Mendoza,

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Jorge Bossio

Dorrego y las redes sociales

Soy un apasionado cuando la historia me da la oportunidad, humildemente, de abrir un debate que, pasados los años, no pierde actualidad. Es como esas famosas citas que, dichas hace siglos, siempre siguen vigentes.

8/5/2017

De eso se trata cuando descubro  que hoy se conmemoran 189 años  de cuando el gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, en 1928, dicta la Ley de Imprenta.

Pero veamos el contexto histórico antes de ponernos a discernir tan delicado tema. En agosto de 1827, el “tribuno” Manuel Dorrego se hizo cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires. Hacía muy poco tiempo que había renunciado el primer presidente, Bernardino Rivadavia, siendo reemplazado por Vicente López y Planes.

Pero pronto renunciaría López y Planes y la imposibilidad de ser de la república dejaba en manos de Dorrego la dirección de la guerra con Brasil y la situación financiera. Todo ello le haría calificar a la época como “terrible” y advertir que “la senda está sembrada de espinas”.

El nuevo gobernador porteño tenía un amplio espectro de adversarios, unitarios de toda laya y algunas resistencias federales. Muchas de estas oposiciones se ahondarían con las primeras medidas de gobierno, como la suspensión del pago de la deuda, precios máximos, prohibición del monopolio sobre productos de primera necesidad y fin del reclutamiento forzoso de desocupados.

Otra de las medidas resistidas fue la que se dictó el 8 de mayo de 1828. Por entonces, los unitarios hacían oposición de forma masiva y virulenta desde la prensa, convocando a terminar con el mandato federal. Los hermanos Varela, Manuel Bonifacio Gallardo, Bernabé Guerrero y Torres, Juan Laserre, entre otros, daban vida a periódicos como El Mensajero argentino, El Tiempo, El duende de Buenos Aires, El porteño, y El liberal.

Dorrego, en cambio, venía defendiendo sus posiciones desde El Tribuno y luego con El Correo Político y Mercantil. Esta situación fue la que preparó el terreno para la ley de Libertad de Imprenta, que castigaba con multas y sanciones a las publicaciones que abundaban en calumnias e injurias.

Aquí dejo una frase que el historiador Felipe Pigna rescata de Dorrego: “No os azoréis, aristócratas, por esta aparición. El nombre con que sale a la luz este periódico, sólo puede ser temible para los que gravan con la sustancia de los pueblos; para los que hacen un tráfico vergonzoso, defraudándoles en el goce de sus intereses más caros; para los que todo lo refieren a sus miras ambiciosas y engrandecimiento personal; en fin, para aquellos logicoligarquistas que, sin sacar provecho de las lecciones que han recibido en la escuela del infortunio, perseveran firmes en adoptar los mismos medios, de que usaron antaño, para dominar, en lugar de proteger, para destruir en lugar de crear.”

Hoy se ha abierto otro debate que son las redes sociales, espacio en donde millones de personas publican sus ideas, en la gran mayoría con un dejo de subjetividad. Y está bien. Podrán manifestarse críticas, desacuerdos e intereses, pero la posibilidad de publicar nuestras ideas libremente es un derecho ganado.

¿Cómo se llegó a este presente? Mientras que la militancia política a lo largo de 200 años ha sido fundamental en la adquisición de derechos ligados a la libertad de expresión, el desarrollo explosivo de las nuevas tecnologías ha proporcionado un poder de accesibilidad a la palabra pública difícil de imaginar apenas hace 30 años.

Entonces nos quedan dos debates: el de Dorrego, tratando de limitar el poder de los unitarios y su gran cantidad de medios, y el de las redes sociales, que traslada esa discusión a través del tiempo.

Como decía antes, la libertad de expresión es un derecho ganado, pero cómo nos formamos para saber discernir entre lo exacto y lo subjetivo, lo parcial y lo imparcial, lo bueno y lo malo. Y sin que nadie se sienta Dios para decidir qué se publica y qué no. Esa es la tarea que tenemos para el hogar y que definirá la sociedad que queremos.

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