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Jorge Bossio

Max Perkins, el ángel guardián

Porque esta semana se han regalado miles de libros para salvar la industria editorial, quiero rescatar una figura prominente de este bello negocio. En el plano de la literatura, el editor de libros es un personaje que no siempre es rutilante. En realidad casi nunca lo es. Su tarea es silenciosa, oculta, mezquina según los escritores y clave, para las editoriales.

20/3/2017

A los editores los llaman filtros, ya que pueden separar las joyas de la basura, una característica esencial para el funcionamiento de las empresas editoras. Son importantes porque alguien debe decidir la imagen de la tapa, el tipo de letra, pero lo más trascendente es que es capaz de descubrir piedras preciosas en un pantano. Pero también es el que sabe lo que la gente necesita e inventa libros que no existen, que por supuesto él no escribe.

El editor es un amo de casa que debe recoger la suciedad y organizar un cuarto. Es alguien con paciencia y disposición para hacerse cargo de la limpieza y ser un sirviente invisible.

Quizás el más grande de los editores haya sido Maxwell Perkins, el “descubridor” de Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe. Nacido en Nueva York, en 1884, Max, como lo apodaba todo el mundo, después de estudiar en Harvard y trabajar de reportero en el New York Times, arribó en 1910 a la editorial Scribner -que ya publicaba a Henry James y Edith Wharton-, para revolucionar la literatura estadounidense.

Se lo considera el arquetipo del editor consumado. Y con razón. Maxwell Perkins, no sólo tenía un don para inspirar a sus autores y sacar lo mejor de ellos, sino que también los ayudaba a estructurar sus libros y a pensar títulos, al tiempo que los escuchaba y les prestaba dinero.

Maxwell no escribía libros, pero era un prolífico escritor de cartas. Sólo con Hemingway intercambió más de mil cien. La relación entre ellos comenzó en 1924, cuando Fitzgerald le habló de un escritor radicado en París "con un brillante futuro". A poco andar, la editorial Scribner publicó “Fiesta”.

Perkins era una de las pocas personas a las que Hemingway escuchaba. Admiraba su capacidad de control y permitía que quitara las obscenidades de sus textos. Cuando el escritor maldecía, Perkins permanecía calmo, mientras que con Fitzgerald se mostraba sensible y con Wolfe, severo.

La relación con este último fue como la de un padre con un hijo. Además de reconocer su enorme talento y obligarle a cortar a regañadientes, miles de palabras de “El ángel que nos mira” (1929) y “Del tiempo y el río” (1935), Perkins lo ayudaba a organizar sus libros. Al punto tal que un malicioso crítico llegó a decir que sin Perkins no habría existido Thomas Wolfe, y eso marcó el comienzo de una dolorosa ruptura.

En una carta, escrita un mes antes de morir, Wolfe reconoció que Perkins había hecho su obra posible y reafirmó su cariño por él. "Lo que sea que pase, tengo esta corazonada,  quería escribirte y decirte que, no importa lo que pase o lo que haya pasado, siempre pensaré en ti, y te recordaré como en el 4 de julio de hace tres años, cuando nos juntamos en el bote y salimos a un café a orillas del río y bebimos, y luego fuimos a la cima de ese gran edificio, y toda esa extrañeza y la gloria y el poder de la vida y de la ciudad estaban abajo..."

El día de su muerte, a los 62 años, Perkins estaba, como dice su nieta, haciendo lo que amaba: "Ayudando a los autores a escribir libros importantes. Cuando él se marchaba hacia el hospital con la neumonía fatal, había dos manuscritos cerca de su cama: “De aquí a la eternidad” y “Llanto por la tierra amada”. Estaban listos para ser despachados a su oficina. Su última preocupación fueron los libros que tanto amó.

En una semana en donde se regalaron miles de libros para sostener a la industria editorial, con sentencia de muerte anunciada, quise recordar a un obrero fundamental de esa industria, el editor de libros, un mago, un amo de casa, un ángel guardián, para aquellos que caminamos por la vida con veleidades de escritores.

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