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Jorge Bossio jbossio@gmail.com Lunes, 8 de Enero de 2018

La inocencia de Mary W. Shelley

Esta escritora fue una adelantada en su tiempo, rompió todos los paradigmas de los principios del siglo 19 y fue la autora del primer relato de horror que revolucionó la época. Sin embargo, el notable ser humano, con el tiempo, se encargó de dar por tierra lo que fuera un relato de ciencia ficción.

Imaginemos la Inglaterra de principios del siglo 19. Una niña de 16 años se escapa con un hombre casado con la anuencia de su padre y sale a recorrer Europa. Tengamos en cuenta que la genética de la adolescente era fuerte, porque su madre, a finales del siglo 18, había escrito un libro sobre la “Reivindicación de los Derechos de la Mujer”. Pavada de antecedente.

Pero Mary W. Shelley no se detuvo, y decidida a dejar huella en la literatura mundial, escribió Frankenstein o el moderno Prometeo. Todos recordamos la historia de un científico loco que decide armar un ser humano con partes de otros y luego darle vida. Revolucionó la época, fue vapuleada por las críticas literarias pero amada por el público que llenaba los teatros donde se representaba la obra dramatizada de Mary.

Hasta aquí la historia. Pasaron 200 años y la raza humana se encargó de superar en la realidad, lo que fue una creación de ciencia ficción. Voy a dejar de lado el tema de los trasplantes de órganos en donde la medicina salva vidas de una manera humana y decorosa. Mi propósito pasa por otro lado.

El ser humano, con esa pasión irrefrenable de ser la energía universal, Dios, o todos los dioses que se les ocurra, ha querido, con la excusa del avance y la modernización, modificar a la naturaleza en sus partes más sensibles. La creación de células madre embrionarias con el mismo ADN de una persona que permitiría la clonación de órganos humanos, ha creado gran controversia con los dilemas éticos que conlleva.

Porque si bien esos experimentos buscan mejorar la salud, ya hay investigadores que se suben a la barca de la locura y avanzan, como en el caso de la oveja Dolly, para clonar seres humanos por completo. Incluso, a pedido de los familiares, para contar con un hermano, hijo o primo, igual a otro pariente.

Esta no es una locura de ahora. Durante la Alemania nazi, Joseph Menguele y otros investigadores jugaron con la genética de niños para crear una “raza superior”. Según sus teorías, si de alguna manera la ciencia lograba asegurar que las mujeres arias dieran a luz gemelos rubios de ojos azules, el mundo se podría salvar, es decir, repoblar con esta raza “pura”.

Quedémonos en la vida cotidiana actual, cuando hombres y mujeres, con el afán de regresar en la edad, no reparan en usar cuanto “invento científico” aparece, que cambia la cara, partes del cuerpo, la piel y hasta la reconstrucción vaginal o peneana.

Pero si el ser humano no alcanza a mejorar la especie, entonces inventa los robots, preparados para reemplazar al hombre en todas sus actividades. Tareas del hogar, trabajo en las fábricas, en las oficinas y hasta en las actividades sexuales.

Si estamos suficientemente horrorizados con estos párrafos, ahora tenemos la posibilidad de comer carne “de laboratorio”. Esta carne “sin animales” se obtiene utilizando células tomadas de animales sanos, como una vaca, un pollo o un pato. Estas células iniciadoras, luego se desarrollan hasta convertirse en trozos más grandes de carne y que pueden utilizarse como alimento. Los veganos estarán contentos, pero queda en el aire la pregunta de ¿hasta dónde llegaremos?

Por eso sostengo que si a Mary W. Shelley se le ocurriera caminar nuestras calles en el siglo 21, leer las noticias y ver los “avances” del ser humano, sentiría, sin duda, una increíble vergüenza por lo inocente que fue hace 200 años, cuando escribió la historia de un científico loco que armó un ser humano con pedazos de otros. Y sólo escribiría una novela romántica.

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