Mendoza,

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Jorge Bossio

Racismo: cuando el Otro nos incomoda

Estamos atravesando una época en donde, en general, el rechazo al inmigrante, extranjero, refugiado, se pone de manifiesto sin tapujos. Donald Trump cierra, por decreto, las fronteras de Estados Unidos a los migrantes de guerra, Europa intenta acoger al menor número posible.

20/2/2017

El racismo ha existido siempre ¿qué quiere decir esto? ¿Por qué los extranjeros, o más bien lo extranjero, ha sido muchas veces un problema para el ser humano? Tal vez haya que pensarlo como la dificultad que comporta lo diferente, aquello que no es igual.

En el juego de las conveniencias, lo extranjero puede ser bueno o malo. Todos recuerdan las puertas abiertas de Estados Unidos cuando a principios del siglo 20 recibía miles de inmigrantes porque le solucionaba la falta de mano de obra a un país gigante y casi desierto.

Otro tanto pasaba en nuestras fronteras, que se abrían para llenar de hombres y mujeres el despoblado interior al que nadie quería ir. Ahí casi no había racismo. Digo casi, porque siempre se marginaba, se denostaba, al distinto, al diferente.

Los segregamos incluso cuando vemos simpáticamente a los “negritos” vendiendo relojes y pulseras en cualquiera de nuestras calles. También cuando no entendemos cómo un hermano boliviano puede tener una camioneta de lujo, cuando nosotros a duras penas contamos con un “mediano” de 2012.

Nos molesta el diferente, nos asusta su presencia, con esa sensación de que la tierra es nuestra y “qué hacen ellos aquí”. Claro, la “globalización” ha integrado a las culturas y ha desintegrado las fronteras y ahora unos van y otros vienen. Y cuando somos nosotros los que vamos a otro lado, protestamos cuando nos tratan diferente, cuando nos sentimos humillados y de regreso lo contamos sumando epítetos como “qué pueblo de m…”.

El psicoanalista Jacques Lacán al ser consultado sobre el por qué del crecimiento del racismo, lo explicaba así: “Porque no me parece divertido y porque, sin embargo, es verdad. En el extravío de nuestro goce, solo el Otro lo sitúa, pero es en la medida en que estamos separados de él. De ahí´ unos fantasmas, inéditos, cuando no nos mezclábamos”.

Es decir, que el hecho de que lo diferente, lo extranjero, se convierta cada vez más en el vecino (porque antes se tenía a distancia en las películas) fragmenta el lazo social que se creía homogeneizado. Así, eso diferente o extranjero, quiere decir lo que el otro hace diferente a mí, pero cerca de mí. El diferente deja de ser lo exótico lejano para pasar a ser el incómodo próximo.

Nos molesta su manera de vestirse, las comidas que ingieren, hasta cómo caminan. También no nos sentimos cómodos cómo se relacionan y, por supuesto, el color de su piel y su manera de hablar.

Me han contado que el racismo se profundiza cuando el Otro refleja que muchas veces no nos soportamos a nosotros mismos y cuando vemos al Otro diferente, distinto, localizamos en él nuestra bronca por cosas que no podemos resolver.

Aunque son todas vicisitudes psicoanalíticas, en el fondo es una realidad que vemos que no cambia, que se incrementa. No somos capaces de integrar e integrarnos, y eso nos impide destacar los valores que tiene el Otro.

En el mundo de los Trump y de los europeos que marginan a los refugiados, aquí, en Mendoza, estamos dando pequeños pasos, pero pasos al fin, para recibirlos. Son pocos, miran extrañados un lugar tan diferente al suyo, pero en donde reina la paz, esa que hace mucho que no pueden disfrutar.

Abrazar, sonreír, y no verlos distintos por el hecho de serlo, sería una muestra de nuestro crecimiento. Son el Otro que nos incomoda, sin darnos cuenta que somos Nosotros los incómodos con nuestras  pequeñas miserias. Cuando superemos esa valla, nos veremos IGUALES.

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