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Jorge Bossio jbossio@gmail.com Lunes, 26 de Febrero de 2018

El dilema del Tapón del Darien

Es un muro de selva en el límite de Centroamérica y Sudamérica donde se pierden migrantes y se ocultan traficantes. Ahí se interrumpe la carretera Panamericana y están los que quieren abrirla y los que se oponen. Un verdadero Triángulo de las Bermudas que pocos conocen.

Entre Panamá y Colombia hay una selva inmensa que nadie se atreve a recorrer. Es un espacio que interrumpe la Panamericana que va desde Alaska hasta la Patagonia y algunos sostienen que es el lugar más inhóspito de América Latina.

En esa zona se pueden encontrar migrantes de lugares tan distantes como Bangladesh y Somalia, que cada año huyen de la guerra, de la miseria y de la persecución de sus países. Ellos se arriesgan a cruzar la selva para llegar a los Estados Unidos o a Canadá, fuentes creadoras de trabajo, de paz y de seguridad.

Pero tanto estos, como los que habitan en esa zona, no tienen seguridad, porque además de los avatares propios de la selva, es uno de los lugares donde más llueve en el mundo, y allí la jungla se hace tan densa que es imposible atravesarla. Las autoridades llevan cincuenta años discutiendo cómo sortear ese espacio y cómo completar los 108 kilómetros que faltan de la carretera Panamericana.

Los que comercializan productos piensan que la prolongación de la ruta mejoraría su vida. Según  dicen “es progreso, porque sin esa salida el Darien es fatal y no podemos movernos”. Como ejemplo, saben que en verano los ríos se secan y muchas veces para sacar y vender sus productos, tienen que empujar las canoas por esas carreteras de agua que son los ríos casi sin agua.

Los que para algunos es una solución para sacar sus productos, para las comunidades indígenas es el aislamiento, que es su forma de supervivencia. “No estamos de acuerdo con que abran el Tapón del Darien porque se van a perder la comida, los animales, los árboles, las plantas medicinales”, dicen.

Hay quince comunidades aborígenes que no quieren que se abra la autopista porque es una amenaza para la preservación de su cultura. “No quiero matar mi cultura”, aseguran.

Pero hay otro aspecto que va más allá del debate de abrir o no el Tapón del Darien. Ese mundo secreto, esa selva densa y que sólo se puede atravesar caminando, es usada por carteles para traficar cocaína además de mafias que se aprovechan de los migrantes para hacer pingües negocios. Hay que tener en cuenta que anualmente llegan unas 27 mil personas escapando de zonas violentas de otras partes del planeta. No se sabe cuántas personas han muerto porque la vegetación, que avanza sin pausa, los cubre como lo hace con otros intentos de conquistar la selva.

Otro de los temas que se agregan a lo dramático del Darien, es que en la zona colombiana, el vacío que dejaron las Farc, luego del acuerdo de paz con el Gobierno, es ocupado por otros grupos. “Ya tuvimos que echar a dos pandillas de paramilitares”, dicen las comunidades.

Para muchos hay razones para preservar al Darien, lugar de comunidades indígenas y una joya natural que alberga miles de especies de plantas y animales.  Para otros hay motivos para atravesarla con una carretera que facilitaría el comercio y dificultaría las actividades de los traficantes de personas y drogas.

Ambas posiciones tienen argumentos valederos, pero como en una tierra de nadie, el Tapón del Darien sigue indemne y misterioso, con sus comunidades y sus profundos contrastes. Cómo se pueden acercar esas posiciones extremas de abrir o no la zona, será una de las tantas cuestiones que plantea la humanidad en todas partes.

Pero por ahora es un lugar inaccesible y peligroso. En el medio de la selva, hay un hito construido que se llama Palo de Letras y que es la divisoria entre Panamá y Colombia. Un lugar que plantea esos dos dilemas, comprensibles ambos, pero que afecta a hombres y mujeres en el corazón de América Latina.

 

 

 

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