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Jorge Bossio

El radio, el polonio y el amor

Dicen que el amor y la ciencia tienen pocos puntos de contacto. Que puede haber amor pero siempre primará el trabajo científico y el sentimiento deberá esperar su oportunidad para ser protagonista.

27/3/2017

Por eso esta columna tiene que ver con una historia que viene del amor y de la ciencia, y que tiene como protagonista a una mujer singular, distinta, fuerte, pero con una gran capacidad para dar amor. Maria Salomea Sklodowska era polaca y científica, pero si menciono su apellido de soltera, serán pocos los que la reconocerán. Luego de viajar a Francia en 1895 se casó con su par francés Pierre Curie y no sólo adoptó su apellido sino que compartieron todos los conocimientos que los llevarían a obtener el Premio Nobel de Física por sus avances en la radioactividad.

Pero no quiero extenderme mucho con este lauro conseguido por los Curie, sino con el segundo premio Nobel, esta vez de Química, logrado por Marie, cinco años después de la muerte de Pierre, cuando fue atropellado por un carro de caballos. Eso la convertía en la primera persona en ganar dos premios en dos especialidades distintas.

Pero en esta oportunidad, fue el amor el que se interpuso con la ciencia y todas las circunstancias indicaban que Marie perdería el premio obtenido con tanto esfuerzo. Porque surgió un problema. No tenía nada que ver con su trabajo con el radio y el polonio, que la habían hecho merecedora del premio. Se trataba de algo que, en esa época, también era radiactivo. Atractivo pero prohibido.

Unos años más tarde de la muerte de Pierre Curie, Marie empezó una relación con un físico que había sido estudiante de su esposo. Se llamaba Paul Langevin; era más joven que ella, alto y elegante. El problema era que Langevin estaba casado.

Madame Langevin sabía que su esposo ocasionalmente tenía affaires, pero éste con Marie Curie le molestaba más, y pronto la animosidad entre las dos mujeres se tornó violenta. Pero la relación entre Paul y Marie continuó. Hasta arrendaron un apartamento para sus encuentros clandestinos.

A pesar de que los amantes se esforzaran por guardar el secreto, Madame Langevin no sólo sabía qué estaban haciendo, sino que organizó el robo de las cartas amorosas del departamento y los amenazó con que los delataría públicamente enviándolas a los periódicos.

Tres días antes de que Marie Curie ganara su segundo premio Nobel, Madame Langevin declaró públicamente que su esposo y la científica tenían una relación. La fecha del juicio del divorcio de los Langevin fue fijada, cuando Marie debía ir a aceptar su premio en Estocolmo. Y el comité del Nobel se alarmó.

El premio Nobel sueco Svante Arrhenius le escribió a Marie: "Le ruego que se quede en Francia; nadie puede calcular lo que podría pasar aquí. [...] Espero que mande un telegrama[...] que diga que no quiere aceptar el premio antes de que en el juicio de Langevin se demuestre que las acusaciones en su contra no tienen fundamento". Y ella le contestó: "El premio me lo dieron por el descubrimiento del radio y el polonio. Creo que no hay ninguna conexión entre mi trabajo científico y los hechos de mi vida privada".

Pero recibió una ayuda inesperada, la del joven Albert Einstein que le dijo: "¡Ve a Estocolmo! Estoy convencido de que debes despreciar este alboroto. Si la chusma sigue molestándote, deja de leer esas estupideces. Déjaselas a las víboras para las que fueron escritas". Y así lo hizo. Marie Curie, desafiante, se presentó a recibir su premio por sus descubrimientos y no hubo ningún incidente durante la ceremonia.

No importa que su relación con Paul no continuara, aunque siguieron siendo grandes amigos. Ella sintió que el amor no era un obstáculo para la ciencia y desafió al mundo. Que una mujer, en la primera mitad del siglo XX retara a toda una sociedad, guarda un gran valor. Su corazón fue más fuerte que el radio y el polonio, que sucumbieron ante esa sensación maravillosa que los seres humanos aún nos resistimos a disfrutar. Marie nos grita a través de la historia, que el amor es más fuerte.

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