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Jorge Bossio jbossio@gmail.com Martes, 10 de Abril de 2018

Un pirata, inventor de la botella de vino moderna

Esta historia debía publicarse necesariamente en Mendoza, la tierra del sol y del buen vino. Porque se trata de las botellas, pero porque además, el personaje que tiene que ver con su invención, era un hombre que vivió en la Inglaterra del siglo XVII. Esta es una de esas historias que merece no olvidarse.

Como digo en el párrafo anterior, no hay razón para olvidar una historia como ésta, no sólo porque se trata de un elemento vital para nuestra economía, sino porque el individuo de marras, tuvo una vida digna de una novela que merece ser contada.

Porque resulta que este Kenelm Digby, el personaje en cuestión, pasa por ser el inventor de algo tan cotidiano y normal como es una botella de vino, pero además fue filósofo, cocinero, pirata y cortesano, junto a algunas otras cosas.

Nació en 1603 en una localidad de Buckinghamshire, en Inglaterra, en el seno de una familia católica. Con solo tres años vio como su padre era ejecutado por su participación en la Conspiración de la Pólvora (junto a Guy Fawkes) para matar al rey Jacobo I volando las Casas del Parlamento. A los 15 años fue a estudiar a Oxford, pero abandonó pronto, ya que dos años más tarde estaba viajando por Europa donde, según él, Maria de Medici (por entonces ex-reina de Francia) no dejaba de acosarle. Tras tres años de periplo vuelve, esta vez a Cambridge y se casa con Venetia Stanley.

Se convierte al anglicanismo cuando se le ofrece (y acepta) alrededor de 1625, un puesto en el consejo privado del rey Carlos I. Pero algo no debió ir bien porque en 1627 lo encontramos como corsario al mando de su navío, el Eagle, dedicado a capturar barcos españoles y flamencos en torno a Gibraltar y Mallorca.

Es por esta época que Digby monta una fábrica de vidrio y empieza a fabricar un tipo de botellas de vino que pronto llaman la atención de sus competidores.

Es que las suyas eran mucho más resistentes y estables que las que se fabricaban en cualquier otro sitio de Europa. Tenían forma tubular, con un alto cuello cónico. Además su color verde o marrón translúcido protegía el líquido de la luz solar haciendo que no se degradase con tanta rapidez. Las botellas que se empleaban hasta entonces eran redondeadas, y la de Digby al tener forma de cilindro en lugar de esfera, era mucho más fácil de almacenar horizontalmente.

Pero en 1642 Digby es encarcelado por matar a un noble francés en duelo. Mientras está en la cárcel, el resto de los fabricantes de vidrio londinenses, aprovechan el momento y comienzan a imitar su técnica de fabricación y el estilo de las botellas de vino. Algunos incluso llegaron a atribuirse la invención. Tuvo que pelear muchos años, pero al final, en 1662, el Parlamento británico le reconoció la autoría y le otorgó la patente de la botella de vino moderna.

Digby moriría tres años más tarde, no sin antes haber publicado dos tratados filosóficos, “La naturaleza de los cuerpos” y “Sobre la Inmortalidad de las Almas razonables”, y uno de botánica, “Discurso sobre la vegetación de las plantas”, en el cual hacía notar, por primera vez en la historia, la importancia que desempeñaba el oxígeno en la vida de los vegetales.

Cuatro años después de su muerte, uno de sus sirvientes recopiló sus notas y recetas de cocina en el libro que contiene más de cien platos tradicionales ingleses, además de otros que fue anotando en sus viajes por Europa. Por ello se le considera el primer y auténtico “foodie” de la historia.

Esta no es sola una historia más, tiene que ver con esas personalidades errantes que van por el mundo dando tumbos, y que de pronto salen a la superficie con un invento que mucho tiene que ver con la vida de nuestra provincia. ¡Qué se iba a imaginar el buen Kenelm Digby, que la botella de vino que creó, sería clave en la producción de una provincia perdida en el Cono Sur!

 

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