Mendoza,

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Jorge Bossio

Los conversos

Los hay de todo tipo y color, desde los religiosos, pasando por el deporte, la política y cualquier actividad humana. En realidad todos somos, de alguna manera, conversos, desde los más blandos hasta los más duros. Veamos este tema, antes que cambiemos de opinión.

4/9/2017

Si no el primero, el converso más famoso fue San Pablo, aquel que no conoció a Jesús y que como soldado romano persiguió a los cristianos. Hasta que un día, se cayó de su caballo y Dios se le reveló “para que yo predicase entre los gentiles”. A partir de ahí tomó el nuevo camino con tal seriedad, que acabó poniendo las bases que permitieron que la iglesia se expandiera.

Antes de seguir con los ejemplos, debo aclarar que, en realidad, somos todos conversos, porque vamos cambiando de opinión, nos adaptamos a la gente que nos rodea y, en especial, modificamos algunas ideas o pensamientos cuando consideramos que pueden favorecer a nuestra carrera. Esta categoría podemos identificarla como la de los conversos blandos.

Cuando hablamos de los conversos duros, son aquellos que abrazan con fervor aquello que antes odiaron. Como es el caso del periodista Arthur Koestler, encarcelado por el bando franquista. La presión internacional lo liberó y este comunista convencido abandonó su pensamiento, cuando descubrió lo que Stalin había hecho en la Unión Soviética en los años de las grandes purgas.

El converso siempre puede hacer gala de su superioridad moral diciendo que conoce mejor que nadie los defectos y maldades del otro bando, porque lo conoce por dentro. No es un fenómeno solo político: piensen en los ex fumadores antitabaco, los ex gordos delgados y los ex carnívoros vegetarianos. Pero es en la política donde los estragos son más catastróficos, porque convierten el debate político en una especie de asunto teológico.

En nuestro país, la política ha mostrado el lado más duro de los conversos. Por razones de “neutralidad”, no voy a mencionar nombres ni partidos políticos, pero baste recordar a aquel médico diputado que con una gracia inigualable, saltó un cerco que parecía infranqueable y se alineó con el sector que hasta segundos antes había enfrentado con pasión. Como las “icardeadas”, él también convirtió su apellido en un verbo que aún hoy se usa para mostrar a los conversos políticos.

Para no dar tantas vueltas, en el deporte también hay conversos. Recientemente, un canal de televisión deportivo, sacó una serie de publicidades en donde muestra, en un deporte tan pasional como el fútbol, como se producen los cambios de colores deportivos y, lo que es peor, cuando algunos ven a sus hijos abrazar la camiseta contraria.

Convengamos que no hay nada malo de cambiar de opinión. En realidad yo también lo hago y lo asumo. Vamos por la vida creyendo con firmeza muy pocas cosas y somos más flexibles en todas las demás. Debo aclarar que hay causas que no deberían ser negociables como la democracia, la libertad y la igualdad. Pero fuera de estos principios que cada uno considera como irreductibles, sabemos que siempre tenemos la pasión de tratar de convencer al otro de nuestras ideas y generalmente lo hacemos, no porque tengamos razón, sino porque somos exageradamente perseverantes.

Con ese sentir, podríamos decir que muchas de las cosas que hoy gozamos, son así porque las instituyeron los mesiánicos y los místicos. Como decía Isaiah Berlin, “la búsqueda de un solo ideal omniabarcador porque es el único y verdadero para la humanidad lleva, invariablemente, a la coerción. Y después a la destrucción y la sangre: se rompen huevos, pero no aparece ninguna tortilla, solo hay un número infinito de huevos, vidas humanas, que romper. Y al final los apasionados idealistas se olvidan de la tortilla y ya solo siguen rompiendo huevos”.

Será cuestión de seguir rompiendo huevos o de buscar las razones por las cuales vamos cambiando de opinión. La política, el deporte, la religión y cuanto espacio encontremos en la sociedad, contendrá conversos, de los duros o de los blandos, de los que rompen huevos y de los que dejan que se los rompan. Todos podemos ser conversos, como San Pablo cuando se cayó del caballo y se encontró con Dios.

 

 

 

 

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