Mendoza,

de
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Jorge Bossio

Niños rotos de la guerra

Son ellos pero podemos ser nosotros. Su vida está lejos pero podría estar acá, a la vuelta. Son niños como en cualquier parte, porque más allá de las diferencias guardan la misma sonrisa o la misma tristeza de cualquiera de nosotros.

Son los niños de la guerra, los que sufren, padecen y los que ya no gritan, miran sin mirar, extrañan, pero al mismo tiempo no quieren extrañar, porque lo que anhelan es el silencio.

Los jesuitas tienen en El Líbano varios colegios en donde atienden a los niños sirios refugiados. Refugiados de una guerra que nadie quería, que los sacó de las calles, de los juegos, de los sueños. Los sacó de sus padres, abuelos, tíos, hermanos, de la familia. Una guerra de 250 mil muertos y otros cinco millones de muertos-refugiados que es otra forma de morir.

Pero son niños, mierda. Son esperanza y eso es lo único que no tienen. Desórdenes postraumáticos, estrés, depresión y hasta intentos de suicidio. Eso es lo que tienen, eso es lo que les dejó la guerra. Niños que han sufrido un tremendo impacto emocional en sus vidas y que lo manifiestan de muchas maneras, a veces con violencia expresada en sus dibujos o en sus gestos, u otras con silencio.

Porque además, en el medio del sufrimiento que trae la pérdida de la paz, de parientes y además de arraigo, lo peor que les puede pasar es sufrir discriminación como les pasa en El Líbano o en los países europeos, esos que  tratan de mantenerse ajenos a una realidad que inunda el mundo. Esos que en lugar de contener, abrazar y sentir a esos niños, los empujan, los insultan, los marginan.

Ellos no eligieron llegar acá, ni a ningún lugar en el mundo. Los empujaron, los echaron, los persiguieron. Y además no pueden ir juntos a un mismo lugar, por eso las familias se han disgregado por el mundo. Cinco millones de personas que de un tiempo para otro, desaparecieron de su lugar, cortadas las raíces de plano, sin posibilidad de discutir.

Llegaron a Mendoza las primeras familias sirias, escapando de lo que no querían escapar. El relato de un noticiero cuenta cómo quedaron paralizados solamente al sentir un avión que se dirigía a El Plumerillo para aterrizar. Y uno se pone a pensar lo que serán estas fiestas, en el medio de fuegos de artificio que para nosotros son celebración, pero para ellos son angustia.

Analizando todo esto, se proyecta un sueño que seguramente muchos compartirán, un deseo de que en esta tierra tan rica que ha recibido a miles de inmigrantes que llegaron de distintas partes del mundo, miles que colaboraron para hacer un vergel de un desierto, que convirtieron en oasis, un páramo, podamos dar esa mano, ese corazón, sabiendo que lo que iluminemos nos dará luz a nuestra vida, a nuestra tierra.

Podemos ayudar a que esos niños puedan sentir arraigo, aunque sea a 15 mil kilómetros de distancia de su lugar, que se encuentre cara a cara con los nietos o biznietos de otros que llegaron como ellos, sin nada, sin espacios, quizás huyendo de otras guerras o de otras miserias. Deseo que se reconozcan, aunque entre ellos haya varias generaciones de distancia. En realidad todos son refugiados.

Porque en la globalidad que nos han inventado, poco a poco, todos seremos refugiados de alguna u otra manera. Refugiados de un planeta que queda cada vez más chico, que cada vez está más deteriorado, refugiados que en Tucumán, Formosa o Chaco, no pueden comer, no pueden vivir, refugiados de una sociedad cada vez más violenta. Porque si entendemos que nosotros también estamos rotos de muchas cosas que nos faltan, podremos comprender, abrazar y amar a estos chicos que están rotos de la guerra.

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