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Jorge Bossio jbossio@gmail.com Martes, 12 de Junio de 2018

Votos versus dignidad

La relación de los políticos y las encuestas es cada vez más aceitada, por lo menos los primeros son más dependientes de las segundas, aunque estas fallan de forma constante en los últimos años. ¿Por qué no aciertan? ¿Por qué, a pesar de eso, siguen siendo importantes?

Ostentosamente, las empresas que realizan encuestas afirman que ese es el “arte de observar a la democracia”, poniendo su trabajo en la cima de la vida republicana de los pueblos. Pero algo que comenzó con un sentido de establecer sondeos de opinión, hoy termina desvirtuado porque se nublaron los caminos que le dieron origen.
Después de la Revolución Francesa, los gobernantes empezaron a preocuparse de la opinión pública y de los medios para conocerla. En los Estados Unidos, el presidente Abraham Lincoln afirmó que “lo que quiero que se haga es lo que las personas desean que se haga, y para mí la pregunta es cómo llegar a saberlo exactamente”.
El primer ejemplo conocido de un sondeo de opinión fue una encuesta de voto local, sin valor científico, realizado por el Harrisburg Pennsylvanian en 1824, que dio como ganador a Andrew Jackson sobre John Quincy Adams por 335 votos a 169 en la campaña por la presidencia de los Estados Unidos. Como se puede apreciar, este método no era muy científico y, en las siguientes presidenciales, las de 1936, el "Digest" se equivocó pronosticando la victoria del republicano Landon. En cambio, un joven George Gallup y su recién fundada empresa de sondeos (el American Institute of Public Opinion), a partir de una muestra de 50.000 personas representativa de la población general, acertó la reelección como presidente del demócrata Roosevelt.
En los últimos tiempos se ha desvirtuado el valor de las encuestas, pero no porque fallaran los estudios en las se basan, sino por lo difuso que resultan los políticos que contratan sondeos “a su medida” y ahí vienen los desastres conocidos como el caso del Brexit en Gran Bretaña, Colombia por el caso de las Farc y la elección norteamericana del “peligroso” Donald Trump.
Pero también hay otro punto que ha surgido en los últimos tiempos que tiñe de mayor turbiedad el efecto o resultado de las encuestas. Por un lado las preguntas se hacen para captar más la adhesión y preferencia que para conocer el pensamiento del encuestado.
Pero además, y esto es lo visto como de poco serio y casi hipocresía,  es que los políticos cambian su comportamiento porque una encuesta, dice lo contrario a lo que ellos sostenían con sus principios. Esta situación nos obliga a rodearla de adjetivos todos sinónimos de lo mismo: oportunismo, ventaja, provecho, utilidad, beneficio, conveniencia y finalmente, negocio, de la peor calaña. Porque engaña, no muestra nuestro verdadero pensar, no nos muestra tal cual somos, sino lo que queremos que nos crean que somos.
No deja de ser legítimo que los partidos políticos traten de aprovechar las encuestas como elementos al servicio de sus respectivas estrategias, siempre que no se trate de un aprovechamiento fraudulento de cambiar de opinión porque la gente lo piensa.
Pero nunca será aceptable, que los candidatos o los políticos, cambien su pensamiento, simplemente porque las encuestan lo dicen. Porque eso significa que “no vamos tras el pensamiento de la gente” sino de “los votos que nos dé poder”, más allá de lo que realmente pensamos. Temas polémicos y profunda división en los argentinos como el debate sobre el aborto es el  fiel ejemplo, cuando precisamente se trata en las puertas de un año electoral.
Un individuo sin principios será un individuo vacío, sin normas ni reglas morales. Su comportamiento no estará regido por ningún tipo de objetivo ético, pudiendo así comportarse de forma ruin. De eso se trata el accionar que analizamos; de no ser ruin. Eso es lo que esperamos de nuestros candidatos, que no sean indecentes y que sostengan sus ideas con las mismas convicciones que lo hace la gente. Que pierdan votos, pero no la dignidad.  



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