El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Jorge Bossio jbossio@gmail.com Martes, 3 de Abril de 2018

¡Voto al chápiro verde!

Un breve recuerdo personal. Cuando era un niño, mi abuelo citaba la expresión del título y lo hacía refiriéndose a un agravio de mucha antigüedad. Con los años me puse a investigar y descubrí qué era esa injuria. Conozcamos una escueta antología del insulto.

Hay situaciones que descomponen nuestro espacio de humanidad y lo desequilibran. Ante esos aspectos, sentimos que nos surge del interior un borboteo que va “in crescendo”, que no se detiene, que recorre nuestro cuerpo y alma, y que desata todo su impacto en nuestra boca, ese instrumento que podría ser usado para amables citas, pero que en esta oportunidad desencadena esas furias que son incontenibles. Es el insulto, la procaz arma que usamos para dañar, pero también para satisfacer alguna angustia escondida. Pero todo tiene su historia.

Comienzo por el título, la referencia ineludible al primer insulto histórico de mi abuelo. "¡Voto al chápiro verde!" se empleaba, hasta avanzado el siglo pasado (el XX) para demostrar enojo y disgusto, sin necesidad de acordarse de ningún ser metafísico ni acudir a palabrotas malsonantes.

En la Grecia antigua, se colocaba la mano abierta con los dedos muy extendidos y separados entre sí, la palma dirigida directamente a quien se está injuriando. Aún se usa en la tierra helénica.

Los romanos nos legaron cosas como planissimus (el que se pasa de plano, de llano… el tonto, vamos), verbero (quien merece azotes como castigo, no como placer) o el muy sonoro furcifer, que designa al ladrón.

En España, tenemos idiotas censados desde el siglo XIII, imbéciles desde 1524, zoquetes desde 1655 (aunque dado su origen árabe es probable que el término u otro similar se usase durante toda la Edad Media), tarugos desde 1386, y pendejos desde la época de los Trastámara.

Ni siquiera la iglesia católica se libra en esta breve historia ya que la Biblia recoge todo un reguero de imprecaciones dichas con acierto, y hasta el mismo Jesús, nos cuentan los evangelistas, tenía a veces en los labios un «hipócrita», «serpiente» o «malvado» prestos a espetar.  

Si hay algo que une a toda la humanidad, por encima de credos, procedencia o ideologías, es su tendencia natural por insultar a sus semejantes. Las palabras, por ejemplo, que se refieren al pene (cazzo), a la vagina (figa) o a la vida pública de la progenitora (figlio di puttana), todos en italiano. También, claro, las maldiciones familiares (el serbio “me cago en todos los de la primera fila de tu funeral”) o las que te invitan amablemente a irte a ciertos lugares o realizar ciertas actividades (en francés te dicen va te faire mettre y claro, como suena tan bien, te cuesta hasta ofenderte).

Los de habla inglesa usan el “asshole o motherfucker”. Los daneses, ese país con unicornios, tienen una expresión bastante gráfica que es “kors i roven”, que significa literalmente “(que te metan) una cruz por el culo”. En el educadísimo idioma japonés nos pueden decir “kuttabare” y nos tenemos que joder, o llamarnos “manuke” y a lo mejor no lo entendemos, por tontos. Y los rusos también agravian con cosas tan llamativas como “yob tvoyu mat” (que puede significar, desde el literal “he besado a tu madre” hasta “vete fuera de mi vista”) o “júy” (que lo mismo sirve para hablar del pene que para designar a un imbécil). 

En nuestro plano local podemos empezar con los insultos gastronómicos como salame, perejil, papafrita y ñoqui que son algunos de los alimentos que usamos para maltratar al prójimo. En alguna columna anterior he hablado del origen de los seudo insultos “pelotudo” y “boludo”, explicando que en realidad eran calificaciones elogiosas a los combatientes criollos que iban adelante en la infantería sólo armados de pelotas y bolas. Pero en la actualidad son un agravio o, el segundo caso, casi un “che”.

Aunque no es recomendable esa práctica de violencia verbal, quise aportar un poco de historia de ese componente cotidiano que tenemos los seres humanos. Úsenlos para arrancar una sonrisa y no para agraviar a nadie. De eso ya hay mucha gente que se ocupa, y ellos son unos…

 

 

Seguí leyendo en Jorge Bossio