Mendoza,

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Jorge Bossio

Marchas, asesinas de la inocencia

La marcha multitudinaria de Barcelona en protesta por los recientes atentados, deja un costado mucho más político que el desgarramiento de una sociedad ante un ataque que no esperaba. Pero acá, en nuestro país y en esta provincia, las marchas también destruyen los motivos que las convocan.

28/8/2017

Marchas hay muchas y, por supuesto, desde esta vivencia maravillosa que es la democracia, se nos ha desatado el fervor por salir a la calle y hacer ruido. Es bueno que se haga, que se proteste, que se busque la dignidad de algo o de alguien. A través de nuestra historia, de 1983 a la fecha, he vivido miles de ellas, con banderas, cánticos, espíritu de lucha o de búsqueda y a todas le damos la derecha por ser valiosas.

Pero las marchas, como tales, esconden cosas, no se muestran en plenitud con el objetivo que las convoca. Nos son leales, pueden ser ingenuas, pero a esas marchas no viene la inocencia. Generalmente las columnas, los manifestantes, pueden guardar cierta ingenuidad, pero tanto la inocencia como la sinceridad, brillan por su ausencia.

Como en Barcelona, que pusieron al frente: médicos, bomberos, policías, o sea todos los que fueron héroes en el inédito atentado de la Rambla. Pero las cámaras enfocaban, casi siempre, el rostro del rey, del presidente Rajoy o el del presidente de la Generalité. La foto armada, con carteles especialmente ubicados para que las imágenes que recorrerían el mundo, fueron perfectas, pero nunca inocentes.

Porque en la marcha catalana, había españoles o castellanos, que miraban de reojo o de mala gana, las banderas independentistas de rayas horizontales y estrellas. Y a centímetros de distancia, los catalanes autonomistas hacían otro tanto contra el rey, Rajoy y las “otras” banderas, las españolas.

Entonces la inocencia murió dos veces, cuando la mataron en la Rambla y luego en la marcha. Si hasta aparece más lógico la falta de sensibilidad de los yihadistas o su sobrada culpabilidad, porque es lo que uno siempre va a esperar de ellos. Pero, por la hipocresía, es mucho peor usar una marcha para otros móviles espurios o inconfesables.

Este análisis no sólo cabe en las tierras catalanas. También sucede en nuestro país y en nuestra provincia. Sólo voy a analizar las manifestaciones que se hacen contra la violencia de género. Y seguro que lo podemos extender a las que se organizan por la inseguridad, por las expectativas de los sindicatos y por tantísimas otras razones, valederas seguro, pero donde nunca concurre la inocencia.

Las que se han organizado por los femicidios, abusos, discriminación, y todo en contra de las mujeres, también hay manipulación, y a raudales. Todos especulan, todos llevan agua para su molino, desde el Estado, desde algunas organizaciones feministas, hasta desde el morbo de los hombres que van a esas marchas, “para ver si muestran algo”.

Porque en esas marchas se conjugan sentimientos, respeto, ira, dolor y hasta la alegría de pertenencia en una multitud. Puede haber lágrimas, pero la inocencia no es invitada, no aparece. Hay, sí, muchos ingenuos y si bien esa sensación es valiosa, se pierde siempre en el mar de las especulaciones.

Porque algunos se aprovechan para introducir temáticas que no son las que convocaron a ese lugar. Y como en la marcha de Barcelona, donde todos fueron supuestamente para protestar contra la barbarie, y españoles y catalanes se miran de reojo, acá sucede lo mismo. “Yo no vine por ese otro tema”, protestan algunos. Porque también en las marchas, surgen las banderas o pancartas de facciones políticas, diciendo “yo también quiero llevar agua para mi quintita”.

Por eso las marchas matan a la inocencia. Porque hay miles de “quintitas” que piden agua y como los molinos están escasos, nos metemos en todas las movilizaciones, sin darnos cuenta que terminamos asesinando el móvil sanó que las creó, o sea matando a la inocencia. Pobrecita ella.

 

 

 

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