Mendoza,

de
de

 

Jorge Bossio

Sambenitos

A lo largo de la historia, miles de hombres y mujeres han recibido “etiquetas” por el sólo hecho de ser diferentes. Sabemos que el arte y sus circunstancias hacen que cada uno de los artistas sea distinto, y ninguno se ha salvado de ser estigmatizado.

19/6/2017

Dicen que la fama es la suma de malos entendidos que se resumen alrededor de una persona y de esto no se han liberado los creadores a lo largo de la historia. Recibieron prejuicios, sambenitos y diversos dardos que arrojaban los hombres para promover descalificaciones, con malevolencia y perversa frivolidad.

Cuando hablamos de “sambenito”, no nos referimos a una prenda utilizada originalmente por los penitentes católicos para mostrar público arrepentimiento por sus pecados, sino por el mote usado por la Inquisición española para señalar a los condenados por el tribunal, por lo que se convirtió en símbolo de infamia.

Los que se destacan en una sociedad no son ni peores, ni mejores, son diferentes. Lo que pasa es que no encasillan en los moldes tradicionales. A Truman Capote se lo calificó de exhibicionista, un charlatán decorativo, en palabras de un crítico, luego de su afamada frase, “soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio”.  Al escritor Henry Miller se lo tildaba de obsceno y machista.

En Francia, George Sand (Aurore Dupin) era una heroína para los románticos, pero una vergüenza para los conservadores. La señalaban de libertina y sus amores se convirtieron en la comidilla de todo París. Como se vestía como un hombre era la “marimacho”, mientras ella exhibía los 105 tomos que componen su obra.

Luego de escribir su “Divina comedia”, en la que anatematizó a decenas de contemporáneos, Dante no pudo escapar de los comentarios que se hacían sobre su persona. A su paso por la ciudad de Ravena, que lo cobijó luego de su huida de Florencia, las mujeres se persignaban y se alejaban del poeta porque se trataba del hombre que había bajado al Infierno.

Sócrates era considerado un ateo, un pervertidor de jóvenes, un peligro para la seguridad publica ateniense. Lo más triste es que fue un filósofo.

Ernest Hemeingway debió cargar con los sambenitos de patotero, fanfarrón y mentiroso. Pero él mismo difundió pestes sobre muchos de sus colegas como Scott Fitzgerald, posiblemente porque la mujer de éste le humilló el ego

En nuestro país, Julio Cortázar, en épocas de la doctrina de la seguridad nacional, fue tildado de “agente al servicio de la subversión”. Sábato, como “idiota útil al servicio del comunismo”. Leopoldo Marechal, luego del golpe del 55, se llamaba a sí mismo, como “el poeta depuesto”, en referencia a su condición de peronista. Pero años antes, Borges era llamado como “vende patria” o “anti argentino”

Ni hablar del nazismo que llevó el arte de la difamación a su más refinada crueldad, con los términos “judío”, “gitano” o “comunista”, que anunciaban la cárcel o la muerte.

La caza de brujas se dio en los gulags de la Rusia de Stalin y en los Estados Unidos de McCarthy. En todos casos se daba la denigración de los que salen del molde, cuando la humillación se convierte en conducta colectiva y aparece el terror ancestral a lo diferente.

Charles Chaplin fue señalado como un espía judío que trabajaba para la Unión Soviética y un adúltero en potencia. El genio, en su película “Una mujer en Paris” decía: “La humanidad no está compuesta de héroes y mártires, sino sencillamente de hombres y mujeres. La naturaleza es la que les ha dado las pasiones que los mueven, buenas y malas. El ignorante condena sus faltas, el sabio las compadece”.

Descalificamos, humillamos y perseguimos a aquellos que sobresalen en la sociedad, en lugar de tratar de emularlos, de ser mejores. Sambenitos, motes, etiquetas, deberían ser reemplazados por elogios a aquellas acciones que hacen diferentes a los distintos. Porque, si hilamos fino, todas las personas somos incomparables, como una huella digital que no se puede repetir.

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Jorge Bossio