieco "es un monstruo grande y pisa fuerte", y cuanto más crece, más deja aislado al portador, alejándolo de lo que, hasta ese momento, era su vida cotidiana.

Porque debemos convenir que el tener poder nos daña, pero también reconozcamos que siempre, alrededor nuestro habrá quienes por interés o por temor, se encargan de nutrirlo y es un proceso que se retroalimenta en forma peligrosa, por lo que nuestra arrogancia no se detiene.

Pero hay otros males que se ciernen sobre nosotros: no nos deja ver claramente el enfoque de nuestro trabajo y por supuesto, tuerce los valores que nos acompañaron durante nuestra vida. Perdemos el control cuando alguien pone en duda nuestro poder, estrecha nuestro campo de visión y corrompe nuestro comportamiento.

Lo más importante es que impide que podamos ver nuestras faltas y las lecciones que cotidianamente dejan nuestros fracasos. Pero también el peor de los males es que un ego inflado hace que busquemos sólo aquellas cosas que queremos escuchar y vamos perdiendo contacto con las personas que siempre fueron nuestro sostén. Nos vamos quedando solos, en ese mundo de cristal, en esa burbuja.

Pero no todo siempre está perdido, hay formas de recuperarse, de frenar esa locura, esa explosión de "súper yo" que nos subvierte. Aviso que para eso, es necesario saber que es un trabajo que requiere coraje y aceptar el desafío de cambiar cosas que no hacen sentir cómodos. Lo primero es ver cuáles son los reales beneficios y libertades que te da tu responsabilidad, y no el estatus que proporciona. Lo otro es trabajar especialmente con personas que no alimenten tu ego y delegar sobre ellos tareas que hasta ese momento pensábamos que sólo podíamos hacer nosotros.

Empezar a desarrollar la humildad para pedir  y el agradecimiento cuando vemos un trabajo bien hecho. Porque ser un líder no es tener un gran sueldo y las palmadas de quienes nos contrataron. El liderazgo se trata de seres humanos, de aquellos que nos rodean y su éxito hará mayor el nuestro, si dejamos de lado ese ego.

Comencemos a abrir esas puertas de cristal que nos ocultan de nuestros compañeros de trabajo, miremos esos rostros, compartamos sus carcajadas y sus pesares, y ellos, a su vez, podrán comprender los nuestros. Porque al fin y al cabo, mantener a raya el ego, nos hará descubrir quien realmente somos y todo lo que ciertamente podemos dar. Eso no reconciliará con la vida.







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