El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Jorge Bossio jbossio@gmail.com Lunes, 28 de Mayo de 2018

Somos pocos, pero cuánto daño hacemos

Casi es un tema remanido hablar de lo destructivo que es el ser humano, de lo que afecta al medio ambiente y del oscuro futuro que deja ver; porque hay números que asustan y sorprenden. Historia de una depredación.

Hay algo que me preocupa: en los últimos años, por no decir decenios, hubo periodistas, escritores y opinólogos, que han discurrido sobre el tema del daño que el ser humano le hace al planeta. No quiero cuantificarlos pero son muchos. Sin embargo, no ha habido una toma de conciencia generalizada relacionada proporcionalmente, a las voces que se levantan sobre este particular. Se asume responsabilidades pero a cuentagotas, de a poco, como pidiendo permiso, siendo que el perjuicio para todo lo que existe en esta bendita Tierra, es enorme.
Pero vamos a tomarnos de las estadísticas, de los estudios e informes que andan de acá para allá, para ver si mensuramos lo que hacemos y a quién. Por lo pronto, entendamos que ya se ha definido, no hace mucho tiempo, que hemos abierto la puerta a una nueva edad geológica, la del Antropoceno, o sea, aquella en la que el ser humano ha logrado cambiar el curso de la Tierra. Cifras que afirman y sostienen que somos cada vez más dominantes, en este lugar de vida.
Sólo representamos el 0,01% de la vida terrestre, pero hemos logrado aniquilar un porcentaje importante del resto. Un estudio analítico sobre la distribución de la biomasa de la Tierra, arriba a números casi impúdicos. Desde el surgimiento de la civilización, el ser humano se las ha apañado para extinguir al 83% de los mamíferos terrestres, al 50% de las plantas y al 15% de los peces.
Salvo que seamos muy ingenuos, preguntaremos: ¿Cómo hemos hecho eso? Verdaderamente los desatinos cometidos son vastos y vergonzosos. Del total de los mamíferos sólo el 4% son salvajes: el 60% son cabezas de ganado, dedicadas a la alimentación, y el 36% seres humanos. Sucede algo similar con las aves: tan sólo el 30% de las que viven en nuestro planeta son salvajes; el 70% restante viven en granjas y terminan en nuestros platos. O sea, hemos reorientado a todo el ecosistema para que esté a nuestro servicio.
Las cifras anteriores hablan de nuestro control del medio, pero no de nuestra preeminencia biológica. Al fin y al cabo, el 82% de los seres vivos del planeta son plantas, un porcentaje que nos coloca en una posición insignificante. También hay muchas más bacterias: representan el 13% del total de la biomasa.
El estudio sobre el que se basa esta columna, es meramente descriptivo, no un manual de uso para solucionar los problemas medioambientales que nuestro continuo crecimiento como especie genera.
Una solución quizá sea comer menos carne, o hacerlo de un modo sostenible. Otros pensadores tienen ideas más extravagantes, como decrecer o dejar de tener hijos. Ninguna respuesta es sencilla: si hemos llegado hasta aquí es por nuestra propia dinámica como especie y como civilización. Lo que no habla bien de nosotros.
Ahora bien, reconociendo que estas proyecciones sostienen que no podemos revertir esta realidad, la pregunta es, ¿qué haremos? ¿Resignarnos o restablecer el orden de este desorden? ¿Y cómo, además? Quizás no mirar para otro lado cuando leemos noticias de cómo permitimos que los bosques sigan desapareciendo para cultivos, o vemos, indiferentes, cuando día a día, especies se pierden en la historia y sólo quedan imágenes.
Porque, finalmente, los culpables de todo este desatino no son sólo las corporaciones o los gobiernos, sino los que miramos impasibles ante cada avasallamiento que le hacemos al plantea y los que viven en él. Hemos sido cómodos por décadas y me refiero a no haber sido más protagonista que observadores de todo lo que pasaba. ¿Es tarde? Un pesimista sostendría que sí, pero un optimista, pese a los obstáculos, diría que no, que siempre hay tiempo. Para que seamos más los que hagamos menos daño.


Seguí leyendo en Jorge Bossio