Mendoza,

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Jorge Bossio

El autor, nunca dueño de su obra

Por definición, un autor es una persona que ha realizado una obra científica, literaria o artística. Pero bueno es reconocer que una vez concluida la misma y hecha pública, deja de ser el dueño para siempre. El “vox populi” pasa a ser su propietario, mal que nos pese a los que creamos algo.

25/9/2017

Hace poco leí un título que decía: “Cuando terminas un libro, ya no te pertenece” y me propuse indagar los fundamentos de tamaña afirmación. Para los que creemos ser escritores, existen pocas actividades más personales que la escritura. Porque a la hora de escribir, de contar, de relatar, ponemos lo mejor de nosotros, nuestra intimidad más profunda, el alma y el corazón, para agradar al lector. Por supuesto, que en todo momento, sentimos que es nuestra voluntad la que le da el tinte perfecto a nuestra creación.

Pues hay malas noticias para todo aquellos que son artistas, creativos o simplemente autores. Una vez que hemos terminado la obra, sea cual fuere, ya no nos pertenece. Cuando el libro pasó por el corrector, luego a la imprenta y de ahí a las librerías, esa frontera lo pone en manos del lector y es entonces cuando se esfuma nuestra propiedad y pasa a tener miles de dueños, y ya no es nuestra.

Porque creemos que el mensaje que encierra nuestra creación, hará que la gente esté de acuerdo con el autor, que tu visión será la suya, pero nada es así. Ese mensaje, esa intención, se diluye cuando cada lector pone en juego sus experiencias, su historia, esa carga de vida que lo identifica y, finalmente, su ideología.

Incluso, cuando hacemos la presentación de nuestra obra, enaltecidos por la cantidad que gente que fue a descubrirla, a comprarla, expondremos toda nuestra intencionalidad en ella y recibiremos el aplauso por tan efusivas palabras, firmaremos ejemplares y es ahí, cuando, dolorosamente, descubriremos que somos uno más de los tantos propietarios de eso que considerábamos nuestro.

El público no sólo es el juez final de la obra, es el que le dará su interpretación, que es seguro que en nada coincidirá con la nuestra.

Es posible, siempre es posible, que su recorrido sea el que esperabas, pero a veces se puede torcer. Hay que recordar que tu interpretación, no es la única. No discutas con los lectores pensando que no han logrado entenderte. En todo caso, habrás sido tú el que no ha logrado expresarse mejor.

Toda esta experiencia la podemos trasladar a cualquier actividad artística. Me imagino al pintor, dar los trazos finales a su obra, imponiendo sus mejores colores, sus líneas geniales para que el cuadro lleve su impronta. Lo mismo sucederá con el escultor que al momento de dar su último toque de cincel, creerá firmemente que sólo él tendrá la mejor interpretación.

También podemos hablar de los músicos que estarán convencidos de que, con su obra, llegarán directamente al corazón del público, sin darse cuenta que serán las personas las que le den la verdadera interpretación a lo que quiso crear.

Sin embargo, la intención del autor, la “intentio artis”, es un hada elusiva y mitológica. Una vez que has puesto el punto final y la obra ha pasado a la gente, nada ni nadie va a guiarlos para estar de acuerdo con tu visión, con tu cosmogonía tan cuidadosamente planeada.

Sabemos que nos duele dejar escapar esa creación tan personal, pero una vez que se cortaron los lazos entre tu mente creadora y la creación, la obra cobra vida propia y se desplaza hacia el mundo público.

Pero suena positivo dejar de lado ese egoísmo que suele acompañar a los creadores, valorar y agradecer a la naturaleza que nos dio ese don especial, y sentir que nuestras creaciones movilizan la imaginación del público, les abre nuevos mundos para observar y eso les trae felicidad. Esa es nuestra misión, no la de alimentar nuestro ego. Desparramar por el universo tantas obras y como decía Facundo Cabral, “sabiendo que el Diablo, nos dará nuevas creaciones al día siguiente”.

 

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