Mendoza,

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Jorge Bossio

Messi-Doro y los ídolos de barro

Los argentinos somos exitistas, sin duda. Hemos comprobado a lo largo de nuestra historia que, para nosotros, sólo vale el primer puesto, el estrellato, la rutilante luz del éxito. En el deporte hemos tenido grandes deportistas, pero que no lo fueron tanto porque no llegaron a ser números uno del mundo.

3/4/2017

Pero ese mismo exitismo nos transporta a la desesperada búsqueda de estrellas del deporte, sin medir consecuencias. A eso quiero referirme en esta nota a partir de un ejemplo que, por reciente, no deja de ser muestra de pasado y de futuro.

Un año atrás, Guillermo Barros Schelotto, técnico de Boca, hizo debutar a Alexis Messidoro, un juvenil de 19 años en la primera división. El pibe ya venía con expectativas despertadas por aquellos que siguen de cerca las divisiones inferiores de los clubes. Y las cubrió totalmente, se puso como armador del equipo, dio asistencias e hizo un gol al empujar sobre la línea una gran jugada de un compañero.

No bien terminado el partido, todas las cámaras fueron para él. Al día siguiente, la opinión pública y el periodismo en particular, empezaron a proyectar hacia el futuro las condiciones del jugador. Pero además, como si fuera poco, empezaron a jugar con su apellido y no faltó el creativo que lo segmentó en dos, destacándolo como el futuro Messi.

Todos los titulares lo ensalzaron, todos los micrófonos lo persiguieron (y lo alcanzaron) y supongo, sólo supongo, que Alexis se habrá sentido en la gloria. Su mente juvenil habrá soñado en Ezeiza, partiendo hacia Europa en caravana triunfal.

Pero la realidad está pegada al suelo y nada de eso sucedió. Hoy, Messidoro, el pibe de gran futuro juega en un equipo de poca historia de Bolivia, Sport Boys. No quiero denigrar al fútbol de ese país (encima nos ganaron por el clasificatorio al mundial de Rusia), pero no era ese el futuro que todos le presagiábamos a Messidoro.

¿Qué pasó? ¿Messidoro no era tan bueno? ¿Todas las luces, cámaras y micrófonos le quemaron la cabeza? Cualquiera de esas preguntas puede ser la clave de la actualidad de ese, como de tantos otros jugadores. Hagamos memoria y vamos a recordar cuántos juveniles debutaron en primera, hicieron un gran partido e inmediatamente fueron considerados como “los futuros tales o cuales”.

Recuerdo la canción de León Gieco, “Cachito, campeón de Corrientes” que relata la historia de un boxeador que es llevado a “la gran ciudad” con la promesa también de gloria, simplemente para que sea “fajado” al extremo y que sólo sirvió para el “negocio de algunos”.

Un amigo me acercó, recientemente, una serie de ejemplos de la fama efímera, el reconocimiento interesado o, simplemente, personas que sirven para llenar titulares un día y al día siguiente “vamos a buscar a otro”. Y mencionaba a las promesas que quedaron en la nada, argentinos “buscavidas” que se fueron al exterior, los que viven de nostalgias y esos héroes, como Messidoro, que sólo tienen sus quince minutos de gloria.

Son seres de carne y hueso, pero que de un “plumazo” los convertimos en “ídolos de barro”, sin importarnos que instantes después se derrumben en el olvido. No medimos consecuencias, sólo nos interesa llenar nuestras “necesidades”, nuestros egos.

Es como los padres que “deciden” la carrera de sus hijos porque creen que es lo mejor, sin preguntarles qué es lo que quieren. O los que los presionan cuando juegan algún  deporte porque “tienen que alcanzar triunfos” que ellos no lograron. Es el mundo de las frustraciones, de las propias y llenamos de Messidoros nuestro presente para no ver nuestro “ombligo” sucio y maloliente.

Le pido disculpas al actual jugador del Sport Boys de Bolivia, por haber usado su apellido, pero estoy pensando en los que, como él, vienen enseguida, y serán usados y abusados hasta el extremo, simplemente para “nuestro lucimiento”. Sería bueno, antes de darles la “fama de un día”, empezar a formarlos, a prepararlos para un mundo nuevo, a enseñarles a manejar las luces, el dinero, la notoriedad. Saber soportar esas presiones los convertirá en verdaderos ídolos. Por lo menos para ellos.

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