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Jorge Bossio jbossio@gmail.com Martes, 17 de Julio de 2018

La educación al revés

En épocas en donde todo el sistema educativo está en discusión o, por lo menos, con francos cuestionamientos, un ejemplo que sucede en España, mueve a reflexionar sobre cómo debemos actuar con los chicos o cómo hay que dejar que ellos cobren protagonismo.

En los últimos tiempos (podemos decir décadas, sin lugar a equivocarnos) en nuestro país se han planteado severos interrogantes sobre la realidad de nuestra educación. Cuando treinta o cuarenta años atrás, la instrucción pública argentina era considerada una de las mejores de Latinoamérica, en los últimos años esto se ha visto muy cuestionado.
Pruebas y comparaciones nacionales e internacionales han dejado al descubierto implacables muestras de una decadencia que se va acrecentando cada día. Sobresalen materias como Lengua, Matemáticas y otras, pero en realidad es el sistema en general el que se ve cuestionado.
En el medio de este debate, aparecieron ejemplos en distintos lugares del mundo como Finlandia, en donde el sistema de enseñanza se basa en no tener que elegir. No hace falta, porque todas las escuelas son públicas y de calidad.
En el otro extremo, por sus características, está el método que aplica Singapur, que se basa en la meritocracia y la competitividad, pero que tiene como peculiaridad el que los alumnos aprenden y no memorizan. Ambos procedimientos tienen seguidores por la forma de llevarlo adelante, pero son exitosos y eso nadie lo discute.
Pero España, ahora viene impulsando un régimen novedoso que podría dar vuelta al revés a nuestra educación, como lo vienen sosteniendo en diversos colegios de la madre patria. Como para dar un ejemplo, los alumnos llegan a clase con la lección aprendida y es en el aula en donde hacen las tareas, plantean debates y aplican teorías que antes el profesor, con toda la tecnología, subió a You Tube. Es lo que llaman Aula Invertida.
Este modelo se basa en cambiar el rol del profesor, tal cual lo tenemos concebido, y le da mayor importancia a la motivación de los niños. Ya no es el maestro el que derrama conocimientos a los alumnos, sino que son éstos los que están en el centro de la escena. El aula se transforma en un espacio de colaboración donde se refuerzan ideas y se hacen tareas conjuntas. Allí aprenden, por ejemplo, geografía, el movimiento de la Tierra y con programas de realidad virtual, visitan museos lejanos.
Sostienen quienes impulsan este sistema que “la tecnología ayuda a crear, no sólo replicar el contenido, porque en sí, el instrumento que se usa (celular o tablet) solo no sirve”. Por eso destacan la posibilidad de ver videos, grabar, jugar para evaluar el conocimiento y organizar tareas en grupo. Crean mapas mentales, alumnos y profesores se comunican en entornos cerrados, o suben a la nube recopilaciones y recursos.
Por supuesto que se tienen en cuenta los riesgos que hay con el uso indiscriminado de la tecnología en manos de los chicos, sobre todo fuera del aula y sin control. Pero para formarlos, se los instruye sobre qué información es relevante y cuál no, además de ayudarlos a manejar el exceso de datos y acompañarlos para minimizar los riesgos. Siempre hay que buscar el equilibrio entre la tecnología y los recursos antiguos, o entre la tablet y la libreta de anotaciones.
Más allá de cuál pueda considerarse como el mejor método de estudio y la excelencia en la educación, convengamos que hace un siglo, lo más importante era la alfabetización. Ahora, con los recursos y la actualización, es trascendente formar personas y valores humanos. Aquellos que tengan capacidad para tomar decisiones y resolver los temas sensibles de la sociedad. Los ciudadanos del futuro, esos “locos bajitos” que recordaba el Gran Catalán y que hoy se están formando con la “educación al revés”.







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