Mendoza,

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Jorge Bossio

Cortázar y la toma de la UNCuyo

Corría 1945 y estaba a pleno el gobierno de Edelmiro Farrel, pero con el coronel Perón destacándose en el Ministerio de Trabajo. Eran tiempos en donde se buscaba recortar a la educación y el primer manotón fue cerrar las universidades públicas.

17/7/2017

Esta realidad que se pergeñaba en la gran metrópolis tenía, sin dudas, que llegar a nuestra Mendoza y el objetivo era la Universidad Nacional de Cuyo, la casa de estudios más importante del oeste argentino. Había un ignoto profesor de literatura europea, alto y con cara de niño, que tenía tres cátedras. Porque todos conocemos al Julio Cortázar famoso, al rebelde eterno, pero pocos sabían de este joven profesor que, por ser tan tímido, cuando una alumna lo miraba se ponía rojo como un tomate.

Ese 4 de octubre de 1945, Cortázar se encerró junto a 100 alumnos y otros cinco profesores, y lo primero que hicieron fue repartir las actividades, mientras la policía iba cercando a la universidad. Él era el responsable de hacer los libretos que  el líder de la revuelta, Mariano Zabaleta, leyera desde las terrazas.

Mientras la policía acechaba en el exterior, los tiempos de la toma de la Universidad Nacional de Cuyo comenzaban. Al principio, algunos quisieron salir y volver a sus casas, pero el caso más resonante fue el del alumno Julio Nudelman, que se fue “porque tenía cosas importantes que hacer en el mundo”, tal cual lo explicó. Claro que lo que no contaba, es que la policía a caballo igual lo persiguió. A partir de ese hecho, nadie se atrevió a salir, apretaban los dientes y seguían adelante.

Nadie sabe si Cortázar sufrió algo durante la toma o si el asma lo ahogó pronto, pero él se dio tiempo para escribir en los rincones lo que luego serían las “Memorias del sitio de la universidad”. Contó anécdotas como la de un alumno de nombre Humberto Crimi, que devolvía con sus propias manos los gases lacrimógenos que la policía arrojaba en el patio. Se quemó todo pero no le importó.

Cortázar hasta se dio tiempo para ponerle música al “himno de la universidad tomada”,  con letra del profesor Juan Villaverde, con cierta reminiscencia a la marcha radical.

Hoy no se sabe si queda una copia de los escritos de Cortázar y como los diarios no registraron la toma, no se ha hecho fácil hilvanar las 132 horas que duró la toma. Sólo quedó la palabra de los sobrevivientes.

Con el tiempo las provisiones se iban acabando, fundamentalmente galletitas y leche condensada. Los más vivos hicieron un sistema de roldanas que trasladaba alimentos desde los árboles en una canasta. Otro simuló una mudanza y puso comida dentro de un ropero. Los menos imaginativos tiraban naranjas apuntando al patio.

El ataque policial a nada se parece al clásico milico que derriba la puerta de una patada e ingresa. No, deshicieron la puerta a hachazos. Alumnos y profesores se pusieron en fila, como lo habían planeado antes, y se pusieron a cantar el himno nacional y el que habían compuesto para la universidad. Tenían noticias de Buenos Aires, en donde las tomas habían terminado con alumnos heridos.

Pero en Mendoza fue distinto. Terminado los himnos, los fueron llevando de a uno hasta la puerta hecha trizas. Un policía sentado en un escritorio tomaba nota y hacía preguntas. Dicen que cuando el profesor largo y pálido como una hoja de papel contestó las preguntas, un policía de pie perdió el poco humor que le quedaba y le gritó “Dale pendejo, no me jodas a mí”, no creyendo que fuera un profesor. Y de un empujón, Julio Cortázar salió expulsado a la calle y de ahí directo a la cárcel.

Nadie sabía, en ese entonces, la jerarquía de este desgarbado profesor, preso por unos días en la cárcel de Mendoza. Pero era un anticipo de ese hombre, ese literato que en 1962 cambió su forma de pensar luego de su visita a Cuba. O aquel que, luego de la muerte del Che Guevara, escribió el poema “Tengo un hermano”. Los hombres, equivocados o no, son grandes cuando son coherentes de principio a fin. Si no, son olvidables. Y todos recordamos a Cortázar.

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