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Presión de los conservadores frena renovación de la Iglesia

La inocultable “guerra civil” que se desata en la iglesia, abre la posibilidad de un cisma. Es en base a esta realidad, que el Papa Francisco ha desacelerado los cambios que venía impulsando.

El Papa debe armonizar con mucho cuidado la continuidad de su programa de renovación del catolicismo mundial y la necesidad de evitar roturas, en nombre de la esencial unidad de la Iglesia, con la fiera resistencia que le hacen los sectores tradicionalistas.

El peligro de un cisma sigue latente en la sorda guerra civil que han entablado los grupos más conservadores a Jorge Bergoglio, dentro y fuera de la Iglesia. Esta es sobre toda una amenaza: los ultras han tendido una fuerte línea de fortines para esterilizar los impulsos más avanzados de la llamada “revolución” bergogliana. Y en buena parte han logrado el propósito de mandar a una vía muerta cambios que consideran un ultraje a los dogmas y la tradición de la Iglesia.

A la espera de un nuevo pontífice menos animado a impulsar lo nuevo, aunque el tiempo les corre en contra porque Francisco sigue acumulando cardenales “bergoglianos” para el Cónclave que deberá elegir algún día al 266° sucesor de San Pedro en la cátedra episcopal de Roma.

Un tema clave es el reemplazo de algunas figuras de gran importancia en la Curia Romana, el gobierno central de la Iglesia, y en el mapa episcopal italiano, poblado de más de trescientos obispos. En marzo el Papa hará su retardada visita a Milán, la diócesis más grande del mundo, donde será recibido calurosamente por el cardenal Angelo Scola, que fue su rival principal en el Cónclave en el que Bergoglio fue elegido el 13 de marzo de 2013.



Angelo Scola, obispo de Milán

Esta es sobre toda una amenaza: los ultras han tendido una fuerte línea de fortines para esterilizar los impulsos más avanzados de la llamada “revolución” bergogliana

Aunque el arzobispo conservador Scola, que sustituyó al padre noble de los progresistas en la Iglesia, el fallecido cardenal jesuita Carlo María Martini (que era favorable a un pontificado de Jorge Bergoglio cuando el elegido fue Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, en 2005), trata de no mostrar un perfil en contra a Francisco, el Papa argentino aprovecharía el momentum del viaje para activar la sustitución por un progresista.

El elegido para hacerse cargo de la importantísima sede de Milán podría ser nada menos que el franciscano Pierbattista Pizzaballa, administrador apostólico del Patriarcado de Jerusalén. Pizzaballa está identificado con la línea del actual Papa en favor de una Iglesia renovadora y sobre todo “pobre y al servicio de los pobres”, inclusiva y con posiciones netas en favor de iniciativas pacifistas en los conflictos en Oriente Medio.

También está cumplido con la edad el vicario del Papa argentino en Roma, cardenal Agostino Vallini. Su sucesor podría entrar en la lista de los candidatos a nuevo presidente de la Conferencia Episcopal más importante del mundo, la italiana, con el adiós al arzobispo de Génova, cardenal Angelo Bagnasco, que ha mantenido relaciones cordiales pero frías con Bergoglio.

En el Vaticano, Francisco debe afrontar el reemplazo del secretario de Economía, el cardenal australiano George Pell, que en junio pasado concluyó su mandato y está en “prorrogatio”. Pell no fue leal con el Papa argentino. Está considerado un conspirador que fomentó la carta de 13 cardenales (la mayoría de los cuales se abrieron cuando estalló el escándalo y se conoció el contenido), que antes de que comenzara el Sínodo de la Familia de octubre 2015 acusaron veladamente a Bergoglio de manipular en favor de los progresistas el rumbo de la asamblea mundial de obispos.

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