Mendoza,

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Jorge Bossio

Soledad

Puedo hablar de “Cien años de soledad”, de la Pastorutti o de Soledad la de Barracas, para los que les gusta el teatro. Pero en realidad, me quiero referir a ese estado del ser humano que desea hacerse a un lado, que se aleja, viajando a esa noche inmensa donde el silencio es absoluto.

12/6/2017

Voy a ignorar, en principio, a aquellos que fueron obligado a estar solos, por el abandono, por la marginación, o por la viudez. Pero hay también todo un vasto abanico de soledades voluntarias o escogidas, personas a quienes el mundo resulta demasiado difícil de sortear y deciden afrontarlo sin pareja y sin hijos; personas que han elegido consagrarse a su trabajo o a una causa.

Las motivaciones por las cuales hay tantas personas que viven solas son imposibles de enumerar: son tantas como solitarios hay en el mundo. En la última década, los estudiosos del consumo han detectado la existencia de personas que escogen la soledad porque no están dispuestos a reducir su capacidad de compra o a compartir sus bienes con otros.

Es que cuando uno pone distancia en el mundo y se sumerge en la inmensidad del silencio, hay otro mundo que se abre y se necesita de un gran coraje para afrontarlo. Para estar solo hay que tener estructura sólida, porque uno se siente con menos miedo y más defendido. Son seres que se sienten acompañados en el silencio, porque crea un ambiente más riguroso para pensar y se valora mucho más, cuando luego se comunican con alguien.

El director cinematográfico Pedro Almodóvar sostenía que “lo peor no es la soledad, ya que un exceso de gente puede ser terrible”. Es que la soledad, es como un abrazo gigante que te va envolviendo como si fuera un fantasma.

Los solos, sin  quererlo, van construyendo una vida solitaria pero con una rutina llevadera. Hacen los que le gusta, manejan sus tiempos sin consultar a nadie y se van de un lugar muy fácilmente. Suelen deleitarse con sus recuerdos o se refugian en la sabiduría.

Hay soledades que se eligen, pero hay otras que  invaden todo con una máscara de nada, se podría decir que es una apariencia que esconde un infierno. Hay soledades que regocijan el espíritu y hay otras que hielan el alma.

Roberto Arlt sostenía que “se necesita el temple de un diablo para estar solo”. Cada ser es un mundo y a veces, en la tempestad de la noche, la tenue luz de un velador alcanza para sostenerlo todo.

El excelso compositor Alfredo Lepera escribió en su tango “Soledad”: “Yo no quiero que nadie se imagine, como es de amarga y honda mi soledad. En mi larga noche el minutero, muele la pesadilla de su lento tic tac”. Este tango, como muchos otros, deja de ser compadrito y empieza a indagar sobre la espesura de la soledad y los sentimientos.

Los solos no son locos, son otros locos que tienen otra perspectiva de la vida, y se refugian en ella para analizar y vivir la existencia de una manera diferente. Son los que no necesitan tener compañía para crear, y no porque huyan de otros seres humanos, sino que están en otro mundo. Coraje dicen algunos, temple señala Arlt, de todas formas se necesita un  espíritu especial para estar en soledad. Y digo estar y no vivir, porque estar solos, es una forma de vida también.

No es como señalan algunos, que los solitarios tienden a la depresión, a la obesidad, al sedentarismo, alcoholismo y otros tantos “ismos”. Encuentran sus respuestas, no necesitando de otros cerca. El apoyo lo descubren en su propio interior y siguen levantando las banderas del beneficio de estar solos.

La soledad no es una maldición, ni siquiera es la imposibilidad de relacionarse con otros, es la simple necesidad de  tener otra vida, en donde los argumentos válidos no guardan relación con el exterior, sino en descubrir que la felicidad yace en el valioso interior de cada uno. Para ellos, que viva la soledad.

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