Mendoza,

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Jorge Bossio

Metas o tirar piedras a la luna

Leí una vez la historia de un chico que en las noches de luna llena bajaba a un río y tenía el propósito de tirar piedras a la luna. Y así lo hacía cada noche. Apuntaba al objetivo y arrojaba la piedra.

15/5/2017

Una vez, alguien se enteró y fue a buscarlo al río y lo vio. Le preguntó si sabía que nunca iba a lograr la meta de que la piedra alcanzara la luna. “Sé que nunca voy a darle –le contestó- pero soy que más lejos tira piedras en el pueblo”.

Esta historia la podemos aplicar a cualquier aspecto de nuestra vida, de nuestros objetivos. O la forma en que planteamos y respaldamos nuestro futuro, nuestras aspiraciones. Porque sabemos que las dosis de escepticismo de por sí la tenemos al alcance de la mano.

Eso me recuerda que cada vez más, la planificación a largo plazo va desapareciendo y poco pensamos en el futuro y en sortear los obstáculos que nos aparecen, mientras nos dejamos arrastrar por ese torrente que es nuestra existencia.

Porque nos seguimos encontrando con esas frases lapidarias que, a modo de citas anónimas como proverbios orientales, suelen encabezar capítulos de libros de autoayuda, del tipo de “si no sabes a donde te diriges, nunca sabrás cuando has llegado”, o “a quien no sabe a dónde va, cualquier camino le lleva”.

Porque cuando un barco está en medio de una tormenta, si no hay una guía, un conductor, el viento lo llevará a su antojo y el final es sabido: hundimiento o fracaso.

El tener metas en la vida, en el trabajo, en cualquier aspecto, es trascendente porque los sueños que nunca has credo, nunca se te cumplirán. Por eso es necesario fijar objetivos y trabajar para concretarlos.

Y ahí viene entonces la forma de definir cómo vamos a cumplir esos sueños. Depende de la orientación que le imprimimos, representada por la dedicación principal que nos ocupa, aquella que nos hace aprender y progresar en un campo determinado, el de nuestra especialización, que nos proporciona ventajas competitivas diferenciales frente a los demás.

Por otro lado, el sentido que le demos es el auténtico significado que encontramos en lo que hacemos, aquello con lo que nos vamos identificando a lo largo de nuestra vida profesional o personal, y que va formando parte de nuestra esencia, por la que somos reconocidos.

Ya sabemos que en el universo profesional o en la vida no todo el mundo alcanza la excelencia, que es una cosa que nos gustaría. Pero el primer requisito consiste en pretenderlo, y el segundo en ponerse manos a la obra. Motiva mucho más haberse acercado a un enorme reto, aun sin haberlo cumplido, que superar un objetivo que sabíamos estaba al alcance de la mano ya cuando nos lo fijamos. Y lo bueno, además, es que la exigencia nos estimula, nos prepara y nos entrena para mejorar, para sentirnos más útiles, más capaces.

Todos los días, cada mañana, nos encontramos con distintas opciones que marcarán como será nuestra jornada. Podemos trasladarlos a la semana, al mes, al año, a la vida. Debemos elegir el sueño y ponerlo en marcha, debemos sentir en nuestra existencia el elixir del desafío, de la misión que decidimos, no la que nos toca.

No dejemos que la vida nos guíe, que el viento domine nuestro destino. Tomemos el timón con fuerza, con determinación, poniendo los ojos en el infinito, en el futuro. No quedemos atrapados en el pasado, porque todo es a partir de ahora.

Por eso los invito a recordar la historia que conté al principio, porque es una enseñanza en sí misma. Ya que no todo pasa por lo que hacemos, sino por lo que dejamos de hacer. Entonces, en las noches de luna llena, recuerden esta historia, y tomen su primera piedra e intenten, y luego más, para que la piedra alcance mayor altura. No le van a pegar a la luna pero, seguramente, serán los que más lejos la arrojen. De eso se trata la vida y verán que ese logro tiene un gusto que vale la pena sentir.

 

 

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