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Jorge Bossio jbossio@gmail.com Martes, 20 de Noviembre de 2018

¡A la cola!

Es una de las peores pesadillas del ser humano moderno, aunque le acarrea sufrimientos a través de la historia. Nos molesta, saca de nosotros la peor ira o la mejor resignación. La loca tradición de las colas, ese moderno artilugio de poder.

Todos (espero) tenemos presente el grito destemplado del personaje de la “Empleada Pública” de Antonio Gasalla, espetando: “¡Atrás, atrás!”, para aquellos que vienen a hacer un trámite y que llegan con el espíritu de la urgencia.

A partir de esa situación, lo podemos trasladar a centenares de escenarios cotidianos donde nos encontramos llegando a un lugar a cobrar, a pagar, a comprar, a vender,  y no somos los primeros, siempre somos los últimos.
Esos momentos en donde el último mira constantemente para atrás, para ver cuándo llega el próximo que le saque el escarnio de ser el “colero”. Cuando eso sucede nos deja la sensación que ya hemos avanzado en la cola. Pero no es así, casi que seguimos en el mismo lugar. Pero, como consuelo, ya hay otro sufriente.
La cola, esa circunstancia de la vida que no es otra cosa que la demostración de poder de quién la instala y que, incluso, en su fuero íntimo celebra usar nuestro tiempo de vida. Nunca llegaremos a saber si lo hace a propósito o, si además, lo hace para tener ese poder de ser malo, a conciencia.
De todas formas, las colas, también nos recuerdan nuestro lugar en el mundo, porque ellas siempre son protagonizadas por lo que menos tienen y nos recuerdan la clase social a la que pertenecemos. Si no, veamos la siguiente situación: estamos en la cola de un banco y, de repente, vemos como alguien pasa de largo. Instintivamente sacamos la cabeza de la fila para ver el accionar del “intruso” y nuestra sangre cambia el color de nuestro rostro cuando observamos el éxito del recién llegado. “Claro, es porque tiene plata o porque conoce al alguien”, son pensamientos instantáneos que nos vienen, mientras sentimos que nuestro lugar retrocede. Esperar es de pobres o, por lo menos, de gente con pocas relaciones.
Esto nos confiere que el dinero sigue teniendo poder y compra algo tan valioso como el tiempo algo que los pobres parece que siempre nos sobra y lo tenemos que entregar. Hay un estudio que afirma que en nuestra vida promedio, perdemos unos cuatro años haciendo colas. Pero ojo, que el rico no se la crea, porque por ahí escuché que lo único que hace es engañarse en base a esos breves simulacros de inmortalidad.
De todas formas, hacer esas interminables esperas, también nos dejan sensaciones de incertidumbre, porque no sabemos si, en efecto, sirven de algo. Porque en realidad nos roba vida, que podríamos utilizar con acciones mucho más útiles y placenteras.
Ahora me podrán decir que con la tecnología, el homebanking, los cajeros automáticos y las formas de pago electrónicas, esto no pasa tanto, pero falta mucho para que la gran masa, generalmente de pobres, pueda disfrutarlo. Como ejemplo de esto, les dejo la muestra de cuando cobran los jubilados ya bancarizados y sin embargo, hacen aún largas colas para llevarse el dinero que le entrega en mano, personalmente, un cajero humano.
Finalmente recordemos el cuento de Cortázar, cuando hay un atasco de varios días en una autopista y crea relaciones entre los “colistas” y, en menor medida, eso nos pasa en las hileras cotidianas. Después podemos añadir otras frases que reflejan esperas inútiles como “ya te llamaremos” o “tenemos que tomar un café”. No hay caso, siempre existe alguien que impone su poder sobre nosotros.
A los que sostienen que la paciencia es necesaria para soportar esas largas columnas de espera, les recuerdo que no es una virtud, sino que su origen del latín, “patiens” es  “el que sufre o soporta”. No nos vengan a decir que debemos ser pacientes y seamos más considerados. Porque a la larga, todos vamos a tener que hacer esa última cola de nuestra vida. Y ahí no se permiten colados.











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