Mendoza,

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Jorge Bossio

Esas “cosas” que nos salvan

Imaginemos que llegamos a nuestra casa y al abrir la puerta, la heladera, el lavarropa o el televisor salen a recibirnos. Saltan con nosotros, nos saludan y nos hacen sentir que son parte de nuestra familia.

13/2/2017

Quizás en un futuro, algún robot esté preparado para hacer algo parecido, pero seguirá siendo una máquina, un instrumento de plástico o metal con un procesador que le indique hacer esos “gestos”. Nada más. Mientras tanto, la heladera seguirá en la cocina, el lavarropa en la lavandería y la televisión en el comedor o en el dormitorio.

Los que sí harán todas las piruetas a nuestra llegada serán nuestras mascotas. Perro o gato, o hasta un loro o tortuga, expresarán afecto a nuestra aparición luego de varias horas de ausencia, porque son eso, seres sensibles.

Sin embargo, en la mayoría de las legislaciones del mundo, las mascotas son “cosas” que se llevan o traen, que se venden, que se reparten cuando hay un divorcio o si alguien se va de la casa. Seres “semovientes”, un patrimonio personal que se mueve, como el ganado vacuno, por ejemplo.

Los animales de compañía o domésticos no deben ser consideradas “cosas” y deben estar fuera del ámbito patrimonial. Son seres “sensibles” que sienten, que se integran a la familia como uno más y hay que hacer una lamentable aclaración, que muchas veces son más fieles o confiables que algunos seres humanos.

Porque las leyes son injustas con “ellos” y beneficiosas para los “humanos”. Seres que no tienen reparos en quemarlos públicamente, o dañarlos hasta matarlos y sólo reciben algún “coscorrón”, ya que no está contemplada prisión para el que mata y tortura a un animal. Desatino que nadie se ha ocupado en revertir. “Teléfono” para legisladores, abogados, jueces.

En nuestra provincia hemos tenido varios casos de ese estilo y todos nos hemos desgarrado las vestiduras por el sonado caso del mal llamado “Fueguito” donde casi nada se avanzó en incrementar los castigos judiciales para los culpables, cuando a pocas semanas del caso, los medios ya no lo mencionaban “y la vida continúa”. Todo se olvida, todo lo que incomoda se deja de lado.

Y muchas veces el Estado ausente que poco hace (por los resultados que se ven) para resolver los innumerables “perros de la calle” que son “sufrientes” y no culpables de esa situación. Porque ahí aparecen los “irrazonables” que al grito “saquen los perros de la calle” o “que vuelva la perrera”, salen buscando la solución fácil, la cómoda, la que nos quita responsabilidades.

Por suerte, el bienestar animal es una inquietud compartida por la mayoría de la sociedad, debido al incremento de hogares u organismos que se ocupan de los animales domésticos. Son esfuerzos individuales, familiares, sociales, que aprovechando el auge de las redes sociales se lanzan a ubicar a perritos callejeros.

Pocas veces hablo de temas personales en esta columna. Porque no me gusta ventilar privacidades que la gente pocas veces podría entender. Pero en este caso, creo que merece y puede servir para seguir la línea del tema de hoy.

Hace dos años atrás, a través de una de esas instituciones encontré el perro que quería. No iba a comprar sino que iba a “sacar de la calle” a uno de esos seres y se convirtió en León: mi perro, un integrante más de la familia.

León resultó ser un rebelde como yo, o por lo menos como lo fui toda mi vida. Indomable, con fuerte carácter, personalidad. Y me dije, miren las vueltas de la vida, encontré un perro igual a mí. Pero reflexioné y me di cuenta que “yo no lo había encontrado”, porque “él me encontró a mí”. Fue la mirada que puso cuando le sacaron la foto, fue su color o la postura, lo que “mostró” para que lo eligiera.

Y parafraseando alguna película, cuando me dicen, “qué bueno, salvaste un perro de la calle”, contesto: “No, el vino a salvarnos”, con su afecto, su cariño, su eterno estilo de protegernos. Son seres vivientes, son parte de la familia, sienten, sufren y “nos salvan todos los días”. Esas “cosas”.

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