Mendoza,

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Jorge Bossio

Extravagantes

Originalmente la palabra “extravagantes” se le da a dos colecciones de derecho canónico: las extravagantes de Juan XXII y las extravagantes comunes. Se llaman así porque eran recolección de textos de decretales y constituciones que no estaban contenidos en otras colecciones como los Decretales o las Clementinae.

23/1/2017

Pero “extravagante”, del latín extravagans, es lo que se dice o hace fuera del modo común de actuar. Por lo tanto, resulta extraño, desacostumbrado o peculiar. Aquí le podría agregar: original.

Hago este introito casi gramatical para referirme a un hecho que tiene como protagonista a un amigo y compañero de trabajo que esta semana disparó una situación que muchos podrán tildar de extravagante.

A “fuer” de ser sincero, personalmente puedo afirmar que Emilio Vera Da Souza es un tipo extravagante. Es un chef singular, un bartender que sorprende, porta una pluma generosa que ha pasado por muchos medios nacionales y provinciales. Para no quedar sólo en palabras, los invito una vez por semana, a leer sus columnas en el dorso del Diario Jornada.

Pero no voy a hacer ahora un panegírico que, si bien se lo merece, no es el punto central de lo que le ha sucedido. Para Navidad, hace casi un mes, se rompió un caño de agua potable en la puerta de su domicilio, en la Cuarta Sección. Como es lógico, agua que se pierde en la calle, agua que no entra a los domicilios y precisamente, en la casa del Emilio bajó la presión.

Como todo ciudadano que se precie de tal, y por ser contribuyente, hizo el pedido de reparación ante las autoridades de la empresa que presta ese servicio. Varios pedidos. Entonces vinieron ellos: los reparadores y como el sketch de Tinelli: “Rompé Pepe” y así lo hicieron. Y se fueron; sí, como lo lee, desaparecieron justo un viernes.

Y el pobre Emilio, que el sábado festejaba su cumpleaños, se quedó sin agua dentro de su casa, pero con un piletón enorme en su vereda. Les dije que mi compañero de trabajo es original. En lugar de maldecir, ir a las oficinas golpeando puertas, gritando y otras tantas actitudes violentas, se quedó mirando la realidad de su vereda e invitó a sus amigos a festejar su cumpleaños en su “pileta”.

“Traigan toallón y traje de baño para aprovechar el piletón. Mi fiestita está arruinada y como no contestan mis llamados, cuando baje el sol aprovecharé el agua potable y me bañaré allí”. Y lo hizo y se fotografió, y se viralizó esa foto y esa historia.

Ahora, cada uno de ustedes, amables lectores, me dirán que, es cierto, Emilio Vera Da Souza es extravagante y nadie lo podrá negar. Pero permítanme discrepar en algo, y no precisamente en la originalidad de mi amigo.

Para mí, los extravagantes son los otros, son los que no cumplen acabadamente con su obligación, o con su servicio. Son los que hacen mal las cosas, cuando debería ser al revés, cuando lo normal sería que las hicieran bien, desde un principio. La extravagancia, en los empleados, jefes o quienes toman o aceptan esas situaciones, es hacer mal las cosas. Una lamentable originalidad.

Nos hemos acostumbrado a que las cosas se hacen mal y nos parece normal, cuando lo corriente sería esperar que se hicieran bien. Por ejemplo, “roban pero hacen” o encerrarnos cada vez más detrás de fortaleza de rejas, son cosas que nos parecen habituales. “Una golondrina no hace verano” dice el dicho, pero si se suman todas las ellas, tendremos seguramente el aviso de la estación estival.

Yo deseo que este personaje-amigo, Emilio Vera Da Souza, haga el verano de convertir una extravagancia en un hecho normal, que cuando reclamemos algo que está mal, sea natural que vengan y lo arreglen. Con la misma prontitud que pagamos impuestos y servicios. Con la misma calidad con que el Emilio prepara sus comidas, sus tragos y sus notas. Para nosotros, él es un extravagante, pero de los buenos.

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