Mendoza,

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Jorge Bossio

La isla de la basura

La humanidad crece a un ritmo que es más preocupante que auspicioso. Somos 7 mil millones de habitantes que respiramos, reímos, peleamos, saltamos, dormimos y… producimos basura.

3/7/2017

Cuando me refiero a desperdicios, es a todo eso que descartamos día a día y que va a parar a un tacho, o a una acequia, o a la misma calle. Para que tomemos ejemplo de esta dimensión, la ciudad de Buenos Aires produce, diariamente, 12 mil toneladas de basura.

Pero el problema principal, no es qué hacemos con la basura, sino cómo tomamos conciencia de que, un paso antes, podemos tener responsabilidad ambiental. Es un juego a dos puntas, porque debe ser encarado como un tema cultural desde la casa de cada uno, pero también debe ser enfrentado por el Estado con campañas y acciones.

Podrán decir, “hay cosas más urgentes” y cualquiera que tenga un poco de conciencia ambiental le responderá, “no hay mayor urgencia que la vida”. Vamos a poner en esta humilde columna, que   pretende ser un foro de debate, el caso de la “isla de la basura” de una ciudad como Tokio, la capital de Japón.

Si bien es cierto que al hablar de una “isla de basura” todos imaginan una acumulación de plásticos y desechos flotando en el mar y contaminándolo todo, Tokio, con sus eternos problemas de espacio ha decidido fabricar su propia isla de desperdicios, una idea que parece muy prometedora.

Esta capital se enfrentó a una importante crisis de basura en los años sesenta y setenta, cuando la ciudad se vio sobrepasada por la cantidad de residuos que producía. En ese entonces los japoneses declararon una "guerra contra la basura", que incluyó un fuerte y duradero sentimiento de responsabilidad ambiental y de reciclaje, que está muy arraigado en los ciudadanos de Tokio.

El resultado es que, a pesar de tener una población de más de 13 millones de personas, Tokio se considera una ciudad relativamente libre de basuras. Y ello se debe a que sus leyes de reciclado son meticulosas, estrictas y todos las respetan.

Las autoridades se preocupan por encontrar la mejor forma de reutilizar y reciclar los residuos y en base a esta idea, se han propuesto construir una isla.

El nuevo sitio de eliminación recibe todos los restos de basura de los 23 distritos de Tokio. La ceniza de la basura incinerada, los artículos plásticos compactados y el lodo de las aguas residuales se combinan para hacer de la isla artificial, una realidad.

Los planes apuntan a convertir esta isla de desperdicios en una zona de baños, una terminal para contenedores de transporte marítimo, un espacio verde con instalaciones de ocio y un parque con una colina, que ofrecerá unas maravillosas vistas de la zona ribereña de la ciudad.

Esta idea no es nueva, pero el nivel de previsión y cuidado que ha tenido Japón durante todo el proceso es realmente admirable, puesto que mientras acumulan basura para construir la isla, ejercen un estricto control de los subproductos, mantienen al mínimo el escape de gases y aplican las mejores técnicas disponibles para reducir la emisión de dioxinas.

Pero el mejor ejemplo lo pudieron ver los cronistas de todo el mundo, cuando al finalizar cada partido del mundial del fútbol 2002, los japoneses que habían concurrido, se encargaban de levantar cuanto residuo había sido abandonado por los hinchas.

No pretendo que en este instante empecemos a construir una “isla de la basura” en cada ciudad, pero podríamos empezar, como en el mundial de 2002, a hacer que cada vez que vamos a un evento en un lugar público, levantemos los residuos propios y ajenos que producimos o abandonamos.

Porque, no descartemos para nada, que en Japón hay una “isla de la basura”, pero si seguimos mirando para otro lado, si somos indiferentes, si creemos que esto es una exageración, no dudo en sostener que pronto, estaremos en un “mundo” de desechos preguntándonos “¿cómo nadie se dio cuenta antes?”.

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