El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Jorge Bossio jbossio@gmail.com Lunes, 22 de Octubre de 2018

Margarita y la sensualidad de un guante

Puedo jurar que, si bien no fue contemporánea, la admiré tanto como otros muchos millones. Como tantos, quedé subyugado por cada paso de su vida y cada uno de sus gestos emblemáticos que quedaron como un sello imborrable. De eso se trata esta historia.

En estos tiempos se celebran 100 años del nacimiento de Margarita Carmen Cansino, hija y nieta de bailarines españoles. Para establecer su nombre artístico y todo lo significó para el arte cinematográfico, dividió una parte de su nombre y tomó el apellido de la madre, y así creó el personaje que tantos admiramos: Rita Hayworth.

Tampoco voy a recorrer su vida familiar y sus varios matrimonios, pero sí me puedo detener, en su relación con otro grande: Orson Wells. Porque de esa relación nacieron Gilda y La Dama de Shangai y otras grandes películas, aunque tampoco podemos olvidar su debut anterior en otro ícono del cine: Sangre y Arena, con Tyrone Power.
Todo ese cúmulo de películas son las que le dieron entidad de actriz y de mujer fatal, que supo explotar momentos, situaciones, escenas y la clásica cabellera pelirroja que flameaba por el viento o por impulso de la mano de un Glenn Ford irascible.
Todo eso formó parte del legado que comenzó, en su parte estelar, cuando Rouben Mamoulian le dio el papel principal en Sangre y Arena y al poco tiempo recibió la oferta de su mayor logro: Gilda. Ahí puso de manifiesto toda su sensualidad desde la escena en que, con música de fondo, se quitaba un guante de una manera que parecía otra cosa y  que mereció que en varios países, incluso en la España franquista, fuera censurada. Sin contar la bofetada inolvidable de la mano de Glenn Ford.
Había que brillar y destacarse en el Hollywood de la época dorada, y ella lo logró, además de que le sucedieran cosas extrañas como que una película que hizo con Wells, "La dama de Shangai", fuera un fracaso, pero que con el correr de las décadas se transformara en un clásico del cine.
Pero fue en Gilda, cuando aún era una inexperta actriz y que se apoyara en un gigante como Glenn Ford, donde su figura trascendió, pero, paradójicamente, su vida quedó atada al personaje. Ella decía que "los hombres se acuestan con Gilda y se levantan conmigo", como señalando que todo era un mito y que ella era una mujer de carne y hueso. Es que el público, seguramente con la anuencia de los críticos, llegó a identificar a la mujer con su personaje, lo fijó  en su mente como una actriz que buscaba su identidad. Esos factores y otros relacionados con turbios comentarios sobre su padre, provocaron en ella una escisión que fue después uno de los factores desencadenantes de su devastación mental.
Es que ella, luego se supo, intentó dejar el cine y hasta trascendió que no le gustaba demasiado, porque quería ser madre "y disfrutar de la vida".
Pero Rita Hayworth fue devorada como mujer por su éxito. Éste llegó a ensuciar el nombre de la película al bautizar con él una bomba atómica explotada en el Atolón Bikini, que llevaba incluso la imagen de Rita.
Alguien también promovió una enloquecida expedición a los Andes con objeto de enterrar en una de sus cimas una copia de la película para que sobreviviese a una guerra atómica, como reliquia de este tiempo.
En su última película, "La vida de Dios", está estupenda, al lado de Robert Mitchum, y eso que ya tenía problemas con el Alzheimer y le tenían que poner carteles con los diálogos porque era incapaz de memorizarlos, sin embargo en la película no se nota.
Gilda, Rita Hayworth, el guante de seda o el cachetazo de Glenn Ford, deberían quedar en el olvido, dejando espacio a Margarita Carmen Cansino, la mujer de los misterios, y que más allá de su drama personal, sólo quería ser feliz. Pero el mundo o la gente, son un gran agujero negro que todo lo engulle para su satisfacción, sin detenerse para que estos seres humanos puedan disfrutar de la vida. Solamente eso.



Seguí leyendo en Jorge Bossio