Emilio Vera Da Souza everadasouza@gmail.com Miercoles, 10 de Abril de 2019

Marilyn... te estuvimos esperando

Miercoles, 10 de Abril de 2019
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Miercoles, 10 de Abril de 2019 |

Algunos saben cómo termina la historia. Algunos no quieren que las historias bien contadas terminen. Algunos no conocen la historia pero les gustaría saber detalles. 

Norma Jeane se llamaba la hija sin padre de una loca editora de películas, más dada a las pastillas y el alcohol que al arte.

Norma Jeane fue conocida en el mundo como Marilyn. Una mujer con estilo propio. Única. Amada por los hombres que la vieron aunque sea una vez. Aunque sea en fotos. Aunque sea en películas. Ella es el mito que inventó su propio mito. Matrimonios frustrados, relaciones imposibles, amores peligrosos. Una caminante en la cornisa, como diría Rodolfo Braceli. Cuenta la periodista Verónica Abdala que Bert Stern fue el último fotógrafo que pudo retratarla profesionalmente para la revista Vogue. Él le había pedido hacer fotos para una nota de tapa y aunque no se conocían Marilyn le dijo que se juntaran en Los Ángeles. Llegó al hotel con vestidos y collares para lucir ante la cámara. Pidió champagne Don Perignon, dice Abdala, aunque ella siempre tomaba Mumm. Eso fue un jueves 21 de junio de 1962. “Él preguntó: -¿Cuánto tiempo tenemos?-El que querramos- respondió ella, mientras se servía una copa. Estaba un poco despeinada, no llevaba maquillaje. Stern se entusiasmó. Fueron cinco horas de tomas. En las fotos se ve a Marilyn riendo, Marilyn borracha, Marilyn desnuda, Marilyn etérea. Él descubrió una cicatriz, una línea tenue de color champán. Después, ella misma tachó con un marcador rojo las pruebas que no le gustaban... Marilyn y Stern volvieron a reunirse, a reírse y a tomar alcohol. En las dos sesiones llegaron a completar 2.571 tomas. Y esta vez, Vogue aceptó publicar algunas. Marilyn nunca vio esas fotos reveladas. Murió seis semanas más tarde, el 5 de agosto de ese año, en circunstancias todavía confusas, y menos de 24 horas antes de que la revista llegara a los quioscos.

Stern supo que Marilyn lo había llamado por teléfono pocas horas antes de morir. Otra persona había atendido el llamado y había explicado que él no estaba en la casa. Cuando Stern lo supo, lloró”, termina de contar Verónica Abdala.

Nadie quiso creer que fue un suicidio. Algunos ni siquiera creían que estuviera muerta. Aún sucede. Hay tipos que no se convencen de la idea de la fatalidad.

Treinta y seis años. Una belleza que traspasó el cielo. Como pocas, una estrella del mundo. El color con luz propia. La mujer nueva. La que buscaba la felicidad. La que sabía que con dinero se sufría igual. La que murió de fama.

Esa noche de agosto, no concurrió a una fiesta en la que se imaginaba que estaría su amante, y se tomó entero un frasco de pastillas. Nembutal escribieron los cronistas de policiales en los diarios según lo que contaban los partes oficiales. Los investigadores, sin uniforme y con lentes oscuros, afeitados y con olor a pucho recién apagado, “policías secretos” con la “marca de la gorra” –ocultaron todo objeto incriminatorio, toda pista posible. Las grabaciones telefónicas, los mensajes escritos, los vasos con huellas digitales sin clasificar. Todo ocultado convenientemente.

Era necesario cortar toda posible relación con cualquier persona conocida o reconocida para evitar un escándalo imparable. Por eso se propuso una teoría que inmediatamente saltó a la calle en formato de rumor, como noticia falsa. Suicidio, repetían las señoras bien, las envidiosas eternas, las que nunca se aventuraron a las pasiones. Las que dejaban ir a los amores verdaderos por la conveniencia de una vida sin sobresaltos.

Hace unos años, luego de la visita a un escritor amigo en la capital de Chile, pasé por una calle larga que en una de sus laterales tenía un inmenso murallón que, me decían los que caminaban por allí, ocultaba las vías del tren. Del tamaño de toda la altura de la pared, con letras bien negras, mientras uno caminaba se podía leer la pintada: “Marilyn, Santiago te estuvo esperando”.


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