Mendoza,

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Jorge Bossio

El planeta de las personas no humanas

La aparición de una saga más de “El planeta de los simios” reavivó el debate de la preminencia de los hombres sobre los animales (o viceversa), el origen del hombre, el eslabón perdido de Darwin y un sinnúmero de otras interpretaciones entre el ser humano y los otros. La Argentina, una abanderada.

12/9/2017

“Nuestra” chimpancé Cecilia ha logrado, luego de una intensa lucha legal, el habeas corpus que le permitió recuperar su vida en un santuario de Brasil  donde parece estar más cerca de la naturaleza, o de lo que su genética reconoce como tal. Pero además, una orangutana llamada Sandra, fue considerada “persona no humana”, esto es, dejar de ser una cosa para convertirse en un sujeto. Ambas sentencias tuvieron lugar en Argentina, pero hay demandas en marcha en otros países.

Los grandes primates son los parientes más cercanos de los humanos. Compartimos con ellos la mayoría de nuestro patrimonio genético, pero en breve podemos compartir, además, bastantes derechos. Iniciativas jurídicas en distintos países buscan que estos animales gocen del derecho humano por excelencia, el habeas corpus —no ser privado de libertad de forma arbitraria—, y que sean declarados “personas no humanas”.

Uno de los grandes avances en la ciencia en los últimos años ha sido la profundización en el conocimiento de la inteligencia animal, que ha puesto en jaque la vieja idea de que el hombre era el rey de la creación y todas las demás criaturas estaban a su servicio. Los pulpos, pese a vivir cuatro años, tienen una inteligencia extraordinaria, los elefantes velan a sus muertos, los cuervos son tan listos que a veces tienen que ser apartados de experimentos porque descubren el truco demasiado pronto y se lo explican a los demás; las orcas hablan entre sí y transmiten conocimientos culturales de generación en generación.

Ahora sé que voy a entrar en otra polémica, porque sostengo que uno de los grandes males del mundo Disney, ha sido humanizar a los animales. En realidad, no los acerca, sino que los aleja de nuestra comprensión. Tal vez nunca lleguemos a entender cómo ve el mundo un delfín, pero es más que suficiente que comprendamos que es inteligente y que no podemos dejarle en un acuario toda la vida. Lo mismo podemos decir de un orangután: no es un bebé, es un animal, pero merece que protejamos su derecho a existir, cada vez más amenazado en la naturaleza.

A medida que entendemos mejor a los animales, comprendemos sus necesidades. Por ejemplo, sabemos la capacidad individual de procesar información y usarla en su beneficio, la toma de conciencia de sí mismo, la empatía y las emociones demostradas en muchos de los animales nombrados. En este sentido, se parecen muchísimo a nosotros. ¿Qué los diferencia, entonces? ¿Una cuestión meramente genética? ¿Intelectual? ¿Dónde están los límites? Estas cuestiones no son sencillas de resolver.

De ahí surge la idea de elevar el estatus de algunas especies a personas no humanas. De esta manera, dichos animales obtendrían, al menos, tres derechos fundamentales: derecho a la vida, a la libertad y a no ser maltratados ni física ni psicológicamente.

Pero, ¿dónde terminan las personas y comienzan las personas no humanas? ¿Y dónde acaban las personas no humanas y comienzan los animales? Esta cuestión es aún más compleja. Parece que la batuta en este asunto la lleva, desde luego, la capacidad cognitiva. Pero también hay una cuestión genética. Por ejemplo, los bonobos, llamados chimpancés enanos, comparten con nosotros una cantidad abrumadora de ADN.

Acá vuelvo a citar los versos de Víctor Heredia en su tema “Sobreviviendo” y con esto termino: “No quiero ver un día manifestando/ por la paz en el mundo a los animales/ Cómo me reiría ese loco día/ ellos manifestándose por la vida/ y nosotros apenas sobreviviendo, sobreviviendo”.

 

 

 

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