Mendoza,

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Jorge Bossio

El café de Rick y las pateras

Marruecos cuenta con una rica historia y un paisaje fuera de lo común. Éste mismo alimentó los cientos de mitos que se fueron creando. La odisea de Rick Blaine, el héroe de Casablanca, contrasta severamente con las inestables pateras de nuestro presente. Pero ambas hablan de fugas, de escapes.

22/8/2017

Si bien no está cerca de Tánger o de Tetuán, el mito de Casablanca ha traspasado la historia, si bien está basado en una película y no en hechos reales. Pero bueno es reconocer que, cuando un  film tiene la trascendencia del interpretado por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, muchas veces la historia se confunde con la realidad, y esta con la vida.

Rick Blaine se convirtió en historia al desarrollar ese épico relato de la Segunda Guerra Mundial, en donde la fuga hacia la “libertad” era el móvil fundamental. Aún hoy, las autoridades marroquíes, han remozado el Café de Rick, como si en realidad hubiera existido, con todos los elementos que incluyen el piano de Sam, aquel de “Tócala de nuevo” al interpretar “As time goes”, la emblemática canción del film.

Pero el Marruecos presente, vive otra realidad que también tiene que ver con la fuga, con el escape, pero en este caso con épocas distintas, o distantes, en cuanto a los móviles y a las dificultades. Como en el caso de los años 40’, del siglo pasado, hoy podemos trazar un paralelo con personajes ficticios, aunque no lo sean tanto, con situaciones que no dependen de un avión, sino de frágiles embarcaciones. Pero es bueno conocer a profundidad, no las diferencias, sino la cruel realidad que se vive hoy.

Desde lo alto del barrio multicultural de Boukhalef, en los aledaños al aeropuerto de Tánger, el camerunés Sulten, tatuador por el día y traficante de inmigrantes por la noche, cuenta que la barca inflable (patera) que ha comprado en Rabat le ha costado 350 euros. A su lado, con la bomba de aire en la mano, Michel, pintor por el día y buscador de pateras por la noche, confiesa que en esa barca de tres metros se van a meter 12 personas. "Las mujeres y los niños van a ir en el centro, para achicar el agua que ingrese. Los hombres vamos en los laterales, remando. Llevamos mucho tiempo, algunos años ahorrando dinero, esperando este momento".

Ahí se produce le división de aguas de Mediterráneo y el Océano Atlántico, pero también la fisura de las dos placas tectónicas: la Euroasiática y la Africana. En la Edad Antigua también se la menciona como las Columnas de Hércules. Entre el punto más estrecho hay 14,4 kilómetros de distancia.

Sulten es denominado como uno de los “conseguidores”, aquellos que se encargan de detectar a los inmigrantes dispuestos a pagar por cruzar el Estrecho.

En la barca inflable que tiene Sulten, donde "caben" 12 personas, la plaza cuesta entre 500 y 1.000 euros. "Dependiendo si viaja uno solo o con niños. Entonces incluso el precio se puede disparar 10 veces lo que vale", asegura.

Pero el hecho de cruzar el estrecho no significa que se ha alcanzado el objetivo de “occidentalizarse”. Ni mucho menos. Faltan los riesgos propios del mar y para ejemplificarlos, hay que recordar que llevan cerca de 6 mil los muertos en esa travesía.

Ambos hechos, el histórico o de ficción de Casablanca, y el de las pateras, guardan muchos antagonismos. Si bien en ambas se habla de fugarse hacia la libertad y la paz, en este último es una realidad cruel y dolorosa. Porque saben de dónde quieren huir, pero desconocen qué les espera.

La escena de la despedida de Rick Blaine a Ilsa Lund, nada tiene de romántico si se las compara con las inestables pateras cruzando el estrecho de Gibraltar, o la incertidumbre que los espera en la “tierra de la libertad”. Ni la generosidad del personaje de Humphrey Bogart puede alcanzar hoy para asegurar un final feliz para los cientos de miles de inmigrantes. Ni siquiera que alguien les toque el “Según pasan los años”, del morocho Sam.

 

 

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