Mendoza,

de
de

 

Jorge Bossio

Dolly y los humanos bajos con visión nocturna

El ser humano cada vez se aventura más allá de las posibilidades de la mente más creativa. Por un deseo irrefrenable de alcanzar perfecciones que la naturaleza no previó, sale en la búsqueda de “imposibles”, eso que lo pueda acercar a todos los dioses de las distintas religiones. Ser perfecto bajo todas las excusas que se nos aparecen.

10/4/2017

Ahora el pretexto es combatir el cambio climático y para ello, los científicos proponen cambiar la estructura del hombre, quien fue precisamente el que cometió el atropello contra la naturaleza que ahora queremos solucionar.

El autor o por lo menos el que dirige  a un equipo de científicos, pretende cosas tan estrafalarias como dotar al ser humano de visión nocturna, reducir su estatura o incentivar su empatía, todo en base a fármacos o ingeniería genética.

Usted, amable lector, me dirá “es una locura, es imposible” y yo le respondo que quizás su padre o su abuelo habrán dicho lo mismo cuando alguien sugirió hace décadas atrás que se podía clonar una oveja o hacer trasplantes de órganos y ahora, de cerebros. Nada es imposible cuando la “locura” de los hombres y mujeres se pone objetivos tan locos como ir en contra de la naturaleza.

Matthew Liao, el catedrático en bioética y filósofo de que hablamos, acompañado por investigadores de la Universidad de Oxford, es quien avanza en esta materia y además lo justifica. Todos ellos se plantean un futuro más o menos verosímil de robots, inteligencias artificiales, investigación biomédica y exploración espacial.

Por ejemplo, propone modificar al hombre para que sea más bajo, puesto que una disminución de 15 centímetros supondría una reducción de su metabolismo de un 15 por ciento en hombres y un 18 en mujeres, lo que, a su vez, disminuiría sus necesidades nutritivas. Cree que es factible diseñar un parche que induzca la intolerancia a la carne roja, para reducir su consumo y evitar el 18 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, que dependen de la ganadería.

Sostiene, además, que es buena idea usar potenciadores de la empatía (oxitocina) para aumentar la cooperación entre humanos y conseguir que trabajen juntos, o que se pueden usar fármacos para aumentar las capacidades cognitivas.

Cree que se puede ahorrar energía diseñando humanos con visión nocturna. “Los gatos ven siete veces mejor que nosotros en la oscuridad, y conocemos la base genética de su visión”, expresa. “¿No les gustaría a los padres que sus hijos vieran igual de bien en la oscuridad que los gatos?” Y se aventura aún más lejos: “Podemos darles la opción a los padres de tener un hijo grande, o dos hijos medianos, o tres pequeños. Esa es una pregunta maravillosa”.

Me viene a la memoria una novela de 1932, “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, que anticipaba el desarrollo en tecnología reproductiva y cultivos humanos que, combinados, cambiaban radicalmente la sociedad. El mundo descripto en el libro podría ser una utopía, aunque irónica y ambigua: la humanidad es desenfadada, saludable y avanzada tecnológicamente. La guerra y la pobreza han sido erradicadas, y todos son permanentemente felices. Sin embargo, la ironía es que todas estas cosas se han alcanzado tras eliminar muchas otras: la familia, la diversidad cultural, el arte, el avance de la ciencia, la literatura, la religión y la filosofía.

¿A eso vamos? ¿A lograr una felicidad absoluta a costa de nuestros mejores valores? ¿A someternos a la perfección, pero dejando de lado el sustento del ser humano? Supongo que cuando nació Dolly, la primera oveja clonada, todos habríamos gritado que era un “método nazi” o algo “eugenésico” y que ahí se detendría todo. Pero no, no se detuvo y se siguió adelante con ideas aún más extremas, más locas. Porque no nos basta con haber empezado la destrucción sistemática del planeta, su flora y su fauna, ahora vamos por más, vamos por el ser humano. ¡Oh, qué loco, somos nosotros!

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Jorge Bossio